miércoles, 21 de marzo de 2012

La pradera

Hay un libro de cuentos que yo encuentro totalmente fantástico y genial, éste libro es «El hombre ilustrado» del asombroso Bradbury Ray. 

El libro nos habla acerca de un extraño personaje que fue tatuado en todo su cuerpo por una bruja. Sus tatuajes son su maldición ya que, al ser observados por otras personas, cobran vida y nos cuentan, cada uno, una historia distinta acerca del futuro de la humanidad. Tan atractivos son estos dibujos carnales que atraen la atención a un nivel que deja sin escape a su eventual observador, haciéndolo ver el siguiente gráfico y luego el subsiguiente hasta que, visto el último, dejarlo sin vida. Cada tatuaje es un cuento.

En «El hombre ilustrado», Bradbury Ray se vale del relato futurista de ciencia ficción para brindarnos su visión de la humanidad así como su crítica moral a la sociedad materialista, tocando temas como la desunión familiar, el racismo, el excesivo culto a la ciencia, etc. 

La mayoría de estos se desarrollan en los diversos planetas del sistema solar, sin embargo La pradera -cuento que añadiré a continuación- no. Es el primer relato y, además y todavía, mi favorito. Espero les guste.



La Pradera


Bradbury Ray, El hombre ilustrado.



1

—George, me gustaría que le echaras un ojo al cuarto de jugar de los niños.

—¿Qué le pasa?

—No lo sé.

—Pues bien, ¿y entonces?

—Sólo quiero que le eches un ojeada, o que llames a un psicólogo para que se la eche él.

—¿Y qué necesidad tiene un cuarto de jugar de un psicólogo?

—Lo sabes perfectamente —su mujer se detuvo en el centro de la cocina y contempló uno de los fogones, que en ese momento estaba hirviendo sopa para cuatro personas—. Sólo es que ese cuarto ahora es diferente de como era antes.

—Muy bien, echémosle un vistazo.

Atravesaron el vestíbulo de su lujosa casa insonorizada cuya instalación les había costado treinta mil dólares, una casa que los vestía y los alimentaba y los mecía para que se durmieran, y tocaba música y cantaba y era buena con ellos. Su aproximación activó un interruptor en alguna parte y la luz de la habitación de los niños parpadeó cuando llegaron a tres metros de ella. Simultáneamente, en el vestíbulo, las luces se apagaron con un automatismo suave.

—Bien —dijo George Hadley.

Se detuvieron en el suelo acolchado del cuarto de jugar de los niños. Tenía doce metros de ancho por diez de largo; además había costado tanto como la mitad del resto de la casa. “Pero nada es demasiado bueno para nuestros hijos”, había dicho George.

La habitación estaba en silencio y tan desierta como un claro de la selva un caluroso mediodía. Las paredes eran lisas y bidimensionales. En ese momento, mientras George y Lydia Hadley se encontraban quietos en el centro de la habitación, las paredes se pusieron a zumbar y a retroceder hacia una distancia cristalina, o eso parecía, y pronto apareció un sabana africana en tres dimensiones; por todas partes, en colores que reproducían hasta el último guijarro y brizna de paja. Por encima de ellos, el techo se convirtió en un cielo profundo con un ardiente sol amarillo.

George Hadley notó que la frente le empezaba a sudar.

 —Vamos a quitarnos del sol —dijo—. Resulta demasiado real. Pero no veo que pase nada extraño.

—Espera un momento y verás dijo su mujer.

Los ocultos olorificadores empezaron a emitir un viento aromatizado en dirección a las dos personas del centro de la achicharrante sabana africana. El intenso olor a paja, el aroma fresco de la charca oculta, el penetrante olor a moho de los animales, el olor a polvo en el aire ardiente. Y ahora los sonidos: el trote de las patas de lejanos antílopes en la hierba, el aleteo de los buitres. Una sombra recorrió el cielo y vaciló sobre la sudorosa cara que miraba hacia arriba de George Hadley.

—Unos bichos asquerosos —le oyó decir a su mujer.

—Los buitres.

—¿Ves? allí están los leones, a lo lejos, en aquella dirección. Ahora se dirigen a la charca. Han estado comiendo —dijo Lydia—. No sé el qué.

—Algún animal —George Hadley alzó la mano para defender sus entrecerrados ojos de la luz ardiente—. Una cebra o una cría de jirafa, a lo mejor.

—¿Estás seguro? —la voz de su mujer sonó especialmente tensa.

--No, ya es un poco tarde para estar seguro —dijo él, divertido—. Allí lo único que puedo distinguir son unos huesos descarnados, y a los buitres dispuestos a caer sobre lo que queda.

—¿Has oído ese grito? —preguntó ella.

—No.

—¡Hace un momento!

—Lo siento, pero no.

Los leones se acercaban. Y George Hadley volvió a sentirse lleno de admiración hacia el genio mecánico que había concebido aquella habitación. Un milagro de la eficacia que vendían por un precio ridículamente bajo. Todas las casas deberían tener algo así. Claro, de vez en cuando te asustaba con su exactitud clínica, hacía que te sobresaltases y te producía un estremecimiento, pero qué divertido era para todos en la mayoría de las ocasiones; y no sólo para su hijo y su hija, sino para él mismo cuando sentía que daba un paseo por un país lejano, y después cambiaba rápidamente de escenario. Bien, ¡pues allí estaba!

Y allí estaban los leones, a unos metros de distancia, tan reales, tan febril y sobrecogedoramente reales que casi notabas su piel áspera en la mano, la boca se te quedaba llena del polvoriento olor a tapicería de sus pieles calientes, y su color amarillo permanecía dentro de tus ojos como el amarillo de los leones y de la hierba en verano, y el sonido de los enmarañados pulmones de los leones respirando en el silencioso calor del mediodía, y el olor a carne en el aliento, sus bocas goteando.

Los leones se quedaron mirando a George y Lydia Hadley con sus aterradores ojos verde-amarillentos.

—¡Cuidado! —gritó Lydia.

Los leones venían corriendo hacia ellos.

Lydia se dio la vuelta y echó a correr. George se lanzó tras ella. Fuera, en el vestíbulo, después de cerrar de un portazo, él se reía y ella lloraba y los dos se detuvieron horrorizados ante la reacción del otro.

—¡George!

—¡Lydia! ¡Oh, mi querida, mi dulce, mi pobre Lydia!

—¡Casi nos atrapan!

—Unas paredes, Lydia, acuérdate de ello; unas paredes de cristal, es lo único que son. Claro, parecen reales, lo reconozco... África en tu salón, pero sólo es una película en color multidimensional de acción especial, supersensitiva, y una cinta cinematográfica mental detrás de las paredes de cristal. Sólo son olorificadores y acústica, Lydia. Toma mi pañuelo.

—Estoy asustada —Lydia se le acercó, pego su cuerpo al de él y lloró sin parar—. ¿Has visto? ¿Lo has notado? Es demasiado real.

—Vamos a ver, Lydia...

—Tienes que decirles a Wendy y Peter que no lean nada más sobre África.

—Claro que sí... Claro que sí —le dio unos golpecitos con la mano.

—¿Lo prometes?

—Desde luego.

—Y mantén cerrada con llave esa habitación durante unos días hasta que consiga que se me calmen los nervios.

—Ya sabes lo difícil que resulta Peter con eso. Cuando le castigué hace un mes a tener unas horas cerrada con llave esa habitación..., ¡menuda rabieta cogió! Y Wendy lo mismo. Viven para esa habitación.

—Hay que cerrarla con llave, eso es todo lo que hay que hacer.

—Muy bien —de mala gana, George Hadley cerró con llave la enorme puerta—. Has estado trabajando intensamente. Necesitas un descanso.

—No lo sé... No lo sé —dijo ella, sonándose la nariz y sentándose en una butaca que inmediatamente empezó a mecerse para tranquilizarla—. A lo mejor tengo pocas cosas que hacer. Puede que tenga demasiado tiempo para pensar. ¿Por qué no cerramos la casa durante unos cuantos días y nos vamos de vacaciones?

—¿Te refieres a que vas a tener que freír tú los huevos?

—Sí —Lydia asintió con la cabeza.

—¿Y zurzirme los calcetines?

—Sí —un frenético asentimiento, y unos ojos que se humedecían.

—¿Y barrer la casa?

—¡Sí, sí... , claro que sí!

—Pero yo creía que por eso habíamos comprado esta casa, para que no tuviéramos que hacer ninguna de esas cosas.

—Justamente es eso. No siento como si ésta fuera mi casa. Ahora la casa es la esposa y la madre y la niñera. ¿Cómo podría competir yo con una sabana africana? ¿Es que puedo bañar a los niños y restregarles de modo tan eficiente o rápido como el baño que restriega automáticamente? Es imposible. Y no sólo me pasa a mí. También a ti. Últimamente has estado terriblemente nervioso.

—Supongo que porque he fumado en exceso.

—Tienes aspecto de que tampoco tú sabes qué hacer contigo mismo en esta casa. Fumas un poco más por la mañana y bebes un poco más por la tarde y necesitas unos cuantos sedantes más por la noche. También estás empezando a sentirte innecesario.

—¿Y no lo soy? —hizo una pausa y trató de notar lo que de verdad sentía interiormente.

—¡Oh, George! —Lydia lanzo una mirada más allá de él, a la puerta del cuarto de jugar de los niños—. Esos leones no pueden salir de ahí, ¿verdad que no pueden?

Él miró la puerta y vio que temblaba como si algo hubiera saltado contra ella por el otro lado.

—Claro que no —dijo.


2

Cenaron solos porque Wendy y Peter estaban en un carnaval plástico en el otro extremo de la ciudad y habían televisado a casa para decir que se iban a retrasar, que empezaran a cenar. Con que George Hadley se sentó abstraído viendo que la mesa del comedor producía platos calientes de comida desde su interior mecánico.

—Nos olvidamos del ketchup —dijo.

—Lo siento —dijo un vocecita del interior de la mesa, y apareció el ketchup.

En cuanto a la habitación, pensó George Hadley, a sus hijos no les haría ningún daño que estuviera cerrada con llave durante un tiempo. Un exceso de algo a nadie le sienta nunca bien. Y quedaba claro que los chicos habían pasado un tiempo excesivo en África. Aquel sol. Todavía lo notaba en el cuello como una garra caliente. Y los leones. Y el olor a sangre. Era notable el modo en que aquella habitación captaba las emanaciones telepáticas de las mentes de los niños y creaba una vida que colmaba todos sus deseos. Los niños pensaban en leones, y aparecían leones. Los niños pensaban en cebras, y aparecían cebras. Sol... sol. Jirafas... jirafas. Muerte y muerte.

Aquello no se iba. Masticó sin saborearla la carne que les había preparado la mesa. La idea de la muerte. Eran terriblemente jóvenes, Wendy y Peter, para tener ideas sobre la muerte. No, la verdad, nunca se era demasiado joven. Uno le deseaba la muerte a otros seres mucho antes de saber lo que era la muerte. Cuando tenías dos años y andabas disparando a la gente con pistolas de juguete.

Pero aquello: la extensa y ardiente sabana africana, la espantosa muerte en las fauces de un león... Y repetido una y otra vez.

—¿Adónde vas?

No respondió a Lydia. Preocupado, dejó que las luces se fueran encendiendo delante de él y apagando a sus espaldas según caminaba hasta la puerta del cuarto de jugar de los niños. Pegó la oreja y escuchó. A lo lejos rugió un león.

Hizo girar la llave y abrió la puerta. Justo antes de entrar, oyó un chillido lejano. Y luego otro rugido de los leones, que se apagó rápidamente.

Entró en África. Cuántas veces había abierto aquella puerta durante el último año encontrándose en el País de las Maravillas, con Alicia y la Tortuga Artificial, o con Aladino y su lámpara maravillosa, o con Jack Cabeza de Calabaza del País de Oz, o el doctor Doolittle, o con la vaca saltando una luna de aspecto muy real —todas las deliciosas manifestaciones de un mundo simulado—. Había visto muy a menudo a Pegasos volando por el cielo del techo, o cataratas de fuegos artificiales auténticos, u oído voces de ángeles cantar. Pero ahora, aquella ardiente África, aquel horno con la muerte en su calor.

Puede que Lydia tuviera razón. A lo mejor necesitaban unas pequeñas vacaciones, alejarse de la fantasía que se había vuelto excesivamente real para unos niños de diez años. Estaba muy bien ejercitar la propia mente con la gimnasia de la fantasía, pero cuando la activa mente de un niño establecía un modelo... Ahora le parecía que, a lo lejos, durante el mes anterior, había oído rugidos de leones y sentido su fuerte olor, que llegaba incluso hasta la puerta de su estudio. Pero, al estar ocupado, no había prestado atención.

George Hadley se mantenía quieto y solo en el mar de hierba africano. Los leones alzaron la vista de su alimento, observándole. El único defecto de la ilusión era la puerta abierta por la que podía ver a su mujer, al fondo, pasado el vestíbulo, a oscuras, como cuadro enmarcado, cenando distraídamente.

—Largo —les dijo a los leones.

No se fueron.

Conocía exactamente el funcionamiento de la habitación. Emitías tus pensamientos. Y aparecía lo que pensabas.

—Que aparezcan Aladino y su lámpara maravillosa —dijo chasqueando los dedos.

La sabana siguió allí; los leones siguieron allí.

—¡Venga, habitación! ¡Que aparezca Aladino! —repitió.

No pasó nada. Los leones refunfuñaron dentro de sus pieles recocidas.

—¡Aladino!

Volvió al comedor.

—Esa estúpida habitación está averiada —dijo—. No quiere funcionar.

—O...

—¿O qué?

—O no puede funcionar —dijo Lydia—, porque los niños han pensado en África y leones y muerte tantos días que la habitación es víctima de la rutina.

—Podría ser.

—O que Peter la haya conectado para que siga siempre así.

—¿Conectado?

—Puede que haya manipulado la maquinaria, tocado algo.

—Peter no conoce la maquinaria.

—Es un chico listo para sus diez años. Su coeficiente de inteligencia es...

—A pesar de eso...

—Hola, mamá. Hola, papá.

Los niños habían vuelto. Wendy y Peter entraron por la puerta principal, con las mejillas como caramelos de menta y los ojos como brillantes piedras de ágata azul. Sus monos de salto despedían un olor a ozono después de su viaje en helicóptero.

—Llegáis justo a tiempo de cenar —dijeron los padres.

—Nos hemos atiborrado de helado de fresa y de perritos calientes —dijeron los niños, cogidos de la mano—. Pero nos sentaremos un rato y miraremos.

—Sí, vamos a hablar de vuestro cuarto de jugar —dijo George Hadley.

Ambos hermanos parpadearon y luego se miraron uno al otro.

—¿El cuarto de jugar?

—De lo de África y de todo lo demás —dijo el padre con una falsa jovialidad.

—No te entiendo —dijo Peter.

—Vuestra madre y yo hemos estado viajando por África; Tomáswift y su león eléctrico — explicó George Hadley.

—En el cuarto no hay nada de África —dijo sencillamente Peter.

—Oh, vamos, Peter. Lo sabemos perfectamente.

—No me acuerdo de nada de África —le comentó Peter a Wendy—. ¿Y tú?

—No.

—Id corriendo a ver y volved a contárnoslo.

La niña obedeció.

—Wendy, ¡vuelve aquí! —dijo George Hadley, pero la niña ya se había ido. Las luces de la casa la siguieron como una bandada de luciérnagas. Demasiado tarde, George Hadley se dio cuenta de que había olvidado cerrar con llave la puerta después de su última inspección.

—Wendy mirará y vendrá a contárnoslo —dijo Peter.

—Ella no me tiene que contar nada. Yo mismo lo he visto.

—Estoy seguro de que te has equivocado, padre.

—No me he equivocado, Peter. Vamos

Pero Wendy volvía ya.

—No es África —dijo sin aliento.

—Ya lo veremos —comentó George Hadley, y todos cruzaron el vestíbulo juntos y abrieron la puerta de la habitación.

Había un bosque verde, un río encantador, una montaña púrpura, cantos de voces agudas, y Rima acechando entre los árboles. Mariposas de muchos colores volaban, igual que ramos de flores animados, en trono a su largo pelo. La sabana africana había desaparecido. Los leones habían desaparecido. Ahora sólo estaba Rima, entonando una canción tan hermosa que llenaba los ojos de lágrimas.

George Hadley contempló la escena que había cambiado.

—Id a la cama —les dijo a los niños.

Éstos abrieron la boca.

—Ya me habéis oído —dijo su padre.

Salieron a la toma de aire, donde un viento los empujó como a hojas secas hasta sus dormitorios.

George Hadley anduvo por el sonoro claro y agarró algo que yacía en un rincón cerca de donde habían estado los leones. Volvió caminando lentamente hasta su mujer.

—¿Qué es eso? —preguntó ella.

—Una vieja cartera mía —dijo él.

Se la enseñó. Olía a hierba caliente y a león. Había gotas de saliva en ella: la habían mordido, y tenía manchas de sangre en los dos lados.

Cerró la puerta de la habitación y echó la llave.

En plena noche todavía seguía despierto, y se dio cuenta de que su mujer lo estaba también.

—¿Crees que Wendy la habrá cambiado? —preguntó ella, por fin, en la habitación a oscuras.

—Naturalmente.

—¿Ha cambiado la sabana africana en un bosque y ha puesto a Rima allí en lugar de los leones?

—Sí.

—¿Por qué?

—No lo sé. Pero seguirá cerrada con llave hasta que lo averigüe.

—¿Cómo ha llegado allí tu cartera?

—Yo no sé nada —dijo él—, a no ser que estoy empezando a lamentar que hayamos comprado esa habitación para los niños. Si los niños son neuróticos, una habitación como ésa...

—Se suponía que les iba a ayudar a librarse de sus neurosis de un modo sano.

—Es lo que me estoy empezando a preguntar —George Hadley clavó la vista en el techo.

—Les hemos dado a los niños todo lo que quieren. Y ésta es nuestra recompensa... ¡Secretos, desobediencia!

—¿Quién fue el que dijo que los niños son como alfombras a las que hay que sacudir de vez en cuando? Nunca les levantamos la mano. Son insoportables..., admitámoslo. Van y vienen según les apetece; nos tratan como si los hijos fuéramos nosotros. Están echados a perder y nosotros estamos echados a perder también.

—Llevan comportándose de un modo raro desde que hace unos meses les prohibiste ir a  Nueva York en cohete.

—No son lo suficientemente mayores para ir solos. Se lo expliqué.

—Da igual. Me he fijado que desde entonces se han mostrado claramente fríos con nosotros.

—Creo que deberíamos hacer que mañana viniera David McClean para que le echara un ojo a África.

Unos momentos después, oyeron los gritos.

Dos gritos. Dos personas que gritaban en el piso de abajo. Y luego, rugidos de leones.

—Wendy y Peter no están en sus dormitorios —dijo su mujer.

Siguió tumbado en la cama con el corazón latiéndole con fuerza.

—No —dijo él—. Han entrado en el cuarto de jugar.

—Esos gritos... suenan a conocidos.

—¿De verdad?

—Sí, muchísimo.

Y aunque sus camas se esforzaron a fondo, los dos adultos no consiguieron sumirse en el sueño durante otra hora más. Un olor a felino llenaba el aire nocturno.


3

—¿Padre? —dijo Peter.

—¿Qué?

Peter se observó los zapatos. Ya no miraba nunca a su padre, ni a su madre.

—Vas a cerrar con llave la habitación para siempre, ¿verdad?

—Eso depende.

—¿De qué? —soltó Peter.

—De ti y de tu hermana. De que mezcléis África con otras cosas... Con Suecia, tal vez, o Dinamarca o China...

—Yo creía que teníamos libertad para jugar a lo que quisiéramos.

—La tenéis, con unos límites razonables.

—¿Qué pasa de malo con África, padre?

—Vaya, de modo que ahora admites que has estado haciendo que aparezca África, ¿es así?

—No quiero que el cuarto de jugar esté cerrado con llave —dijo fríamente Peter—. Nunca.

—En realidad estamos pensando en pasar un mes fuera de casa. Libres de esta especie de existencia despreocupada.

—¡Eso sería espantoso! ¿Tendría que atarme los cordones de los zapatos yo en lugar de dejar que me los ate el atador? ¿Y lavarme los dientes y peinarme y bañarme?

—Sería divertido un pequeño cambio, ¿no crees?

—No, sería horripilante. No me gustó que quitaras el pintador de cuadros el mes pasado.

—Es porque quería que aprendieras a pintar por ti mismo, hijo.

—Yo no quiero hacer nada excepto mirar y oír y oler. ¿Qué otra cosa se puede hacer?

—Muy bien, vete a jugar a África.

—¿Cerrarás la casa pronto?

—Lo estamos pensando.

—Creo que será mejor que no lo penséis más, padre.

—¡No voy a consentir que me amenace mi propio hijo!

—Muy bien —y Peter penetró en el cuarto de jugar.


4

—¿Llego a tiempo? —dijo David McClean.

—¿Quieres desayunar? —preguntó George Hadley.

—Gracias, tomaré algo. ¿Cuál es el problema?

—David, tú eres psicólogo.

—Eso espero.

—Bien, pues entonces échale una mirada al cuarto de jugar de nuestros hijos. Ya lo viste hace un año cuando viniste por aquí. ¿Entonces no notaste nada especial en esa habitación?

—No podría decir que lo notara: la violencia habitual, cierta tendencia hacia una ligera paranoia acá y allá, lo normal en niños que se sienten perseguidos constantemente por sus padres; pero, bueno, de hecho nada.

Cruzaron el vestíbulo.

—Cerré la habitación con llave —explico el padre—, y los niños entraron en ella por la noche. Dejé que estuvieran dentro para que pudieran formar los modelos y así tú los pudieras ver.

De la habitación salían gritos terribles.

—Ahí lo tienes —dijo George Hadley—. Veamos lo que consigues.

Entraron sin llamar.

—Salid afuera un momento, chicos —dijo George Hadley—. No, no cambiéis la combinación mental. Dejad las paredes como están.

Con los niños fuera, los dos hombres se quedaron quietos examinando a los leones agrupados a lo lejos que comían con deleite lo que habían cazado.

—Me gustaría saber de qué se trata —dijo George Hadley—. A veces casi lo consigo ver. ¿Crees que si trajese unos prismáticos potentes y...?

David McClean se rió.

—Difícilmente —se volvió para examinar las cuatro paredes—. ¿Cuánto hace que pasa esto?

—Algo más de un mes.

—La verdad es que no me causa ninguna buena impresión.

—Yo quiero hechos, no impresiones.

—Mira, George querido, un psicólogo nunca ve un hecho en toda su vida. Sólo presta atención a las impresiones, a cosas vagas. Esto no me causa buena impresión, te lo repito. Confía en mis corazonadas y mi intuición. Me huelo las cosas malas. Y ésta es muy mala. Mi consejo es que desmontes esta maldita cosa y lleves a tus hijos a que me vean todos los días para someterlos a tratamiento durante un año entero.

—¿Es tan mala?

—Me temo que sí. Uno de los usos originales de estas habitaciones era que pudiéramos estudiar los modelos que dejaba la mente del niño en las paredes, y de ese modo estudiarlos con toda comodidad y ayudar al niño. En este caso, sin embargo, la habitación se ha convertido en un canal hacia... ideas destructivas, en lugar de una liberación de ellas.

—¿Ya has notado esto con anterioridad?

—Lo único que he notado es que has echado a perder a tus hijos más que la mayoría. Y ahora los has degradado de algún modo. ¿De qué modo?

—No les dejé que fueran a Nueva York.

—¿Y qué más?

—He quitado algunos de los aparatos de la casa y les amenacé, hace un mes, con cerrar el cuarto de jugar como no hicieran los deberes del colegio. Lo tuve cerrado unos cuantos días para que aprendieran.

—Vaya, vaya.

—¿Significa algo eso?

—Todo. Donde antes tenían a un Papá Noel, ahora tienen a un ogro. Los niños prefieren a Papá Noel. Dejaste que esta casa os reemplazara a ti y a tu mujer en el afecto de vuestros hijos. Esta habitación es su madre y su padre, y es mucho más importante en sus vidas que sus padres auténticos. Y ahora vas y la quieres cerrar. No me extraña que aquí haya odio. Se nota que brota del cielo. Se nota en ese sol. George, tienes que cambiar de vida. Lo mismo que otros muchos, la has construido en torno a las comodidades. Mañana te morirías de hambre si en la cocina funcionara algo mal. Deberías saber cascar un huevo. Sin embargo, desconéctalo todo. Empieza de nuevo. Llevará tiempo. Pero conseguiremos obtener unos niños buenos a partir de los malos dentro de un año, espera y verás.

—Pero ¿no será un choque excesivo para los niños cerrar la habitación bruscamente, para siempre?

—Lo que yo no quiero es que profundicen más en esto, eso es todo.

Los leones estaban terminando su festín rojo.

Los leones se mantenían al borde del claro observando a los dos hombres.

—Ahora estoy sintiendo que me persiguen —dijo McClean—. Salgamos de aquí. Nunca me gustaron estas malditas habitaciones. Me ponen nervioso.

—Los leones no son reales, ¿verdad? —dijo George Hadley—. Supongo que no habrá ningún modo de...

—¿De qué?

—... ¡De que se vuelvan reales!

—No, que yo sepa.

—¿Algún fallo en la maquinaria, una avería o algo?

—No.

Se dirigieron a la puerta.

—No creo que a la habitación le guste que la desconecten —dijo el padre.

—A nadie le gusta morir... Ni siquiera a una habitación.

—Me pregunto si me odia por querer desconectarla.

—La paranoia abunda por aquí hoy —dijo David McClean—. Puedes utilizar esto como pista. Mira —se agachó y recogió un pañuelo de cuello ensangrentado—. ¿Es tuyo?

—No —la cara de George Hadley estaba rígida—. Pertenece a Lydia.

Fueron juntos a la caja de fusibles y quitaron el que desconectaba el cuarto de jugar.

Los dos niños estaban histéricos. Gritaban y pataleaban y tiraban cosas. Aullaban y sollozaban y soltaban tacos y daban saltos por encima de los muebles.

—¡No le puedes hacer eso al cuarto de jugar, no puedes!

—Vamos a ver, chicos.

Los niños se arrojaron en un sofá, llorando.

—George —dijo Lydia Hadley—, vuelve a conectarla, sólo unos momentos. No puedes ser tan brusco.

—No.

—No seas tan cruel.

—Lydia, está desconectada y seguirá desconectada. Y toda la maldita casa morirá dentro de poco. Cuanto más veo el lío que nos ha originado, más enfermo me pone. Llevamos contemplándonos nuestros ombligos electrónicos, mecánicos, demasiado tiempo. ¡Dios santo, cuánto necesitamos una ráfaga de aire puro!

Y se puso a recorrer la casa desconectando los relojes parlantes, los fogones, la calefacción, los limpiazapatos, los restregadores de cuerpo y las fregonas y los masajeadores y todos los demás aparatos a los que pudo echar mano.

La casa estaba llena de cuerpos muertos, o eso parecía. Daba la sensación de un cementerio mecánico. Tan silenciosa. Ninguna de la oculta energía de los aparatos zumbaba a la espera de funcionar cuando apretaran un botón.

—¡No les dejes hacerlo! —gritó Peter al techo, como si hablara con la casa, con el cuarto de jugar—. No dejes que mi padre lo mate todo —se volvió hacia su padre—. ¡Te odio!

—Los insultos no te van a servir de nada.

—¡Quisiera que estuvieses muerto!

—Ya lo estamos, desde hace mucho. Ahora vamos a empezar a vivir de verdad. En lugar de que nos manejen y nos den masajes, vamos a vivir.

Wendy todavía seguía llorando y Peter se unió a ella.

—Sólo un momento, sólo un momento, sólo otro momento en el cuarto de jugar —gritaban.

—Oh, George —dijo la mujer—. No les hará daño.

—Muy bien... muy bien, siempre que se callen. Un minuto, tenedlo en cuenta, y luego desconectada para siempre.

—Papá, papá, papá —dijeron alegres los chicos, sonriendo con la cara llena de lágrimas.

—Y luego nos iremos de vacaciones. David McClean volverá dentro de media hora para ayudarnos a recoger las cosas y llevarnos al aeropuerto. Me voy a vestir. Conecta la habitación durante un minuto. Lydia, sólo un minuto, tenlo en cuenta.

Y los tres se pusieron a parlotear mientras él dejaba que el tubo de aire le aspirara al piso de arriba y empezaba a vestirse por sí mismo. Un minuto después, apareció Lydia.

—Me sentiré muy contenta cuando nos vayamos —dijo suspirando.

—¿Los has dejado en el cuarto?

—También yo me quería vestir. Oh, esa espantosa África. ¿Qué le pueden encontrar?

—Bueno, dentro de cinco minutos o así estaremos camino de Iowa. Señor, ¿cómo se nos ocurrió tener esta casa? ¿Qué nos impulsó a comprar una pesadilla?

—El orgullo, el dinero, la estupidez.

—Creo que será mejor que baje antes de que esos chicos vuelvan a entusiasmarse con esas malditas fieras.

Precisamente entonces oyeron que llamaban los niños.

—Papá, mamá, venid enseguida... ¡enseguida!

Bajaron al otro piso por el tubo de aire y atravesaron corriendo el vestíbulo. Los niños no estaban a la vista.

—¿Wendy? ¡Peter!

Corrieron al cuarto de jugar. En la sabana africana no había nadie a no ser los leones, que los miraban.

—¿Peter, Wendy?

La puerta se cerro dando un portazo.

—¡Wendy, Peter!

George Hadley y su mujer dieron la vuelta y corrieron a la puerta.

—¡Abrid esta puerta! —gritó George Hadley, tratando de hacer girar el picaporte—. ¡Han cerrado por fuera! ¡Peter! —golpeó la puerta—. ¡Abrid!

Oyó la voz de Peter fuera, pegada a la puerta.

—No les dejéis desconectar la habitación y la casa —estaba diciendo.

George Hadley y su mujer daban golpes en la puerta.

—No seáis absurdos, chicos. Es hora de irse. El señor McClean llegará en un momento y...

Y entonces oyeron los sonidos.

Los leones los rodeaban por tres lados. Avanzaban por la hierba amarilla de la sabana, olisqueando y rugiendo.

Los leones.

George Hadley miró a su mujer y los dos se dieron la vuelta y volvieron a mirar a las fieras que avanzaban lentamente, encogiéndose, con el rabo tieso.

George Hadley y su mujer gritaron.

Y de repente se dieron cuenta del motivo por el que aquellos gritos anteriores les habían sonado tan conocidos.


5

—Muy bien, aquí estoy —dijo David McClean a la puerta del cuarto de jugar—. Oh, hola —miró fijamente a los niños, que estaban sentados en el centro del claro merendando. Más allá de ellos estaban la charca y la sabana amarilla; por encima había un sol abrasador. Empezó a sudar—. ¿Dónde están vuestros padres?

Los niños alzaron la vista y sonrieron.

—Oh, estarán aquí enseguida.

—Bien, porque nos tenemos que ir —a lo lejos, McClean distinguió a los leones peleándose. Luego vio cómo se tranquilizaban y se ponían a comer en silencio, a la sombra de los árboles.

Lo observó con la mano encima de los ojos entrecerrados.

Ahora los leones habían terminado de comer. Se acercaron a la charca para beber.

Una sombra parpadeó por encima de la ardiente cara de McClean. Parpadearon muchas sombras. Los buitres bajaban del cielo abrasador.

—¿Una taza de té? —preguntó Wendy en medio del silencio



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domingo, 18 de marzo de 2012

La piel del tambor

Hace un par de semanas he quedado fascinado con las expresiones artísticas españolas. Terminé de leer «La piel del Tambor» de Arturo Pérez-Reverte y luego me fui al cine a ver la última pela de Almodóvar: «La piel que habito». En esta ocasión hablaré de la novela de Reverte y, quizá posteriormente, del filme de Almodóvar.


La novela inicia con la infiltración de un pirata informático, a quien bautizan con el alias de Vísperas, en el sistema del Vaticano con la única finalidad de dejar un mensaje en el ordenador personal del Santo Papa: «En la ciudad de Sevilla hay una iglesia Barroca que mata para defenderse». Al investigar rápidamente, los hombres del vaticano encuentran noticias acerca de dos misteriosas muertes en una iglesia sevillana llamada Nuestra señora de las lágrimas, enviando al agente del Instituto de operaciones exteriores de la Santa Sede (IOE), Lorenzo Quart, el protagonista de Reverte en esta aventura literaria donde nos encontraremos con una hermosa Sevilla como tabla de escenario, una pandilla de villanos de lo más tiernos y gilipollas, infidelidades, nostalgias y un detective, un soldado de cruzada que se cobija bajo la negra sotana. 

Además de estos ingredientes, Pérez-Reverte nos envuelve con la psiquis de sus personajes, sobretodo con la de Lorenzo Quart: sus problemas existenciales, el cuestionamiento de la fe católica y el celibato. Incluso, una de las atracciones del relato, tiene que ver con una leyenda de corsarios que se parece mucho a Penélope, del gran Joan Manuel Serrat. Estoy seguro que les gustará. 

A pesar de ser este mi primer libro de Pérez-Reverte, el autor ya figura entre mis favoritos. Es una de esas lecturas que bloquean totalmente al lector de la realidad dejando fuera al menor indicio de tedio o aburrimiento.




Post Scriptum: La obra de Reverte ttiene una inspiración en la pantalla chica titulada Quart: el hombre de Roma, que cuenta con las aventuras de Lorenzo Quart y Macarena Bruner (una de las personajes más importantes de la novela) tres años después de lo ocurrido en el libro. Aunque aún no lo he visto, he recibido buenas críticas sobre la serie.



viernes, 2 de marzo de 2012

Moulin Rouge

Dirigida por Baz Luhrmann, Moulin Rouge (Molino Rojo) es un musical, una película estrenada en el 2001 e interpretada por Nicole Kidman y un magnífico Ewan Mcgregor. El título del filme hace referencia al popular y turístico cabaret francés del mismo nombre, presagiándonos desde un inicio advirtiéndonos, mejor dicho cuál podría ser el ritmo en el que se desenvolverá la historia, que está inspirada en la obra de Alejandro Dumas hijo, La Dama de las Camelias (de la que ya me pronunciaré en otra ocasión), aunque, claro, con marcadas diferencias en la forma (inspirada en..., no basada en...)

La película gira en torno al trágico amor entre un joven y romántico escritor llamado Christian (Mcgregor), y la estrella del cabaret, Satine (Kidman). En una primera instancia, ella lo confundirá con el duque al que debe enamorar a fin de hacerse con sus riquezas, financiar una obra teatral y poder salvar así al Molino Rojo que está en punto de quiebra, quedando ambos, en ese encuentro, totalmente enamorados: él de su belleza y ella de su arte, de su pasión y de su voz. Lamentablemente, la hermosa atmósfera se disolverá ante el desengaño y la cruda verdad: de que ella es una mujer que se mueve por y para el interés económico, además de ser pública, y de que él, a pesar de su inmenso amor que brilla como el oro, carece de todos los medios económicos para abrirse paso en una sociedad material. Sin embargo, y a pesar de los inconvenientes descritos, ellos empiezan una relación amorosa secreta siguiendo ambos con sus vidas, sin alterarlas. Él sería el escritor del guión de la obra teatral y ella la estrella de la obra, al tiempo que debía seguir alimentando las expectativas del verdadero duque a quien ella se promete al finalizar la obra.

En el transcurso de la película encontramos todos los sentimientos propios de esta clase de amores: celos, arrepentimientos, desconsuelo, sacrificio e impotencia. Llegado al clímax de la historia, Satine se ve obligada a decidir entre su prometedor futuro al lado del duque o su amor por Christian, escuchando finalmente al llamado de su corazón, lamentablemente tarde, puesto que una terrible enfermedad de la época (tuberculosis) se la lleva.


Lamentablemente, la película no da la talla para ser considerada como buena; padece de sobreactuaciones además de ofrecer imágenes excesivamente pintorescas, con una mezcla de colores chillones y exagerados. Lo rescatable y -hasta cierto grado- digno de algunos aplausos, es la revalorización del género musical, aunque sus canciones sean adaptaciones de temas pop de artistas como Madonna, Elton John, entre otros. En ese aspecto se hace notable el aporte de Ewan Mcgregor, que sin ser cantante, hace gala de una hermosa voz, roseando de ternura la cinta. Total, como ya advertí, la película no llega a ser buena, pero a mí me gusta por un tema meramente subjetivo.



Acá un video con la versión de Ewan Mcgregor de Your song:







(La traducción de la canción pueden disfrutarla en esta dirección: http://www.youtube.com/watch?v=lqO6nFId0R8 )

viernes, 24 de febrero de 2012

El libro de los hechizos

Uno de mis últimos juguetes favoritos es un teléfono móvil que, además de las operaciones básicas e indispensables tales como realizar llamadas, escribir mensajes cortos y poseer una flexibidad en videojuegos pequeños, brinda servicio de ebook. Es un accesorio bastante útil ya que uno puede descargar libros gratis desde la internet, así como encontrar títulos que quizá no se hallan en nuestras tiendas de libros favoritas; además y todavía, a la hora de viajar, apretados y aplastados en los vehículos públicos, el ebook se convierte en un compañero divertido y leal. En fin. Este juguete nuevo fue antes de mi papá, y lo usó, obviamente, antes que yo; al empezar a manosearlo encontré una novela titulada El libro de los hechizos, de Katherine Howe, y de él es de quien vengo a hablarles hoy.

La trama del libro aspira a ser histórica, pero considero que no llega al término, sólo se queda en ligeramente entretenida. Su protagonista -y quizá alter ego de la misma autora- es Connie, una estudiante de post grado especializada en la historia colonial de los EE.UU. Habiendo superado con éxito su examen de grados, se dispone a dedicarse a lleno en su tesis, de la cual ni siquiera ha escogido el tema. Sin embargo sus estudios se verían aparentemente interrumpidos ya que su madre le pide el favor de habitar por un tiempo la casa de su abuela a fin de revitalizarla y dejarla habitable para posteriormente ponerla en venta. Es en esta vieja casa donde Connie se encuentra con una Biblia, una misteriosa llave y un nombre: Deliverance Dane.

Tras investigar un poco, Connie descubriría que el misterioso nombre habría pertenecido a una acusada de brujería durante los juicios de Salem, interesándose en el tema a tal punto de dedicarle su tema de tesis.



La narrativa es ligera y entretenida, utilizando la escritora algunas técnicas literarias como la de la doble historia, y es que el libro nos cuenta dosrelatos: la de Connie y la de Deliverance Dane, transportándonos en este último a la Salem de 1692. Además de ello, un jale del que goza la novela, es que la misma autora es descendiente directa de dos de las brujas acusadas: Elisabeth Howe (quien fue ahorcada) y Elisabeth Proctor (que sobrevivió). Lamentablemente, fuera de esto, el libro no goza de más nada. El final y no sólo el final, sino cada una de las etapas de la trama, es fácilmente previsible, además de volverse tedioso y difícil de terminar; imagino que no debemos ser muy duros con ella, ya que, creo, es su primera novela (publicada en el 2010), además de ser considerablemente joven para el mundo literario, dejando grandes posibilidades de mejoras en el futuro, por lo que, si bien no recomiendo del todo leer el libro, sí aconsejo no perder de vista a esta joven escritora.

miércoles, 15 de febrero de 2012

El arte de la primera cita

Bueno bueno. Ya que el ambiente aún está bajo el encanto de San Valentín, pienso compartir con ustedes uno de los secretos más preciados que tengo. Un manuscrito, una carta que en el año 2006, cuando yo tenía 18 años y era totalmente un fracaso con las mujeres, mi buen amigo, el Vizconde de Montecristo, tuvo la gentileza de escribir a fin de ser guía y técnico en mi primera cita. En esta oportunidad les copio la carta íntegra con la intención de pasar este conocimiento ancestral, esta disciplina del buen galán adolescente, a aquel jovencito torpe que lo necesite (y que lo utilice siempre para bien). En caso de que, por el contrario, el lector sea ya un hombre, maduro y experimentado, podría bien añadir algunos tips ya que esta materia no está, para nada, cerrada. En fin, yo me despido con una cita del buen Sigmund Freud: «Las mujeres son un continente inexplorado».



















El Arte de la Primera Cita





Introducción y (obviamente advertencia): Este no es un tratado sobre el amor, tal como lo fueron «El Banquete» de Platón o «El Arte de Amar» de Ovidio, el autor no aspira, de ninguna manera a convertirse en un universal sobre el tema, sino es una guía pequeña y práctica para estos tiempos difíciles donde «las mujeres se han convertido en más exigentes debido a la exigencia de los mismos hombres», citando de memoria (y por ello puedo confundir las palabras, pero no el sentido) los inteligentes argumentos de Daniel Bristow – Bovey.


Viviendo una época donde el perreo y los pantalones desteñidos están de moda ha sido necesario actualizarse para no quedar relegados en el tiempo a manera de los clásicos antes mencionados.




* Sobre la ropa y la manera de vestirse:


Antes que nada es necesario tomar un baño de agua fría, el agua caliente podría alterar el comportamiento en el momento justo de ver la película, más aún cuando es romántica; se debe escoger un polo de preferencia aunque una camisa de franela puede cumplir el mismo rol, por el contrario el Jean es insustituible. Es necesario acudir a la cita sin muchos convencionalismos, así la chica sentirá que antes de preocuparse por ella uno siempre piensa, antes que nada, en primera persona y notará de la misma manera que si bien uno está enamorado no dará ni dejará la vida por ella. Los caracteres originales son los que más las atraen. Llevar siempre zapatillas y olvidar los zapatos marrones. Por último, echarse agua de colonia o perfume en cantidad mínima alrededor del cuello y del pecho, la fragancia subliminal dará al portador una imagen arcana y elegante.




* Sobre el encuentro y la primera vista del día:


Si ella espera, descender con elegancia del transporte (no importe que el conductor y/o el cobrador del vehículo rían). Por el contrario, si uno es el que espera, acercarse con paso lento hacia ella y dedicarle una sonrisa galante enseñando solo los dientes superiores. No demostrar, sin embargo, toda la emoción que uno siente en ese instante sino que desde ahí es el momento de regularlo e ir sacándolo poco a poco para llegar al momento máximo a la hora de la película. Se recomienda una charla improvisada y desenfadada, (recordemos que lo que no es trascendental, para ellas sí lo es), en cambio si uno por nerviosismo o incapacidad no es capaz de una conversación de ese tipo, recurrir a la antigua fórmula que nos recomienda el Nóbel Bernard Shaw: hablar del tiempo (en especial si llueve).




Nota: Lehman recordó esto antes de tapar los penales a Argentina, tenía el papel en su calcetín.




* Sobre el cine y la comida:


En estos tiempos las mujeres quieren dar una imagen de independencia, todas llevan bajo consigna dicho pensamiento, (aunque aún no se extinguen las mujeres machistas), en todo caso se recomienda dividir los gastos entre dos personas si la niña pertenece al primer ejemplo; en cambio, si pertenece al segundo caso, no molestarse; o mejor, sí molestarse pero aparentarlo, el sexto sentido de las mujeres lo descubrirá y ya no pedirá más cosas como pop corn o gaseosa; y pagar con resignación la cuenta íntegra.




* Sobre la película y la sala oscura:


Tener en cuenta que uno va sólo al cine, no por ver la película, sino para parecer sensible a los ojos de la elegida, con esta lógica dejar que ella escoja el filme no sin antes hacer sugerencias tímidas sobre las películas románticas.
El salón oscuro es la oportunidad única para trazar el golpe final, mientras ella, descuidada observa las imágenes, no abrazarla si ella no lo pide (sea verbalmente o con la mirada) sino pensará que eres un depravado que quiere aprovecharse de ella; al acabar el filme comentar sólo el fin que necesariamente tendrá que ser visto. Jamás comparar a la actriz principal con la elegida, más bien resaltar la belleza local.




Frases que se pueden decir a continuación:



  1. Una película emocionante, no por la “peli” en sí, sino por la oportunidad que he tenido de verla contigo.
  2. Debo ser sincero contigo, no vi la película, porque en realidad pensaba en ti y pienso en ti todo el tiempo.
  3. Mi vida es una película, donde yo no soy el protagonista, porque mi vida eres tú.



(Todas son cursis, pero eso les gusta).




Luego de esto, formular la pregunta del millón y si es aceptada besar a la afortunada con delicadeza y aparentando que es la primera vez que besas (de preferencia rozar los dientes levemente).


Si se es choteado, salvar la amistad, para eso leer el manual de los choteados escrito por el conocedor de estos asuntos: Jaime Luis.




Escrito por David García por pedido expreso de Guillermo López el 23/07/06.




Para finalizar el post, terminamos con este doodle de Google por el día de San Valentín:




jueves, 9 de febrero de 2012

Cancerberos de los tres palos

Como pocos sabrán, este blogger, además de leer y escribir mucho, además de ser un novio apasionado, y además -y todavía- de encontrar en el ajedrez un juego interesante y divertido, es, también, guardameta de fútbol. Pero no hablemos de mí, sólo me presentaba para que sepan que algo sé sobre este poco apreciado puesto deportivo. Empecemos con un video titulado: «Los porteros están locos».









Y es que es cierto, hay que tener algo mal en la cabeza para querer ser uno. Cuando uno es niño y se reúne con sus amiguitos de escuela para jugar a la pelota, nadie quiere ser portero. Los equipos se reúnen, juegan al yan ken po o al fu man chu, y el que pierde tendrá que hacerla de arquero; pero éste, si es mosca, rápidamente apelará: «Pero rotamos, si me meten gol tapa otro», y si le hacen gol, el arquero que sigue podrá acusarlo de haberse dejado anotar el gol, Así que sigue tapando. Yo también he vivido esto, sin embargo yo nací diferente, yo quise ser arquero por convicción y por vocación, y uno de los primeros regalos deportivos que me hizo mi madre fue comprarme mis guantes de arquero. No hay que mentir diciendo que esta elección me facilitó las cosas en el deporte rey; todos me querían en sus equipos, más allá de si fuera bueno o malo, me querían sólo para no tener que tapar. Ya con el tiempo, con mucho esfuerzo, con entrenamiento, con derrotas y muchos goles en contra, me volví más o menos bueno y así, respetado, y con ello, iba rescatando de a pocos el honor caído de esta posición. Y es que no todos nacen con vocación de goleadores, algunos nacemos para volar. Y para aquellos que, como yo, disfrutamos de esta posición, dejo este artículo muy bueno dedicado a los porteros, a los tapa-balas, a los número 1, a los cancerberos de los tres palos. 








La psicología del arquero





«Te largan a la cancha sin preguntarte si querés entrar, y como si fuera poco, ¡já! DE GOLERO, toda una vida tapando agujeros y si de una de esas salís bueno, se tiran al suelo y te cobran, te cobran penal.»
-Jaime Ross, "El payaso Pierrot"*


«Los errrores del arquitecto se tapan con columnas, los del cocinero con salsas, los del médico con tierra y los del arquero con insultos.»
-Anónimo*




¡Qué lugar el del arquero, mamita! De la anécdota del gordito dueño de la pelota que lo mandan al arco (casi de lástima), pasando por cierto lugar común en el fútbol "y... es arquero", "es el puesto más bobo", etc., para llegar al "te pago el día del arquero", un día que se presume inexistente, y que deja huérfanos a los de esta extraña condición. El arquero titular de River, el pibe Carrizo, de futuro europeo, acaba de responder un reportaje de la revista “EL GRAFICO” y lo describe muy bien “Estamos etiquetados como locos o boludos y de los dos me quedo con los primeros”.










No hay nada peor para un arquero que ir a buscar la pelota dentro de su arco.
Depende mucho cómo fue el gol, quién lo hizo, si tuvo alguna responsabilidad o no, pero en ese instante señalado, la autoestima disminuye considerablemente. Ésto se emparenta, a mi entender, con una herida narcisista difícil de cicatrizar. Un buen arquero siempre tiene que pensar que podría haber sacado la pelota, así como hay arqueros que están en un equipo que pierde por 6 goles y no tuvieron que ver en ninguno. Por eso, hay técnicas para que el arquero vuelva a concentrarse rápido en el juego y deje la auto-crítica para la ducha o la almohada pre-sueño.




Revisemos los lugares que se le otorga al arquero. Sólo Fillol re-valorizó el puesto al decir «que es la columa vertebral del equipo», o Carrizo al decir que con su estilo, de imponer su técnica y de ser jugador de campo, «quité el comentario de que al más gilún lo mandaban al arco», o Chilavert al ganar Vélez partidos, no sólo por sus atajadas, sino por sus goles.




Veamos:



  • Se viste distinto.
  • Puede usar gorra.
  • Tradicionalmente usa el Nº 1.
  • El único que puede usar las manos en un deporte que se juega enteramente con los pies.
  • El único que puede atajar penales.
  • Piensa distinto.
  • Puede prevenir goles merced a su visión privilegiada y su voz de mando.
  • El único que, en general, festeja los goles solo.
  • El puesto más difícil para ser suplente: el jugador de campo de una forma o de otra, si es bueno encuentra una ubicación aunque no sea la que está más acostumbrado.

¿Puede un arquero tener miedo?

Me viene a la memoria Albano Bizzarri y su paso frustrado por la titularidad del Real Madrid. La Psicóloga argentina especializada en deportes, Beatriz Miñarro, quien vive la mayor parte del tiempo en España, nos dice, «no era el mejor momento para que debutara. El equipo venía muy mal en todas sus líneas y terminó siendo "chivo expiatorio" del grupo y alegremente burlado y peyorativizado en conferencia de prensa por su propio entrenador. Así era imposible rendir bien.»



ES EL MÁS EXPUESTO


«Salen de la trinchera, con esa valentía casi absurda que tienen los arqueros»
-Víctor Hugo Morales, extraído del relato de un partido*


Como se dijo en el otro libro, todo futbolista debe tener alta tolerancia a la frustración y reacción frente a la adversidad. El arquero más. ¿Por qué? Porque es el puesto más difícil que más tarde madura del deporte donde llegan sólo los elegidos.


«No la vi», dijo, con absoluta sinceridad, el arquero argentino Vargas de la Universidad de Chile, luego de que Aimar incrustara su tiro libre en el ángulo superior derecho (el 01.03.00). Lo que tendría que haber dicho también, es que sus compañeros no lo entendieron o no le dieron «pelota» cuando a los gritos él pedía más gente en la barrera que finalmente se conformó con 3 (sí, tres) hombres (igual casi a un suicidio), y una absoluta falta de prevención, estando enfrente Aimar, eximio pateador.

«El guardametas es un jugador aparte en el fútbol porque está autorizado a tocar la pelota con las manos» (Reglamento de Fútbol). Es llamativo y notorio como cada arquero (en los últimos tiempos) festeja efusivamente el gol de su equipo, en un idilio con el público y las cámaras.


¿Qué arquero no trasgrede y se adelanta en un penal?



EL ARQUERO COMO INICIADOR DEL ATAQUE O DEL CONTRA-ATAQUE



Esta faceta, en muchas oportunidades, no es valorada ni por los medios especializados, ni por el entrenador, ni por los compañeros y aún, en muchos casos, por el propio arquero. Se supone (y está bien que sea así) que la función verdadera del arquero es atajar los goles, evitarlos, defender la valla. Pero no es la única. En este sentido, puede ser además el primer delantero o asistente si tiene buena pegada (o rapidez de manos) y sobre todo si es rápido para pensar, leer la jugada y actuar en consecuencia. La estructura cognitiva del arquero que facilite un pensamiento veloz y se acompañe de una ejecución veloz, tiene mucha importancia como generadora de jugadas de ataque. Porque si el equipo, y en particular la defensa, lo acompañan, y el cumple una buena tarea, la misión cumplida es el cero en el propio arco y no perder… pero para ganar hay que atacar y hacer algún golcito en el arco de enfrente… y para eso hace falta decisión. ¿Qué delantero, aun marcado, no va a correr una asistencia veloz que pique en campo contrario, y que porta olor a gol ya que el equipo adversario quedó muy mal parado? Conjunción de lo técnico (aprisionar la pelota y tener buena pegada) y lo psicológico (decisión en ejecución, rapidez, concentración y confianza).



AMADEO CARRIZO


Estas son algunas enseñanzas que nos deja sobre el puesto Amadeo en su libro:


  • «Conocer exactamente las dimensiones del campo, de las áreas y del arco, ayudará a tomar decisiones correctas.»
  • «El arquero moderno tiene una participación determinante en las acciones ofensivas del equipo.»
  • «Con esto les cuento que es el jugador que tiene mayor cantidad de funciones dentro del equipo.»
  • «Para poder desempeñar con eficiencia estas tareas, tendrá que prepararse física y psíquicamente de una manera distinta al resto de los jugadores.»
  • «El puesto lo hace vivir en soledad.»
  • «Las virtudes psicológicas son: pensamiento analítico, atención, fuerza de voluntad y el porcentaje de confianza es indispensable.»
  • «Cuando superamos el miedo al vuelo y a la caída, aprendemos a orientarnos en vuelos, giros y saltos.»
  • «No gritaba nunca desde el arco, hablaba poco con mis defensores, lo suficiente.»
  • «Hay que arriesgar el físico y atajar con todo el cuerpo.»
  • «En los corners mi consigna era estar dispuesto para salir con seguridad y con la convicción de retener la pelota. La decisión en el arco, juega un factor fundamental.»
  • «En el penal, cuando desconoces absolutamente al adversario, es todo azar. La mayor responsabilidad la tiene el shoteador, por eso se erran tantos. El lugar más difícil de atajar es rasante, fuerte y a un rincón.»
  • «Siempre se recuerdan más los goles que te hicieron que los remates que atajaste. El puesto de arquero es ingrato por excelencia.»
  • «Dos consejos: a) Vivir el partido intensamente. De esta forma se evitará verse sorprendido. b) Pude salvar pelotas de gol porque jamás confié en el defensor infalible.»


Las enormes enseñanzas de Amadeo escritas por el periodista Alfredo Di Salvo, y sintetizadas muy sucintamente, en función de lo desarrollado en el capítulo (respecto del perfil psicológico del arquero), las corono con una frase de Fernando Niembro, quien describe con precisión, «Amadeo logró convertirse en el primer conductor desde el arco, con sus salidas oportunas y sus saques perfectos. Cuando lo veo a Chilavert lo imagino a Carrizo, tal vez con otro rasgo de personalidad, pero con la misma eficacia.»



EL NIVEL INTELECTUAL DE LOS ARQUEROS


A los arqueros les pasan las mismas cosas que al resto de los futbolistas aunque se vistan diferente y jueguen con otras partes del cuerpo. Sin embargo, considero que el nivel intelectual de la mayoría de ellos, supera la media de los futbolistas. Basta ver la madurez de respuesta que tienen en los reportajes, cómo ven el fútbol, cómo piensan. Recuerdo a Sodero diciendo que escribía poesía y a Seré (ex-arquero uruguayo) con un libro en la mano, en un afiche por la educación. Bonano, Córdoba, Mondragón, Burgos, Cavallero son sólo algunos ejemplos que confirman mi hipótesis .


Tomando una carretera lateral por unos instantes en un reportaje realizado por Rodolfo Cedeira, de la revista «El Gráfico», Bonano se confiesa, «Luego de dormir poco esa noche, le dije a mi señora: "Prepará todo que hoy mismo nos volvemos a Rosario. No aguanto más esta situación. Iré a trabajar de cualquier cosa, pero la vida es una y hay que tratar de ser feliz y ahora no lo soy…" (era suplente de Burgos). Mi mujer me tranquilizó y me respondió que esta era una oportunidad única, y que la debíamos aprovechar porque tenía las condiciones para ser el arquero titular de River. Y realmente fue así. Sólo con el apoyo de ella llegué hasta aquí: titular y campeón con River, también tengo un lugar en la Selección Nacional y hoy María Robertina con sus tres años es el fruto de nuestro amor. ¿Cómo no voy a amar tanto a mi señora?»



Si bien nos desviamos un poquito del eje que quería señalar, el nivel intelectual puede llevar a pensar las cosas (mucho) para querer ser feliz, o bien razonar ante la firmeza y contención afectiva del familiar e intentar superar obstáculos.


En el libro «Zubizarreta: el número uno, José María Forte y Jorge Fernández nos dicen que a Andoní «le gusta analizar, reflexionar, meditar, discutir, sobre todo lo que ve, lee y oye […] no es sólo un portero de prestigio, sino una de las cabezas pensantes del fútbol español». Y agregan, «Zubi es un gran aficionado a la ópera y a la lectura. su actriz preferida es Katherin Hepburn y, de los actores, Gary Cooper.» Rememorando partidos, recuerda su primer gol en Primera, «Del partido tengo imágenes muy confusas. Me acuerdo, eso sí, del primer gol que encajé en la liga. Hugo Sánchez lanzó un corner, yo salí por la pelota, pero no llegué, y Ruiz, desde atrás, hizo el gol. Perdimos 2-0. El segundo lo marcó Marcos. La verdad es que jugué mal, muy nervioso, precipitado…». Gran capacidad de autocrítica. Pequeño gran secreto para madurar y crecer. Los autores señalan, «esta humildad, su afición, sus cualidades, su capacidad para razonar es lo que le ha llevado a lo más alto.» Vale recordar que en el Mundial del '90, el mítico Dino Zoff se declaraba ferviente admirador del juego de Zubizarreta, hasta el punto de considerarlo como el mejor portero del Mundial.





Como el referí, el arquero suele ser bueno cuando pasa inadvertido, cuando hace fácil lo difícil, cuando simplifica. Se repara en él cuando se equivoca y su error no es solamente suyo: «TODOS LOS DEMÁS PAGAN POR ÉL Y ÉL PAGA POR TODOS. HAY UNA VERDAD ESPANTOSA: los goles se los hacen al equipo, pero el vencido es el arquero» (Juan Sasturain).




[...]





Como se observa, entre las virtudes se destaca la Personalidad (o sus equivalentes «Temperamento» y «Carácter») y la precisión que tiene Chilavert al patear el balón, cuestión que no es fundamental para el puesto. Resulta curioso que algo que sí hace a la esencia del puesto (volar o tirarse) sea considerado un defecto en este encumbrado arquero. Se podría argumentar, como sugiere una de las virtudes mencionadas, que no necesita volar porque sabe pararse bien. El hecho de señalar su personalidad como virtud encuentra su contracara en que, justamente por su carácter, este jugador sea considerado como «agrandado» o que «habla mucho». Es importante que los jugadores puedan desidealizar a los supuestos ídolos y se den cuenta de que ellos también tienen defectos, cometen errores y que después de todo también son humanos.



Algunas consideraciones finales:

Como podrá observarse son muchos los elementos que se deslizan de esta investigación. Lo que básicamente vamos a puntualizar respecto del perfil psicológico del arquero, a partir de las opiniones vertidas por los jugadores, tiene que ver con que:

  • El arquero no puede cometer errores. Un error en este puesto es igual a una gran pérdida, debido, entre otras cosas, a su gran exposición. El hecho de ser humano pasa a un segundo plano.
  • El arquero siente, a raíz de todo esto, un alto nivel de autoexigencia y de auto-presión, aún cuando cuente con el apoyo de los compañeros y del entrenador. Es casi imposible que luego de un gol no lo asalte el pensamiento negativo «lo podría haber evitado» y su consecuente sentimiento de culpa.
  • Existen condiciones psicológicas necesarias para responder al puesto que se desatacan claramente a lo largo de esta investigación. Se destacan: la personalidad, la responsabilidad, la fortaleza anímica, la «garra», la viveza, la concentración permanente, el apoyo a los compañeros.
  • El arquero se sabe parte del equipo y perteneciente al mismo, pero son muchos los momentos de soledad que siente tanto en el entrenamiento como en la competencia.
  • Se resalta la importancia del trabajo con especialistas, tanto con ex arqueros, que puedan transmitir los «secretos» del puesto, como con psicólogos deportólogos para potenciar la condiciones necesarias para rendir en tan difícil puesto.
  • ¿Cuantas veces los gerentes, supervisores o Ceo¨s se sienten como el arquero , que sufre todo el partido, pero en los penales no tiene nada que perder? ¿Cuantas veces se generan equivocaciones en pelotas fáciles y se sacan «problemas» imposibles que se colaban del ángulo?


Lic. Marcelo Roffé






 Espero que la nota les haya gustado. Ya para finalizar, dejo un par de datos a guisa de post scriptum.



  1. La segunda imagen, en blanco y negro, es del legendario portero Zamora. Esa jugada es denominada «la zamorana», en honor a su inventor. Es cuando el arquero se zambulle hacia el delantero con el fin de puñetear el balón a fin de evitar un chute que seguramente terminaría en gol.
  2. Hablando de la locura de los arqueros, hay un portero francés, que milita en el Saint Etienne, llamado Jeremie Janot, quien se hizo famoso por jugar vestido como el hombre araña. Total, el arquero tiene la facultad de elegir su uniforme. Les dejo un video sobre este egocéntrico tapa-balas:





Pero ahora mírenlo tapar: 





domingo, 5 de febrero de 2012

La fiesta del Chivo

Antes de escribir la presente reseña (por supuesto, después de leer la novela) me puse a investigar un poco en aquella fuente inagotable de cultura y saber: la wikipedia, para poder determinar qué tanto había de cierto en la espeluznante historia que Mario Vargas Llosa nos relata en su libro. Lamentablemente, la mayoría de los datos son ciertos. Nuevamente, la realidad superó a la ficción. 

Hablar de Vargas Llosa, para los que gustamos de la Literatura, es elevar el deleite a un nuevo nivel. Como explicaba alguna vez: uno dice que un libro es bueno cuando la historia que relata es interesante y cuando la narración de la misma (la manera en cómo se cuenta la historia) es elegante y gustosa. Sin embargo, una buena trama y una excelente redacción no lo son todo en la Literatura, y eso lo podemos apreciar al leer alguna vez al Premio Nobel peruano.

Siempre que hablo del Nobel, nunca sé si «premio» lo debo escribir con letra inicial mayúscula y si es que debo o no tildar la «O». 

Vargas Llosa y sus técnicas literarias: sus monólogos interiores, sus exquisitos flashback, su dato escondido, sus juegos temporales, los recuerdos y los sueños de sus personajes, y, en fin, toda esa amalgama de talentos que pone a disposición de sus novelas -en este caso, una inspirada en la triste realidad de la República Dominicana, allá durante la dictadura trujillista- enriquecen a tal punto su obra que, por más larga que sea (mi edición Alfaguara es de 518 páginas), el cansancio jamás se hace presente, mientras que una extraña adicción hacia la lectura toma su lugar.


«Rafael Leónidas Trujillo Molina (24 de octubre de 1891 - 30 de mayo de 1961) fue un militar y político dominicano. Dictador del país como generalísimo del ejército, gobernó desde 1930 hasta su asesinato en 1961.1 Ejerció la presidencia de la República Dominicana entre los periodos 1930-1938 y 1942-1952 y gobernó de forma indirecta durante los periodos 1938-1942 y 1952-1961, valiéndose de presidentes títeres.
Conocido como "El Jefe", su tiranía2 históricamente conocida como la Era de Trujillo es considerada una de las más sangrientas del siglo XX.3 Estuvo caracterizada por el anticomunismo, la represión de toda oposición y por el culto a la personalidad. Sus defensores destacan como aspectos positivos del régimen la restauración del orden público y el progreso económico del país.

«Trujillo decidió el genocidio de miles de haitianos que vivían en la zona fronteriza y luego acordó con el presidente haitiano Sténio Vincent indemnizarlo por cada haitiano asesinado. Más de 30.000 personas perdieron la vida y otros tantos se exiliaron durante su gestión, en la que fueron asesinadas las hermanas Mirabal.

«Trujillo prestó especial atención a mejorar las Fuerzas Armadas. El personal militar recibió generosa paga y beneficios bajo su gobierno y amplió sus filas, así como los inventarios de equipo. Trujillo mantuvo el control sobre el cuerpo de oficiales a través del miedo, el clientelismo y la frecuente rotación de tareas, que inhibió el desarrollo de sus seguidores personales.

«El establecimiento del monopolio del Estado sobre todas las empresas importantes en el país trajo riquezas a través de la manipulación de los precios y malversación de fondos de Trujillo.

«Durante 31 años, todos los estamentos del Estado funcionaban sin ninguna "violación". Toda tortura o condena era borrada, negada. Una muerte era encubierta en un accidente o sus supuestos autores encarcelados.»




La historia -como ya es costumbre en Vargas Llosa- viene narrada desde tres perspectivas. La primera, desde los recuerdos que invaden a Urania Cabral a su regreso a Santo Domingo, después de haber jurado no volver a pisar esa maldita ciudad. La segunda perspectiva nos muestra el último día de vida de Leónidas Trujillo, sumergiéndonos en sus costumbres, su actividad diaria y sus pensamientos. La tercera y la que más me impactó es algo ya más compleja. Ahí se nos relata los instantes previos al asesinato de Trujillo, ahí el tiempo se dilata y las horas abarcan más de sesenta minutos, mientras que un grupo de conspiradores (los personajes secundarios que enriquecen tanto el drama hasta conseguir que viviésemos, emocionadamente, a través de ellos lo que ocurre), con diferentes ideologías pero con algo en común: la tragedia en la que sus vidas se convirtieron a la sombra de Trujillo; recuerdan cómo eran antes de la dictadura y cómo han llegado a parar ahí, dentro de ese auto, armados, ansiosos, esperando a por el momento de poner fin a la vida del Chivo, y a la dictadura con ella. 


La fiesta del Chivo, así como muchas otras novelas de Vargas Llosa, es un tesoro más de la literatura universal, un clásico moderno (para que después no se diga que uno lee más a los muertos que a los vivos).




Como casi siempre, hay una película detrás de cada buen libro. Este no es la excepción: