lunes, 19 de diciembre de 2011

Luigi's mansion


En esta ocasión hablaré de un juego para Game Cube, se trata de Luigi's mansion.

El juego empieza cuando Luigi gana una mansión en un concurso en el cual no participa, le dice a Mario y deciden encontrarse allá después. Luigi llega a la hora acordada pero Mario no está y se da cuenta de que la mansión es más tenebrosa de lo que era en la fotografía que le dieron. Al entrar se da con la sorpresa de que la mansión está habitada por fantasmas que le habrían echado mano de no ser por un anciano, el profesor E. Gadd quien le dice que vio a alguien de gorra roja entrar en la mansión, mas no lo vio salir, al saber que se trata de Mario, el profesor le cede a Luigi su aspiradora con la cual podrá atrapar a los fantasmas.

En la casa encontramos fantasmas menores, Boos (Teresa), miembros de la familia y los jefes. Luigi tendrá que atrapar a todos estos fantasmas para poder conseguir todas las llaves de la casa y liberar a Mario quien está en garras del malvado Rey Boo (King Teresa).

Este juego es uno de mis favoritos para la consola cúbica, es divertido, algo siniestro y te hace pensar en qué manera puedes atrapar a los fantasmas, además de ser sencillo; es decir, no tiene tantísimos movimientos que uno debe recordar y que son difíciles de hacer.

Infaltable.

Los dejo con el trailer ;D

sábado, 17 de diciembre de 2011

París en el siglo XX

Éste es un libro inédito, especial, anecdótico, pero no más. ¿Qué tiene de especial? Empecemos. Fue escrito por el buen Julio Verne uno de los escritores favoritos de mi novia, desgraciadamente, no es de mi agrado allá en 1863, sin embargo fue publicado -no hace mucho- en 1994. Calculadora en mano para aquellos no tan rápidos en las operaciones básicas: 131 años después. Ese dato es ya bastante para deducir que la novela es publicada post mortem.

La novela se publica en 1994, y publicarlo fue la hazaña, mejor dicho, publicarlo con la firma de Julio Verne. París en el siglo XX era -hasta la fecha mencionada- una novela perdida, se decía que un joven Verne la había escrito, pero físicamente no se encontraba, por lo que hasta se dudaba de su existencia. Sin embargo fue Michel Verne, hijo del poeta de Veinte mil leguas de viaje submarino, por consejo de Hetzel hijo (Hetzel padre era el editor de Julio Verne), quien decidió incluirlo en la lista de obras inéditas de Julio V., empezando con la odisea de probar la autenticidad del libro. ¿Y cómo probarlo? Esto se hizo a través de algunas cartas que intercambiaron el escritor y Pierre-Jules Hetzel (su editor) en donde París en el siglo XX era el tema central.

Curiosamente, en esas cartas, Hetzel mostraba abiertamente su rechazo a la novela. Y acá ponemos el parche: no es que Hetzel tenga mal gusto a mí no me gusta Verne y considero tener buen gusto literario, tampoco que no le gustara la literatura verniana, es más, él fue el único a quien acudía Verne, y fue quien le publicó Cinco semanas en globo, es simplemente que la novela -debemos decirlo- no colmó sus expectativas sinceramente, las mías tampoco. En todo caso, me tomo el trabajo de transcribir fragmentos de aquella carta desaprobatoria:

Querido Verne, daría lo que fuese por no tener que escribirle hoy. Ha emprendido usted una tarea imposible y -como sus predecesores en cosas análogas- tampoco ha conseguido llevarla a buen fin. Está a cien pies por debajo de Cinco semanas en globo. Si la vuelve a leer dentro de un año estará de acuerdo conmigo. Es periodismo barato y sobre un tema nada afortunado.
No esperaba una cosa perfecta; le vuelvo a decir que sabía que estaba intentando algo imposible, pero esperaba algo mejor. Aquí no hay resuelta ninguna cuestión de futuro serio, ninguna crítica que no parezca una caricatura ya hecha y rehecha, y si algo me asombra es que haya podido usted hacer, como en un arrebato y empujado por algún dios, algo tan penoso, tan poco vivo...
[...] Estoy desolado, desolado por lo que tengo que escribirle; miraré como un desastre para su buen nombre la publicación de su trabajo. Creerán que el globo fue una afortunada casualidad. Yo, que tengo El capitán Hatteras, sé, por el contrario que la casualidad es esta cosa fallida, pero el público no lo sabrá [...]
En las cosas en que me creo competente -los asuntos literarios, nada nuevo- habla usted como un hombre de mundo que ha tenido alguna relación con ellas, que ha estado en los estrenos, que descubre los tópicos con satisfacción. no parece ni un elogio ni una crítica. Con esto está todo dicho.
No está usted maduro para un libro así, vuelva a intentarlo dentro de veinte años [...] Nada en este libro ofende ni mis sentimientos ni mis ideas. Sólo ofende a la literatura, que es muy inferior a usted mismo en casi todas sus líneas. 
Su Michel es un pasmarote -los otros tampoco valen mucho, y a menudo resultan desagradables [...].
¿No tengo razón, querido muchacho, en tratarle como a un hijo, cruelmente, sólo porque le deseo lo mejor?
¿Volverá esto su corazón contra quien osa prevenirle con tanta dureza?
Espero que no, y sin embargo me he equivocado más de una vez sobre la capacidad de las personas para recibir una advertencia sincera [...]

(Las negritas son mías)


¿Pero de qué trata la novela? París en el siglo XX trata sobre la visión futurista de Verne. En esta dimensión lo más resaltante no son las tecnologías que hay -o no hay-, sino el excesivo pragmatismo en el que ha decaído el género humano. Tenemos que la civilización, altamente industrializada, vive sólo para producir y acumular ganancias. Las guerras, por ejemplo, han desaparecido totalmente, ya que no producen; las únicas profesiones son: el comercio, la industria y la ingeniería. Los únicos libros que se editan son los científicos, especialmente los de física y química. Las artes han sido desplazadas, se han extinguido por completo. Autores como Victor Hugo y Alejandro Dumas ya ni siquiera son recordados; no hay pintura, escultura ni música. Inlcuso, en un capítulo -de los rescatables- algún personaje medita sobre las mujeres: éstas ya se extinguieron. Llevadas por la corriente pragmática del siglo, éstas llegaron a masculinizarse hasta perder todo su encanto, sólo sirven para procrear, e incluso, con lo avanzada que va la ciencia, pronto serán reemplazadas -en esa función reproductiva- por máquinas.

El primer capítulo es rescatable, en él se presenta al héroe de la novela, Michele, quien espera su premiación en un concurso de ciencias. Los premios más ambicionados por los jóvenes estudiantes son los de matemáticas, física, y demás; sin embargo, aún se conserva el reconocimiento, tristemente célebre, a las letras. Michele ha ganado el concurso de poesía en latín, y cuando se acerca a recibir su premio es atacado por las burlas de sus compañeros. Frases como «Pero si debe ser el único participante» llegaban a sus oídos sin desmoralizarlo, puesto que él ama la Literatura. De eso va toda la novela. Trata del joven Michel, de dieciséis años, y de su desenvolvimiento en una sociedad que rechaza la cultura hasta sofocarlo. Es la crítica de Verne hacia la insensibilidad científica, pero una crítica banal, inmadura, y un leve piropo al trabajo de los grandes escritores mencionados en la obra.

En cierto sentido, me siento muy identificado con Verne y con su joven protagonista, pero ni ello me convence para recomendarla. No es una novela, es un prototipo. Es recomendable sólo para los fanáticos de Verne lamentablemente yo no soy uno de ellos, para entenderlo mejor, ya que mucha subjetividad quedó plasmado en ese manuscrito que -con toda certeza afirmo- no debió jamás publicarse, porque Hetzel tenía razón: sólo mancha la firma de un grande, de un buen literato.

Post Scriptum: Mi novia, como ya dije, es seguidora de la literatura de Verne, si lee esto, definitivamente la pasaré muy mal. Saludos, cariño, si lees esta reseña. Te amo mucho.



jueves, 15 de diciembre de 2011

Matentei Loki Ragnarok


Me gustan las notas de detectives, la mitología, las buenas historias; felizmente este anime es producto de esos ingredientes. Matentei Loki Ragnarok cuenta la historia de Loki quien, desterrado por su padre Odín del Valhalla, tiene que habitar la tierra en el cuerpo de un niño de nueve años. Ya en la tierra, Loki deberá ir atrapando energías maléficas a fin de recuperar sus fuerzas y conseguir un eventual regreso al reino de los dioses, para ello, funda una agencia de detectives. Sin embargo, la tarea no será tan sencilla puesto que Odín, aún indignado por el comportamiento de Loki, enviará conforme los capítulos avancen, a los demás dioses nórdicos con la misión de exterminar a Loki y así evitar el tan temido Ragnarok.

Como es evidente, el anime está ricamente sumergido en la mitología escandinava, por lo que esto resulta un plus para todo aquel que guste de ella. Con una buena banda sonora y un argumento interesante y divertido, este anime, dividido en 26 capítulos, seguramente logrará entretenerlos así como lo hizo conmigo hace un par de años. 




Descarga: El anime, por cuestiones técnicas, no lo he hallado en youtube ni en otras páginas afines, por lo que sólo -si gustan- podrán descargar los capítulos en estas direcciones:

  1. Capitulo 1: Aparece el detective http://www.megaupload.com/?d=2M6HQ4NU 
  2. Capitulo 2: El justiciero pobre http://www.megaupload.com/?d=0I2M9U09 
  3. Capitulo 3: El asesino http://www.megaupload.com/?d=9YVCW2M9 
  4. Capitulo 4: Mi padre es un gran detective http://www.megaupload.com/?d=DTRN2J09 
  5. Capitulo 5: El desafío de Frey, el ladrón http://www.megaupload.com/?d=YPKCORWI 
  6. Capitulo 6: La chica perseguida http://www.megaupload.com/?d=FCJEET3A 
  7. Capitulo 7: El despertar de la diosa Freya http://www.megaupload.com/?d=Y6HU7NLA 
  8. Capitulo 8: La oficina del detective Yamino http://www.megaupload.com/?d=6VFB5EHZ 
  9. Capitulo 9: Mayura quiere aprobar los exámenes http://www.megaupload.com/?d=NTX04Y60 
  10. Capitulo 10: La cafetería http://www.megaupload.com/?d=INV3ZWT4 
  11. Capitulo 11:El alumno enamorado http://www.megaupload.com/?d=OY7KRKWP 
  12. Capitulo 12: La trampa del castillo del conde Drácula http://www.megaupload.com/?d=7FD0ID3M 
  13. Capitulo 13: La flor del cielo http://www.megaupload.com/?d=W278HLG2 
  14. Capitulo 14: La luz, la oscuridad y el perro negro http://www.megaupload.com/?d=E73ABTZP 
  15. Capitulo 15: Hermosas asesinas http://www.megaupload.com/?d=ATS6SEG5 
  16. Capitulo 16: Campanilla mágica http://www.megaupload.com/?d=0X38IEQC 
  17. Capitulo 17: Batalla en el santuario culinario http://www.megaupload.com/?d=SQBGBN25 
  18. Capitulo 18: El detective es multicolor http://www.megaupload.com/?d=8T8KI7E6 
  19. Capitulo 19: El romance de Narugami http://www.megaupload.com/?d=88CVQLD2 
  20. Capitulo 20: Botas Rojas http://www.megaupload.com/?d=8WC82ZZ4 
  21. Capitulo 21: El amanecer de Heimdall http://www.megaupload.com/?d=IRJOE9DQ 
  22. Capitulo 22: La verdad de las diosas http://www.megaupload.com/?d=AYZB9UUT 
  23. Capitulo 23: La misteriosa chica del lago http://www.megaupload.com/?d=WSWYTUS5 
  24. Capitulo 24: La sombra de la soledad http://www.megaupload.com/?d=G5HB4VYZ 
  25. Capitulo 25: El destino soñado http://www.megaupload.com/?d=S18AEG0L 
  26. Capitulo 26: La partida de los dioses http://www.megaupload.com/?d=UUJXRMWW
Las descargas salen en avi, en nihongo y subtitulado al español.

Los dejo con el opening del anime:




Matantei Loki Ragnarok - Opening por Lafiel


Post Scriptum: Me gusta mucho el capítulo 19, como que me hace recordar una cancioncilla de Joan Manuel Serrat, De cartón piedra

lunes, 12 de diciembre de 2011

The long Halloween


  
La obra ganadora del premio Eisner, creada por Joeph Lobe (guionista) y Tim Sale (dibujante), nos muestra un largo y penoso año de la vida del hombre murciélago. Año en el que Gotham City será triste espectadora de la evolución criminal en sus calles, el cambio del crimen organizado a la monstruosa y teatral delincuencia protagonizada por sus primeros dementes y desquiciados supervillanos.

Gotham City está en guerra, la delincuencia y la corrupción han cubierto ya casi toda la ciudad, y tienen nombre: Carmine 'el romano' Falcone. Al otro lado tenemos a tres hombres incorruptibles representando a las tres fuerzas estatales: el capitán James Gordon, el fiscal del distrito Harvey Dent, y Batman; dispuestos a hacer lo que se debe hacer.







- Quiero dejarlo bien claro. Para poder llevar a Falcone ante la justicia... podemos esquivar las normas, pero no podemos romperlas. Porque no seríamos distintos a él.

- Claro.
(Hice una promesa sobre la tumba de mis padres.)
- ¿Bats?
- Batman, necesito tu palabra.
(No descansaría hasta limpiar Gotham del mal que acabó con sus vidas.)
(No podía haber compromisos.)
(Pero...)
- Acepto.







Esta guerra se verá curiosamente interrumpida tras la aparición de un asesino serial que empezará a cargarse a las principales figuras del crimen de cuello blanco (entiéndase, mafiosos) sólo en fechas especiales (como halloween, navidad, día de la madre, etc.) dejando en cada escena un revólver con el número de serie borrado, un chupón en el cañón para amortiguar el sonido del disparo, y algún objeto relacionado con la fecha.



Algunos puntos:


  1. Este es el cómic en el que Harvey Dent pierde la cordura para convertirse en el siniestro Dos caras.
  2. La novela gráfica tiene una enorme influencia del cine negro (film noir), especialmente en El Padrino. Lo notarán al empezar a leerlo.
  3. La continuación de esta apasionante historia la encontramos en Dark Victory, que pienso publicar en un siguiente post en realidad escribo ahora sobre The long Halloween sólo para poder colgar Dark victory luego.
  4. Este cómic está dividido en 13 números. Perú 21 los publicó en 15, inventando dos portadas más. Las originales son las siguientes: 




Acá en Lima esta fabulosa novela gráfica ha sido publicada semanalmente -como ya mencionamos-, de sábado a sábado, por el diario Perú.21. Exactamente la semana pasada llegó a su fin. Para los que no pudieron conseguirlo (total o parcialmente), pueden hallarlos en su quiosco favorito o, de forma más segura, en la estación central del metropolitano (en Lima), sin embargo, para facilitarlo aún más, pueden descargarlo gratis en estas direcciones:

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Alberto Montt

Nota del blogger: Que no se me tome como ateo o como un blasfemo al leer el siguiente post, es más, estoy más adentrado en la religión de lo que quisiera reconocer al congregar en una iglesia evangélica protestante. Lo que ocurre es que tengo debilidad por las caricaturas, y las del gran Alberto Montt son mis favoritas, en especial aquellas donde se vale de Dios y el Diablo -ya consagrados como sus personajes más divertidos- para arrancar más de una carcajada. En estos momentos se me viene a la memoria una frase muy común: Una imagen vale más que mil palabras. Pues bien, que vengan las imágenes.













Si les han gustado las tiritas de Montt tanto como a mí, pueden hallar más en su página web oficial: http://www.dosisdiarias.com/

martes, 6 de diciembre de 2011

El bebé de Rosemary

Me ocurre esto: cuando googleo El bebé de Rosemary, el buscador me vota mil y un opciones referentes a la adaptación cinematográfica de Roman Polansky, que yo hasta el momento no la he visto pero tengo interés y ya la disfrutaré, quizá, el domingo. Después de haber leído el libro mi veredicto es el siguiente: tienen que leerlo.

El bebé de Rosemary, escrito por el estadounidense Ira Levin, más que ser una novela de terror, es de suspenso terrorífico. Narra la historia de un matrimonio joven, tierno y soñador; el de Rosemary y Guy Woodhouse, que por insistencia de la alegre y romántica esposa inician los tratos pertinentes a fin de hacerse con un departamento en la casa Bramford, inmueble al que ya han destinado como su nido de amor, donde ambicionan emprender la noble y sana tarea de tener hijos (3) y encarnar a la familia feliz. Una vez cerrado el contrato de alquiler por dos años, entablan una curiosa conversación con un viejo amigo de Rosemary, Hutch, quien después de haber realizado una minuciosa investigación a la casa Bramford, intenta por todos los argumentos válidos persuadirlos de habitarla. Así, les va enumerando una a una todas las tragedias que ahí se han dado además de los pintorezcos habitantes que ha albergado: caníbales, brujos, satanistas, asesinos, etcétera. Todos los casos excepcionales y terribles, sin contar los que no llamaron mucho la atención como los suicidios. Advierte, Hutch, también, que esta mala reputación de la casa no sólo proviene de su antiquísimo y negro pasado, sino que en el invierno anterior el cadáver de un bebé envuelto en papel periódico fue hallado en el sótano de la misma... Como ustedes podrán hábilmente presagiar, la pareja hace caso omiso de las bienintencionadas advertencias y habitan la terrible casa Bramford.

El bebé de Rosemary es un ícono de las novelas de terror, que precedió a otros grandes como El exorcista. Es la fuente de inspiración de aquellos escritores de miedo de los años 70.

Algunas notas curiosas del libro que podemos deducir tras la lectura es que, al parecer, Ira Levin tendría en alto los trabajos de la escritora de misterios y detectives Agatha Christie y del cineasta Stanley Kubrick, al realizar sendas menciones en el desarrollo de su libro.

El libro virtual (o electrónico), pueden descargarlo en esta dirección: http://www.feedbooks.com/userbook/20998/el-beb%C3%A9-de-rosemary

Sin más que añadir, me despido dejando un fragmento de mi capítulo favorito (el segundo), exactamente la conversación con Hutch donde él les advierte sobre la terrible casa Bramford:  









–Estuve tentado de decirle que erais adictos a las drogas o sabandijas
de catre –dijo–. O algo igualmente repelente a los caseros.
Ellos le preguntaron por qué.
–No sé si ya lo sabéis –dijo untando mantequilla a un panecillo–, pero
la casa Bramford tiene muy mala fama desde principios de siglo.
Alzó la mirada, vio que no lo sabían y prosiguió (tenía una cara ancha
y reluciente, ojos azules que miraban entusiasmados, y algunos mechones
de cabello negro humedecido peinados a través de su cuero
cabelludo).
–Además de Isadora Duncan y Theodore Dreiser –explicó–, la casa
Bramford ha albergado a gran número de personajes mucho menos
atractivos. Ahí es donde las hermanas Trench realizaron sus pequeños
experimentos sobre dieta, y donde Keith Kennedy celebraba sus reuniones.
Adrián Marcato vivió también allí, lo mismo que Pearl Ames.
–¿Quiénes eran las hermanas Trench? –preguntó Guy.
–¿Quién fue Adrián Marcato? –inquirió Rosemary.
–Las hermanas Trench –explicó Hutch–, fueron dos señoras muy decentes
de la época victoriana que, en ocasiones, cometieron actos de canibalismo.
Guisaron y se comieron a varios niños, incluyendo a una
sobrina.
–¡Qué encanto! –exclamó Guy.
Hutch se volvió hacia Rosemary:
–Adrián Marcato practicó la brujería. Armó una buena hacia 1890
anunciando que había logrado conjurar a Satanás vivo. Mostró un puñado
de cabellos y algunas raspaduras de garras, y, por lo visto, hubo gente
que le creyó; por lo menos la suficiente para formar una muchedumbre
que lo atacó y lo dejó casi muerto en el vestíbulo de la casa Bramford.
–Bromeas –dijo Rosemary.
–Hablo en serio. Pocos años después comenzó el asunto de Keith Kennedy,
y hacia los años veinte la casa estaba medio vacía.
Guy manifestó:
–Yo ya estaba enterado de lo de Keith Kennedy y del caso de Pearl
Ames; pero no sabía que Adrián Marcato hubiera vivido allí.
–Y esas hermanas –añadió Rosemary estremeciéndose.
–Pero luego vino la segunda guerra mundial y la escasez de viviendas
–continuó Hutch–, y la casa se vio llena de nuevo, y ahora hasta ha adquirido
un poco de prestigio como casa antigua de pisos grandes; pero en los años veinte la llamaban la Negra Bramford y la gente sensible se
mantenía apartada de ella. El melón es para ti, ¿verdad, Rosemary?
El camarero depositó en la mesa los aperitivos. Rosemary se quedó mirando
interrogativamente a Guy; éste enarcó las cejas y meneó la cabeza
como diciendo: «No hagas caso, no dejes que te asuste.»
El camarero se marchó.
–A lo largo de los años –siguió diciendo Hutch–, en la casa Bramford
han pasado demasiadas cosas feas y desagradables. Y no todas ellas en
un pasado lejano. En 1959 encontraron en el sótano el cadáver de un niño
envuelto en un periódico.
Rosemary replicó:
–Pero esas cosas horribles ocurren en todas las casas de pisos de vez en
cuando.
–De vez en cuando –repitió Hutch–. El caso es que en la casa Bramford
ocurren con mucha mayor frecuencia. También hay irregularidades de
menos espectacularidad. Por ejemplo, ocurren allí más suicidios que en
casas de tamaño y antigüedad comparables.
–Y ¿cuál es la respuesta, Hutch? –preguntó Guy, haciéndose el serio y
preocupado–. Debe de haber alguna explicación.
Hutch se lo quedó mirando por un instante.
–No lo sé –dijo–. Quizá se deba a que la notoriedad de las hermanas
Trench atrajo a Adrián Marcato, y la notoriedad de éste atrajo a Keith
Kennedy, y finalmente la casa se convirtió en… una especie de centro de
reunión de gente propensa a observar una conducta rara. O quizá haya
cosas que nosotros ignoramos todavía, sobre campos magnéticos o de
electrones, o lo que sea, cosas que hacen que un lugar se convierta en
maligno. Sé algo de esto porque la casa Bramford no es un caso único.
Había una casa en Londres, en Praed Street, en la cual ocurrieron cinco
asesinatos brutales en sesenta años. Ninguno de los cinco tuvo la menor
relación entre sí; ni tampoco estaban relacionados los asesinos o las víctimas;
ni siquiera fueron cometidos con la misma Piedra de la Luna o con
el mismo Halcón Maltes, Y, sin embargo, cinco brutales asesinatos ocurrieron
separadamente. En una casita con una tienda en la planta baja y un
piso arriba. La demolieron en 1954, sin ningún propósito especial, ya
que, por lo visto, el solar sigue sin edificar.
Rosemary hundió su cucharita en la tajada de melón.
–Puede que también haya casas afortunadas –dijo. –Casas en donde la
gente se enamora, se casa y tiene niños.
–Y se convierte en estrellas –añadió Guy.
–Probablemente las hay –replicó Hutch–. Lo que pasa es que uno no
oye hablar de ellas nunca. Sólo se da publicidad a las que tienen mala fama
–sonrió a Rosemary y Guy–. Me gustaría que buscaseis una casa buena
en vez de mudaros a la Bramford –dijo.
La cucharadita llena de melón que Rosemary se llevaba a la boca se
detuvo a mitad de camino.
–¿En serio estás tratando de disuadirnos de que nos mudemos?
–preguntó.
–Hija mía –dijo Hutch–. Ten presente que esta noche estaba citado con
una mujer encantadora y he cancelado el encuentro sólo por venir a veros
y deciros lo que tengo que decir. Honradamente, estoy tratando de
quitaros esa idea de la cabeza.
–¡Santo Dios, Hutch… ! –empezó a decir Guy.
–No es que yo quiera asegurar –prosiguió Hutch– que al entrar en la
casa Bramford os va a caer en la cabeza un piano, que os van a comer
unas solteronas o que os vayáis a convertir en estatuas de piedra. Sólo
trato de deciros que la casa tiene mala fama y que había que considerar
eso, y no sólo el alquiler razonable o la chimenea que funciona; la casa
tiene un historial muy cargado de sucesos desagradables. ¿Por qué penetrar
deliberadamente en zona de peligro? ¿Por qué no vais al edificio Dakota
o al Osborne si se os ha metido en la cabeza vivir en medio del esplendor
del siglo XIX?
–La casa Dakota está toda alquilada –replicó Rosemary– y a la Osborne
la van a derribar.
–¿No estás exagerando un poco, Hutch? –preguntó Guy–. ¿Han ocurrido
más «sucesos desagradables» en los últimos años, además de lo del
niño en el sótano?
–Un ascensorista se mató el pasado invierno –dijo Hutch–. En un accidente
que no tenía nada de normal. He estado esta tarde en la biblioteca
con el Times Index y tres horas de microfilmes; ¿tenéis ganas de oír algo
más?
Rosemary se quedó mirando a Guy, quien soltó su tenedor y se limpió
la boca.
–¡Qué tontería! –dijo–. Está bien, allí han ocurrido muchas cosas desagradables;
pero eso no significa que vayan a ocurrir más. No veo por qué
la Bramford ha de ser más «zona de peligro» que cualquier otra casa de
la ciudad. Puedes arrojar una moneda al aire y te saldrá cara cinco veces
seguidas; pero eso no quiere decir que las próximas cinco veces haya de
salir cara también, y tampoco significa que esa moneda sea diferente de
las demás. Es pura coincidencia; eso es todo.
–Si esa casa tiene algo malo de veras –dijo Rosemary–, ¿por qué no la
han demolido como aquella casa de Londres?
–La casa de Londres –replicó Hutch– era propiedad de la familia del
último individuo asesinado allí. La Bramford es propiedad de la iglesia
vecina.
–Ahí tienes –dijo Guy, encendiendo un cigarrillo–. Entonces contamos
con la protección divina. –Que hasta ahora no ha servido –respondió
Hutch. El camarero retiró los platos. Rosemary dijo:
–No sabía que fuera propiedad de una iglesia. Guy se volvió hacia ella.
–Toda la ciudad lo es, cariño. –¿Habéis probado en la Wyoming?
–preguntó Hutch–. Creo que está en la misma manzana.
–Hutch –respondió Rosemary–, hemos probado en todas partes. No
hay nada, absolutamente nada, excepto en las casas nuevas, con pulcras
habitaciones cuadradas, todas exactamente iguales, y televisores en los
ascensores.
–¿Tan terrible es eso? –preguntó Hutch, sonriendo abiertamente.
–Sí –contestó Rosemary.
–Ya nos habíamos comprometido para mudarnos a una de ellas –dijo
Guy–; pero anulamos el compromiso para tomar este apartamento.
Hutch se les quedó mirando un momento, luego se retrepó y golpeó la
mesa con las palmas de sus manos. –¡Basta! –exclamó–. Me ocuparé de lo
mío, como he debido hacer desde el principio. ¡Encended fuego en vuestra
chimenea, que funciona! Os daré un cerrojo para la puerta y mantendré
cerrada la boca a partir de hoy. Soy un idiota; perdonadme.
Rosemary sonrió.
–La puerta tiene ya cerrojo –dijo–. Y una cadena, y una mirilla.
–Bueno, pues preocupaos de emplearlos –repuso Hutch–. Y no vayáis
por los pasillos, presentándoos a todo quisque. No estáis en Iowa.
–Omaha.
El camarero les trajo los platos fuertes.



sábado, 3 de diciembre de 2011

En memoria de Paulina

Este es uno de los primeros cuentos que me parecieron interesantes. Es verdaderamente un bonito relato con un sentimentalismo tierno y exquisito, y un toque fantástico al final. De hecho, siempre que realice una lista con mis cuentos favoritos éste tiene que estar. Espero sea de su agrado.











En memoria de Paulina


 Siempre quise a Paulina. En uno de mis primeros recuerdos, Paulina y yo estamos ocultos en una oscura glorieta de laureles, en un jardín con dos leones de piedra. Paulina me dijo: Me gusta el azul, me gustan las uvas, me gusta el hielo, me gustan las rosas, me gustan los caballos blancos. Yo comprendí que mi felicidad había empezado, porque en esas preferencias podía identificarme con Paulina. Nos parecimos tan milagrosamente que en un libro sobre la final reunión de las almas en el alma del mundo, mi amiga escribió en el margen: Las nuestras ya se reunieron. "Nuestras" en aquel tiempo, significaba la de ella y la mía.

    Para explicarme ese parecido argumenté que yo era un apresurado y remoto borrador de Paulina. Recuerdo que anoté en mi cuaderno: Todo poema es un borrador de la Poesía y en cada cosa hay una prefiguración de Dios. Pensé también: En lo que me parezca a Paulina estoy a salvo. Veía (y aún hoy veo) la identificación con Paulina como la mejor posibilidad de mi ser, como el refugio en donde me libraría de mis defectos naturales, de la torpeza, de la negligencia, de la vanidad.

    La vida fue una dulce costumbre que nos llevó a esperar, como algo natural y cierto, nuestro futuro matrimonio. Los padres de Paulina, insensibles al prestigio literario prematuramente alcanzado, y perdido, por mí, prometieron dar el consentimiento cuando me doctorara. Muchas veces nosotros imaginábamos un ordenado porvenir, con tiempo suficiente para trabajar, para viajar y para querernos. Lo imaginábamos con tanta vividez que nos persuadíamos de que ya vivíamos juntos.

    Hablar de nuestro casamiento no nos inducía a tratarnos como novios. Toda la infancia la pasamos juntos y seguía habiendo entre nosotros una pudorosa amistad de niños. No me atrevía a encarnar el papel de enamorado y a decirle, en tono solemne: Te quiero. Sin embargo, cómo la quería, Con qué amor atónito y escrupuloso yo miraba su resplandeciente perfección .

    A Paulina le agradaba que yo recibiera amigos. Preparaba todo, atendía a los invitados, y, secretamente, jugaba a ser dueña de casa. Confieso que esas reuniones no me alegraban. La que ofrecimos para que Julio Montero conociera a escritores no fue una excepción.

    La víspera, Montero me había visitado por primera vez. Esgrimía, en la ocasión, un copioso manuscrito y el despótico derecho que la obra inédita confiere sobre el tiempo del prójimo. Un rato después de la visita yo había olvidado esa cara hirsuta y casi negra. En lo que se refiere al cuento que me leyó –Montero me había encarecido que le dijera con toda sinceridad si el impacto de su amargura resultaba demasiado fuerte–, acaso fuera notable porque revelaba un vago propósito de imitar a escritores positivamente diversos. La idea central procedía del probable sofisma: si una determinada melodía surge de una relación entre el violín y los movimientos del violinista, de una determinada relación entre movimiento y materia surgía el alma de cada persona. El héroe del cuento fabricaba una máquina para producir almas (una suerte de bastidor, con maderas y piolines). Después el héroe moría. Velaban y enterraban el cadáver; pero él estaba secretamente vivo en el bastidor. Hacia el último párrafo, el bastidor aparecía, junto a un esteroscopio y un trípode con una piedra de galena, en el cuarto donde había muerto una señorita.

    Cuando logré apartarlo de los problemas de su argumento, Montero manifestó una extraña ambición por conocer a escritores.

    –Vuelva mañana por la tarde–le dije–. Le presentaré a algunos.

    Se describió a si mismo como un salvaje y aceptó la invitación. Quizá movido por el agrado de verlo partir, bajé con él hasta la puerta de calle. Cuando salimos del ascensor, Montero descubrió el jardín que hay en el patio. A veces, en la tenue luz de la tarde, viéndolo a través del portón de vidrio que lo separa del hall, ese diminuto jardín sugiere la misteriosa imagen de un bosque en el fondo de un lago. De noche, proyectores de luz lila y de luz anaranjada lo convierten en un horrible paraíso de caramelo. Montero lo vio de noche.

    –Le seré franco–me dijo, resignándose a quitar los ojos del jardín–. De cuanto he visto en la casa esto es lo más interesante.

    Al otro día Paulina llegó temprano; a las cinco de la tarde ya tenía todo listo para el recibo. Le mostré una estatuita china, de piedra verde, que yo había comprado esa mañana en un anticuario. Era un caballo salvaje, con las manos en el aire y la crin levantada. El vendedor me aseguró que simbolizaba la pasión .

    Paulina puso el caballito en un estante de la biblioteca y exclamó: Es hermoso como la primera pasión de una vida. Cuando le dije que se lo regalaba, impulsivamente me echó los brazos al cuello y me besó.

    Tomamos el té en el antecomedor. Le conté que me habían ofrecido una beca para estudiar dos años en Londres. De pronto creímos en un inmediato casamiento , en el viaje, en nuestra vida en Inglaterra (nos parecía tan inmediata como el casamiento). Consideramos pormenores de economía doméstica; las privaciones, casi dulces, a que nos someteríamos; la distribución de horas de estudio, de paseo, de reposo y, tal vez, de trabajo; lo que haría Paulina mientras yo asistiera a los cursos; la ropa y los libros que llevaríamos. Después de un r ato de proyectos, admitimos que yo tendría que renunciar a la beca. Faltaba una semana para mis exámenes, pero ya era evidente que los padres de Paulina querían postergar nuestro casamiento.

    Empezaron a llegar los invitados. Yo no me sentía feliz. Cuando conversaba con una persona, sólo pensaba en pretextos para dejarla. Proponer un tema que interesara al interlocutor me parecía imposible. Si quería recordar algo, no tenía memoria o la tenía demasiado lejos. Ansioso, fútil, abatido, pasaba de un grupo a otro, deseando que la gente se fuera, que nos quedáramos solos, que llegara el momento, ay, tan breve, de acompañar a Paulina hasta su casa.

Cerca de la ventana, mi novia hablaba con Montero. Cuando la miré, levantó los ojos e inclinó hacia mí su cara perfecta. Sentí que en la ternura de Paulina había un refugio inviolable, en donde estábamos solos. ¡Cómo anhelé decirle que la quería! Tomé la firme resolución de abandonar esa misma noche mi pueril y absurda vergüenza de hablarle de amor. Si ahora pudiera (suspiré) comunicarle mi pensamiento. En su mirada palpitó una generosa, alegre y sorprendida gratitud.

    Paulina me preguntó en qué poema un hombre se aleja tanto de una mujer que no la saluda cuando la encuentra en el cielo. Yo sabía que el poema era de Browning y vagamente recordaba los versos. Pasé el resto de la tarde buscándolos en la edición de Oxford. Si no me dejaban con Paulina, buscar algo para ella era preferible a conversar con otras personas, pero estaba singularmente ofuscado y me pregunté si la imposibilidad de encontrar el poema no entrañaba un presagio. Miré hacia la ventana. Luis Alberto Morgan, el pianista, debió de notar mi ansiedad, porque me dijo:

    –Paulina está mostrando la casa a Montero.
    Me encogí de hombros, oculté apenas el fastidio y simulé interesarme, de nuevo, en el libro de Browning. Oblicuamente vi a Morgan entrando en mi cuarto. Pensé: Va a llamarla. En seguida reapareció con Paulina y con Montero.

    Por fin alguien se fue; después, con despreocupación y lentitud partieron otros. Llegó un momento en que sólo quedamos Paulina, yo y Montero. Entonces, como lo temí, exclamó Paulina:

    –Es muy tarde. Me voy. 

Montero intervino rápidamente:
    –Si me permite, la acompañaré hasta su casa.
    –Yo también te acompañaré–respondí.
    Le hablé a Paulina, pero miré a Montero. Pretendí que los ojos le comunicaran mi desprecio y mi odio.
    Al llegar abajo, advertí que Paulina no tenía el caballito chino. Le dije:
    –Has olvidado mi regalo.
  
  Subí al departamento y volví con la estatuita . Los encontré apoyados en el portón de vidrio, mirando el jardín. Tomé del brazo a Paulina y no permití que Montero se le acercara por el otro lado. En la conversación prescindí ostensiblemente de Montero.

    No se ofendió. Cuando nos despedimos de Paulina, insistió en acompañarme hasta casa. En el trayecto habló de literatura, probablemente con sinceridad y con fervor. Me dije: Él es el literato; yo soy un hombre cansado, frívolamente preocupado con una mujer. Consideré la incongruencia que había entre su vigor físico y su debilidad literaria. Pensé: una caparazón lo protege; no le llega lo que siente el interlocutor. Miré con odio sus ojos despiertos, su bigote hirsuto, su pescuezo fornido.

    Aquella semana casi no vi a Paulina. Estudié mucho. Después del último examen, la llamé por teléfono. Me felicitó con una insistencia que no parecía natural y dijo que al fin de la tarde iría a casa.

    Dormí la siesta, me bañé lentamente y esperé a Paulina hojeando un libro sobre los Faustos de Muller y de Lessing.
    Al verla, exclamé:
    –Estás cambiada.
    –Si–respondió–. ¡Cómo nos conocemos! No necesito hablar para que sepas lo que siento.
    Nos miramos en los ojos, en un éxtasis de beatitud.
    –Gracias–contesté.

    Nada me conmovía tanto como la admisión, por parte de Paulina, de la entrañable conformidad de nuestras almas. Confiadamente me abandoné a ese halago. No sé cuándo me pregunté (incrédulamente) si las palabras de Paulina ocultarían otro sentido. Antes de que yo considerara esta posibilidad, Paulina emprendió una confusa explicación. Oí de pronto:

    –Esa primera tarde ya estábamos perdidamente enamorados
    Me pregunté quiénes estaban enamorados. Paulina continuó.
    –Es muy celoso. No se opone a nuestra amistad, pero le juré que, por un tiempo, no te vería.
   
 Yo esperaba, aún, la imposible aclaración que me tranquilizara. No sabía si Paulina hablaba en broma o en serio. No sabía qué expresión había en mi rostro. No sabía lo desgarradora que era mi congoja. Paulina agregó:

    –Me voy. Julio está esperándome. No subió para no molestarnos.
     –¿Quién?–pregunté.
  
  En seguida temí–como si nada hubiera ocurrido–que Paulina descubriera que yo era un impostor y que nuestras almas no estaban tan juntas.
    Paulina contestó con naturalidad:
    –Julio Montero.
  
  La respuesta no podía sorprenderme; sin embargo, en aquella tarde horrible, nada me conmovió tanto como esas dos palabras. Por primera vez me sentí lejos de Paulina. Casi con desprecio le pregunté:
     –¿Van a casarse?

No recuerdo qué me contestó. Creo que me invitó a su casamiento.

   Después me encontré solo. Todo era absurdo. No había una persona más incompatible con Paulina (y conmigo) que Montero. ¿O me equivocaba? Si Paulina quería a ese hombre, tal vez nunca se había parecido a mí. Una abjuración no me bastó; descubrí que muchas veces yo había entrevisto la espantosa Verdad.

    Estaba muy triste, pero no creo que sintiera celos. Me acosté en la cama, boca abajo. Al estirar una mano, encontré el libro que había leído un rato antes. Lo arrojé lejos de mí, con asco .

    Salí a caminar. En una esquina miré una calesita. Me parecía imposible seguir viviendo esa tarde.
    Durante años la recordé y como prefería los dolorosos momentos de la ruptura (porque los había pasado con Paulina) a la ulterior soledad, los recorría y los examinaba minuciosamente y volvía a vivirlos. En esta angustiada cavilación creía descubrir nuevas interpretaciones para los hechos. Así, por ejemplo, en la voz de Paulina declarándome el nombre de su amado, sorprendí una ternura que, al principio, me emocionó. Pensé que la muchacha me tenía lástima y me conmovió su bondad como antes me conmovía su amor. Luego, recapacitando, deduje que esa ternura no era para mí sino para el nombre pronunciado.

    Acepté la beca, y, silenciosamente, me ocupé en los preparativos del viaje. Sin embargo, la noticia trascendió. En la última tarde me visitó Paulina.

    Me sentía alejado de ella, pero cuando la vi me enamoré de nuevo. Sin que Paulina lo dijera, comprendí que su aparición era furtiva. La tomé de las manos, trémulo de agradecimiento. Paulina exclamó:
    –Siempre te querré. De algún modo, siempre te querré más que a nadie.

    Tal vez creyó que había cometido una traición. Sabía que yo no dudaba de su lealtad hacia Montero, pero como disgustada por haber pronunciado palabras que entrañaran–si no para mí, para un testigo imaginario–una intención desleal, agregó rápidamente:
    –Es claro, lo que siento por ti no cuenta. Estoy enamorada de Julio.
    Todo lo demás, dijo, no tenía importancia. El pasado era una región desierta en que ella había esperado a Montero. De nuestro amor, o amistad, no se acordó.

    Después hablamos poco. Yo estaba muy resentido y fingí tener prisa. La acompañé en el ascensor. Al abrir la puerta retumbó, inmediata, la lluvia.
    –Buscaré un taxímetro–dije.
    Con una súbita emoción en la voz, Paulina me gritó:
    –Adiós, querido.
    Cruzó, corriendo, la calle y desapareció a lo lejos. Me volví, tristemente. Al levantar los ojos vi a un hombre agazapado en el jardín. El hombre se incorporó y apoyó las manos y la cara contra el portón de vidrio. Era Montero.

    Rayos de luz lila y de luz anaranjada se cruzaban sobre un fondo verde, con boscajes oscuros. La cara de Montero, apretada contra el vidrio mojado, parecía blanquecina y deforme.

    Pensé en acuarios, en peces en acuarios. Luego, con frívola amargura, me dije que la cara de Montero sugería otros monstruos: los peces deformados por la presión del agua, que habitan el fondo del mar.

    Al otro día, a la mañana, me embarqué. Durante el viaje, casi no salí del camarote. Escribí y estudié mucho.

    Quería olvidar a Paulina. En mis dos años de Inglaterra evité cuanto pudiera recordármela: desde los encuentros con argentinos hasta los pocos telegramas de Buenos Aires que publicaban los diarios. Es verdad que se me aparecía en el sueño, con una vividez tan persuasiva y tan real, que me pregunté si mi alma no contrarrestaba de noche las privaciones que yo le imponía en la vigilia. Eludí obstinadamente su recuerdo. Hacia el fin del primer año, logré excluirla de mis noches, y, casi, olvidarla.

    La tarde que llegué de Europa volví a pensar en Paulina. Con aprehensión me dije que tal vez en casa los recuerdos fueran demasiado vivos. Cuando entré en mi cuarto sentí alguna emoción y me detuve respetuosamente, conmemorando el pasado y los extremos de alegría y de congoja que yo había conocido. Entonces tuve una revelación vergonzosa. No me conmovían secretos monumentos de nuestro amor, repentinamente manifestados en lo más íntimo de la memoria; me conmovía la enfática luz que entraba por la ventana, la luz de Buenos Aires.

    A eso de las cuatro fui hasta la esquina y compré un kilo de café. En la panadería, el patrón me reconoció, me saludó con estruendosa cordialidad y me informó que desde hacia mucho tiempo–seis meses por lo menos–yo no lo honraba con mis compras. Después de estas amabilidades le pedí, tímido y resignado, medio kilo de pan. Me preguntó, como .siempre: 
    –¿,Tostado o blanco'?
    Le contesté, como siempre: 
    –Blanco.
   
 Volví a casa. Era un día claro como un cristal y muy frío.

    Mientras preparaba el café pensé en Paulina. Hacia el fin de la tarde solíamos tomar una taza de café negro..

    Como en un sueño pasé de un afable y ecuánime in diferencia a la emoción, a la locura, que me produjo la aparición de Paulina. Al verla caí de rodillas, hundí la cara entre sus manos y lloré por primera vez todo el dolor de haberla perdido.

    Su llegada ocurrió así: tres golpes resonaron en la puerta; me pregunté quién seria el intruso; pensé que por su culpa se enfriaría el café, abrí, distraídamente.

    Luego–ignoro si el tiempo transcurrido fue muy largo o muy breve–Paulina me ordenó que la siguiera. Comprendí que ella estaba corrigiendo, con la persuasión de los hechos, los antiguos errores de nuestra conducta. Me parece (pero además de recaer en los mismos errores, soy infiel a esa tarde) que los corrigió con excesiva determinación . Cuando me pidió que la tomara de la mano ("¡La mano!", me dijo. "¡Ahora!") me abandoné a la dicha. Nos miramos en los ojos y, como dos ríos confluentes, nuestras almas también se unieron. Afuera, sobre el techo, contra las paredes, llovía. Interpreté esa lluvia–que era el mundo entero surgiendo, nuevamente–como una pánica expansión de nuestro amor.

    La emoción no me impidió, sin embargo, descubrir que Montero había contaminado la conversación de Paulina. Por momentos, cuando ella hablaba, yo tenía la ingrata impresión de oír a mi rival. Reconocí la característica pesadez de las frases; reconocí las ingenuas y trabajosas tentativas de encontrar el término exacto; reconocí, todavía apuntando vergonzosamente, la inconfundible vulgaridad.

    Con un esfuerzo pude sobreponerme. Miré el rostro, la sonrisa, los ojos. Ahí estaba Paulina, intrínseca y perfecta. Ahí no me la habían cambiado.

    Entonces, mientras la contemplaba en la mercurial penumbra del espejo, rodeada por el marco de guirnaldas, de coronas y de ángeles negros, me pareció distinta. Fue como si descubriera otra versión de Paulina; como si la viera de un modo nuevo. Di gracias por la separación, que me había interrumpido el hábito de verla, pero que me la devolvía más hermosa.

    Paulina dijo:
    –Me voy. Julio me espera.
    Advertí en su voz una extraña mezcla de menosprecio y de angustia, que me desconcertó. Pensé melancólicamente: Paulina, en otros tiempos, no hubiera traicionado a nadie. Cuando levanté la mirada, se había ido.

    Tras un momento de vacilación la llamé. Volví a llamarla, bajé a la entrada, corrí por la calle. No la encontré. De vuelta, sentí frío. Me dije: "Ha refrescado. Fue un simple chaparrón". La calle estaba seca.

    Cuando llegué a casa vi que eran las nueve. No tenía ganas de salir a comer; la posibilidad de encontrarme con algún conocido, me acobardaba. Preparé un poco de café. Tomé dos o tres tazas y mordí la punta de un pan.

    No sabía siquiera cuándo volveríamos a vernos. Quería hablar con Paulina. Quería pedirle que me aclarara... De pronto, mi ingratitud me asustó. El destino me deparaba toda la dicha y yo no estaba contento. Esa tarde era la culminación de nuestras vidas. Paulina lo había comprendido así. Yo mismo
lo había comprendido. Por eso casi no hablamos. (Hablar, hacer preguntas hubiera sido, en cierto modo, diferenciarnos.)

    Me parecía imposible tener que esperar hasta el día siguiente para ver a Paulina. Con premioso alivio determiné que iría esa misma noche a casa de Montero. Desistí muy pronto; sin hablar antes con Paulina, no podía visitarlos. Resolví buscar a un amigo–Luis Alberto Morgan me pareció el más indicado–y pedirle que me contara cuanto supiera de la vida de Paulina durante mi ausencia.

    Luego pensé que lo mejor era acostarme y dormir. Descansado, vería todo con más comprensión. Por otra parte, no estaba dispuesto a que me hablaran frívolamente de Paulina. Al entrar en la cama tuve la impresión de entrar en un cepo (recordé, tal vez, noches de insomnio, en que uno se queda en la cama para no reconocer que está desvelado). Apagué la luz.

    No cavilaría más sobre la conducta de Paulina. Sabía demasiado poco para comprender la situación. Ya que no podía hacer un vacío en la mente y dejar de pensar, me refugiaría en el recuerdo de esa tarde.

    Seguiría queriendo el rostro de Paulina aun si encontraba en sus actos algo extraño y hostil que me alejaba de ella. E1 rostro era el de siempre, el puro y maravilloso que me había querido antes de la abominable aparición de Montero. Me dije: Hay una fidelidad en las caras, que las almas quizá no comparten.

    ¿O todo era un engaño? ¿Yo estaba enamorado de una ciega proyección de mis preferencias y repulsiones? ¿Nunca había conocido a Paulina?

    Elegí una imagen de esa tarde–Paulina ante la oscura y tersa profundidad del espejo–y procuré evocarla. Cuando la entreví, tuve una revelación instantánea: dudaba porque me olvidaba de Paulina. Quise consagrarme a la contemplación de su imagen. La fantasía y la memoria son facultades caprichosas: evocaba el pelo despeinado, un pliegue del vestido, la vaga penumbra circundante, pero mi amada se desvanecía.

    Muchas imágenes, animadas de inevitable energía, pasaban ante mis ojos cerrados. De pronto hice un descubrimiento. Como en el borde oscuro de un abismo, en un ángulo del espejo, a la derecha de Paulina, apareció el caballito de piedra verde.

    La visión, cuando se produjo, no me extrañó; sólo después de unos minutos recordé que la estatuita no estaba en casa. Yo se la había regalado a Paulina hacía dos años.

    Me dije que se trataba de una superposición de recuerdos anacrónicos (el más antiguo, del caballito; el más reciente, de Paulina). La cuestión quedaba dilucidada, yo estaba tranquilo y debía dormirme. Formulé entonces una reflexión vergonzosa y, a la luz de lo que averiguaría después, patética. "Si no me duermo pronto", pensé, "mañana estaré demacrado y no le gustaré a Paulina".

    Al rato advertí que mi recuerdo de la estatuita en el espejo del dormitorio no era justificable. Nunca la puse en el dormitorio. En casa, la vi únicamente en el otro cuarto (en el estante o en manos de Paulina o en las mías).

    Aterrado, quise mirar de nuevo esos recuerdos. E1 espejo reapareció, rodeado de ángeles y de guirnaldas de madera, con Paulina en el centro y el caballito a la derecha. Yo no estaba seguro de que reflejara la habitación. Tal vez la reflejaba, pero de un modo vago y sumario. En cambio el caballito se encabritaba nítidamente en el estante de la biblioteca. La biblioteca abarcaba todo el fondo y en la oscuridad lateral rondaba un nuevo personaje, que no reconocí en el primer momento. Luego, con escaso interés, noté que ese personaje era yo.

    Vi el rostro de Paulina, lo vi entero (no por partes), como proyectado hasta mí por la extrema intensidad de su hermosura y de su tristeza. Desperté llorando.

    No sé desde cuándo dormía. Sé que el sueño no fue inventivo. Continuó, insensiblemente, mis imaginaciones y reprodujo con fidelidad las escenas de la tarde.

    Miré el reloj. Eran las cinco. Me levantaría temprano y, aun a riesgo de enojar a Paulina, iría a su casa. Esta resolución no mitigó mi angustia.

    Me levanté a las siete y media, tomé un largo baño y me vestí despacio.

    Ignoraba dónde vivía Paulina. El portero me prestó la guía de teléfonos y la Guía Verde. Ninguna registraba la dirección de Montero. Busqué el nombre de Paulina; tampoco figuraba. Comprobé, asimismo, que en la antigua casa de Montero vivía otra persona. Pensé preguntar la dirección a los padres de Paulina.

    No los veía desde hacía mucho tiempo (cuando me enteré del amor de Paulina por Montero, interrumpí el trato con ellos). Ahora, para disculparme, tendría que historiar mis penas. Me faltó el ánimo.

    Decidí hablar con Luis Alberto Morgan. Antes de las once no podía presentarme en su casa. Vagué por las calles, sin ver nada, o atendiendo con momentánea aplicación a la forma de una moldura en una pared o al sentido de una palabra oída al azar. Recuerdo que en la plaza Independencia una mujer, con los zapatos en una mano y un libro en la otra, se paseaba descalza por el pasto húmedo.

    Morgan me recibió en la cama, abocado a un enorme tazón, que sostenía con ambas manos. Entre vi un líquido blancuzco y, flotando, algún pedazo de pan.
    –¿Dónde vive Montero?–le pregunté.
    Ya había tomado toda la leche. Ahora sacaba del fondo de la taza los pedazos de pan.
    –Montero está preso–contestó.
    No pude ocultar mi asombro. Morgan continuó:
    –¿Cómo? ¿Lo ignoras?

    lmaginó, sin duda, que yo ignoraba solamente ese detalle, pero, por gusto de hablar, refirió todo lo ocurrido. Creí perder el conocimiento: caer en un repentino precipicio; ahí también llegaba la voz ceremoniosa, implacable y nítida, que relataba hechos incomprensibles con la monstruosa y persuasiva convicción de que eran familiares.

    Morgan me comunicó lo siguiente: Sospechando que Paulina me visitaría, Montero se ocultó en el jardín de casa. La vio salir, la siguió; la interpeló en la calle. Cuando se juntaron curiosos, la subió a un automóvil de alquiler. Anduvieron toda la noche por la Costanera y por los lagos y, a la madrugada, en un hotel del Tigre, la mató de un balazo. Esto no había ocurrido la noche anterior a esa mañana; había ocurrido la noche anterior a mi viaje a Europa; había ocurrido hacía dos años.

    En los momentos más terribles de la vida solemos caer en una suerte de irresponsabilidad protectora y en vez de pensar en lo que nos ocurre dirigimos la atención a trivialidades. En ese momento yo le pregunté a Morgan:
    –¿Te acuerdas de la última reunión, en casa, antes de mi viaje?
    Morgan se acordaba. Continué:
    –Cuando notaste que yo estaba preocupado y fuiste a mi dormitorio a buscar a Paulina, ¿qué hacía Montero?
    –Nada–contestó Morgan, con cierta vivacidad–. Nada. Sin embargo, ahora lo recuerdo: se miraba en el espejo.
    Volvía a casa. Me crucé, en la entrada, con el portero. Afectando indiferencia, le pregunté:
    –¿Sabe que murió la señorita Paulina?
    –¿Cómo no voy a saberlo?–respondió–. Todos los diarios hablaron del asesinato y yo acabé declarando en la policía.
El hombre me miró inquisitivamente.
    –¿Le ocurre algo?–dijo, acercándose mucho–. ¿Quiere que lo acompañe?
    Le di las gracias y me escapé hacia arriba. Tengo un vago recuerdo de haber forcejeado con una llave; de haber recogido unas cartas, del otro lado de la puerta; de estar con los ojos cerrados, tendido boca abajo, en la cama.

    Después me encontré frente al espejo, pensando: " Lo cierto es que Paulina me visitó anoche. Murió sabiendo que el matrimonio con Montero había sido un equivocación– una equivocación atroz–y que nosotros éramos la verdad. Volvió desde la muerte, para completar su destino, nuestro destino". Recordé una frase que Paulina escribió, hace años, en un libro: Nuestras almas ya se reunieron. Seguí pensando: "Anoche, por fin. En el momento en que la tomé de la mano". Luego me dije: "Soy indigno de ella: he dudado, he sentido celos. Para quererme vino desde la muerte".

    Paulina me había perdonado. Nunca nos habíamos querido tanto. Nunca estuvimos tan cerca.
    Yo me debatía en esta embriaguez de amor, victoriosa y triste cuando me pregunté–mejor dicho, cuando mi cerebro, llevado por el simple hábito de proponer alternativas, se preguntó–si no habría otra explicación para la visita de anoche. Entonces, como una fulminación, me alcanzó la verdad.

    Quisiera descubrir ahora que me equivoco de nuevo. Por desgracia, como siempre ocurre cuando surge la verdad, mi horrible explicación aclara los hechos que parecían misteriosos. Estos, por su parte, la confirman.

    Nuestro pobre amor no arrancó de la tumba a Paulina. No hubo fantasma de Paulina. Yo abracé un monstruoso fantasma de los celos de mi rival.

    La clave de lo ocurrido está oculta en la visita que me hizo Paulina en la víspera de mi viaje. Montero la siguió y la esperó en el jardín. La riñó toda la noche y, porque no creyó en sus explicaciones–¿cómo ese hombre entendería la pureza de Paulina?–la mató a la madrugada.

    Lo imaginé en su cárcel, cavilando sobre esa visita, representándosela con la cruel obstinación de los celos.
    La imagen que entró en casa, lo que después ocurrió allí, fue un a proyección de la horrenda fantasía de Montero. No lo descubrí entonces, porque estaba tan conmovido y tan feliz, que sólo tenía voluntad para obedecer a Paulina. Sin embargo, los indicios no faltaron. Por ejemplo, la lluvia. Durante la visita de la verdadera Paulina–en la víspera de mi viaje–no oí la lluvia. Montero, que estaba en el jardín, la sintió directamente sobre su cuerpo. Al imaginarnos, creyó que la habíamos oído. Por eso anoche oí llover. Después me encontré con que la calle estaba seca.

    Otro indicio es la estatuita. Un solo día la tuve en casa: el día del recibo. Para Montero quedó como un símbolo del lugar. Por eso apareció anoche.

    No me reconocí en el espejo, por que Montero no me imaginó claramente. Tampoco imaginó con precisión el dormitorio. Ni siquiera conoció Paulina. La imagen proyectada por Montero se condujo de un modo que no es propio de Paulina. Además, hablaba como él.

    Urdir esta fantasía es el tormento de Montero. El mío es más real. Es la convicción de que Paulina no volvió porque estuviera desengañada de su amor. Es la convicción de que nunca fui su amor. Es la convicción de que Montero no ignoraba aspectos de su vida que sólo he conocido indirectamente. Es la convicción de que al tomarla de la mano–en el supuesto momento de la reunión de nuestras almas–obedecí a un ruego de Paulina que ella nunca me dirigió y que mi rival oyó muchas veces.

Adolfo Bioy Casares