lunes, 23 de septiembre de 2013

Mensajes subliminales

Esto comenzó cuando yo tenía apenas unos quince años de edad.

Asistía por ese entonces a una iglesia evangélica cuyo nombre reservaré a fin de no proporcionarle una propaganda inmerecidamente. Las personas que han asistido a una de estas iglesias como que pueden recrear en su mente el panorama, para los que no, del mismo modo, creo que no es muy difícil imaginar una reunión de personas cuyo único propósito es estudiar los misterios bíblicos y compartir el mensaje de salvación. Yo asistía a las charlas de la Red de Adolescentes, en un inicio por petición expresa de mi madre, ya luego por iniciativa propia ya que nuestro líder espiritual, el Hermano David, era un sujeto bastante divertido y amable, siempre tenía las palabras  y metáforas adecuadas para poder enseñarnos las lecciones cristianas. 

Fue en esos salones donde escuché por primera vez mencionarse el tema: los mensajes subliminales. ¿Qué eran, dónde estaban? Estos eran mensajes indirectos transmitidos en masa a través de videos, a través de alguna imagen, o por medio de la música. Este mensaje va directo al subconsciente, quedándose grabado en lo más íntimo y profundo de nuestro ser. A continuación, la palabra de la omnisciente Wikipedia:

«Un mensaje subliminal es un mensaje o señal diseñada para pasar por debajo (sub) de los límites (liminal) normales de percepción. Puede ser por ejemplo un mensaje en una canción, inaudible para la mente consciente pero audible para la mente inconsciente o profunda; puede ser también una imagen transmitida de un modo tan breve (como la décima parte de un segundo) que pase desapercibida por la mente consciente pero, aun así, percibida inconscientemente; o sea, que una persona puede no percibir el mensaje en forma consciente, pero su subconsciente sí. Los mensajes subliminales pueden ser desde simples propagandas para inducir a consumir un producto, hasta mensajes que pueden cambiar la actitud de una persona. Cabe destacar que un consenso casi total entre psicólogos e investigadores llegó a la conclusión de que los mensajes subliminales no producen un efecto poderoso ni duradero en el comportamiento a no ser que estos estén presentes en la vida de las personas de forma excesiva.»

En una primera sesión se nos habló acerca de los mensajes subliminales a través de la música; éstos podían encontrarse en los principales temas de algunos cantantes de moda -de aquel entonces-, dígase la ahora señora Shakira, el señor Chayanne, entre otros; así como también a través de algunos openings de nuestros programas favoritos; Pokémon, para dar un ejemplo. Según el hermano David, si lo escuchábamos al revés podríamos darnos cuenta de un mensaje diabólico en las letras; es más, hasta una base bíblica tenía todo esto pues Lucifer era -según el mito cristiano-, antes de ser desterrado, el encargado de dirigir la adoración a Dios Todopoderoso allá en el Cielo (por lo que ahora, en la Tierra, utiliza sus artes para manipularnos a través de su música). Pero véanlo y escúchenlo ustedes mismos:












A esa edad somos impresionados fácilmente. Es más, me pareció una jugada bastante interesante: predicar indirectamente no hablando de Dios, sino de su Némesis. Algo muy parecido a lo que se hacía en la Edad Media: transmitir cierto miedo hacia el infierno y, por ende, acercar así a los fieles al camino de la fe. ¿Mas esto era posible? ¿Impregnar una idea, un mensaje luciferino en las adolescentes mentes a través de canciones que, escuchadas de atrás a adelante -como los cangrejos- nos predican el satanismo?

Con la intriga encima, mi hermano (que por aquel entonces habrá tenido unos once años) y yo, decidimos verificar la información. Descargando un programa de internet que permitía invertir el sonido de cualquier audio nos dimos cuenta de que estaban en lo cierto... bueno, a medias. Y nuestro descubrimiento fue algo parecido al del científico del siguiente video (algo muy cómico):




Desde luego, no hay ningún mensaje subliminal en la música (al menos en el aspecto analizado) de Chayanne o de Shakira. Lo que se crea es una suerte de ilusión auditiva; en otros términos: si quieres escuchar mensajes extraños, los vas a hallar, pero no es un plan determinado, no es una composición preestablecida para robarte tu alma sino tu propia asociación de sonidos desordenados. Además y todavía, tu mente no puede decodificar este mensaje. En tal sentido, si se desea lograr este efecto, debe hacerse a través de la melodía o con un mensaje directo.

Todo esto ocurrió en el año dos mil tres (dos años después del atentado del once de septiembre). Habíamos dejado el temor a Chayanne y a Chuckyra, y en nuestra rebeldía adolescente desmentimos objetivamente al hermano David con nuestros descubrimientos. Sin embargo algo llamó nuestra atención: al ahondar sobre el tema de la manipulación mental a través de la música vimos, en repetidas ocasiones estas etiquetas: Illuminati, conspiración, Operación MK Ultra, etc.


Esta historia continuará...

sábado, 29 de junio de 2013

El Yugi proveerá


«Éramos muy pobres y muy felices»
- París era una fiesta; Ernest Hemingway*


Llovía y mucho en la ciudad de Lima. Parecía que Dios se había propuesto lanzar otro diluvio universal. Claro, eso puede decir un limeño que está acostumbrado a leves garúas. Yo soy un limeño, y dadas las circunstancias, y el frío que hacía, me pareció un diluvio, además de universal.

Mi situación económica era tan fría como ese invierno, que, como aquella cancioncita de Los Prisioneros, yo recordaba haber dicho que sería menos frío que el anterior, y ahí estaba yo, caminando bajo la lluvia, congelándome, tanto corporal como económicamente hablando. Recordé el invierno anterior: por esas fechas, redujeron mis días de trabajo y, con ende, mi sueldo mensual en el colegio donde dictaba clases de Literatura. Mi mantra, que durante mi tiempo de gloria dineraria había sido: «Lo mejor para mi chica», tristemente se había convertido en: «Dios proveerá». Este invierno era más crudo que el anterior y no me quedaba de otra que acoger aquella exclamación de fe y de última esperanza del año anterior.


Habíamos acordado, mi enamorada y yo, abusar de la hospitalidad de un amigo nuestro que tenía un local de venta de cartas Yu-Gi-Oh!, juego que nos ha brindado más de una sonrisa y más de un amigo. Pensé: «Podremos divertirnos toda la tarde y sin gastar mucho dinero», y entonces ahí iba yo, caminando en el frío, bajo la lluvia, encapuchado, escuchando Oxígeno en mis audífonos y con menos de diez soles en el bolsillo, con un agujero en una de mis zapatillas vagabundas y temiendo contraer una pulmonía y morir en medio del camino, cuando de pronto levanto la mirada y veo a mi linda y pobre novia mojándose, esperándome. Alejandro ha salido y no hay atención en su local. ¡Ay, pobre de mí!

-          ¿Qué hacemos ahora, mi amor, a dónde vamos?
-          No hay de otra, cariño, vámonos a Miraflores en algún arca de Noé o nos ahogaremos en el diluvio.

Llevándonos diferentes cartas Yugi, de todos los arquetipos en mi fólder, para volver a poblar la tierra postdiluvio, nos subimos a un bus con destino a Miraflores. Aquel distrito elegante y algo pituco que muy hospitalariamente nos acogió en mis tiempos de riqueza.

 ¡Qué iluso fui al creer que al bajar del bus la lluvia habría cesado: si el diluvio duró 40 días y 40 noches! Mi pie empezaba a secarse cuando al bajar nuevamente quedó empapado. El plan de supervivencia era encontrar un techo y tomar algo caliente, el parque Kennedy ya no era ningún cobijo. Para ello necesitaba dinero (el cual ya no había mucho en mi bolsillo), y para tener dinero, apremiaba un cajero automático para retirar lo último de mis ahorros. Y buscando un cajero andábamos cuando se me ocurrió: Cariño, vamos un rato a Cantuarias, nos sentamos, jugamos un rato, dejamos el fólder a la vista, vendemos algunas cartas con la ayuda de Dios, y nos vamos a comer luego. La idea fue bien aceptada; hay que decir que mi señorita enamorada tiene una fe inmensa en este pobre muchacho al que ama mucho pero que le resutó medio irresponsable, y hasta irresponsable y medio, pero que la adora un mogollón. Dicho y hecho:  entramos con escasos cinco soles, nos sentamos, dejamos el fólder, como cual anzuelo, sobre la mesa, y nos pusimos a jugar con un techo sobre nosotros. Uno a uno vinieron los peces: ¿Vendes cartas? ¿A cuánto vendes tus Ophions? ¿A cuánto tu Dark Hole? ¿Rescue Rabbit? Hasta que en una de esas vino el cliente: ¿A cuánto vendes tu Emeral? Sesenta y cinco soles, amigo. Y entonces obtuve los primeros billetes del día. Vendí un par de cartas más y entonces, sin hacer mucho, en menos de dos horas, tenía para un lonche y para un par de zapatillas nuevas. Mi única inversión fue haber pagado mi inscripción en un torneo hace unas semanas atrás y, claro está, haber ganado aquel torneo de Yu-Gi-Oh! Pensé entonces que, de una u otra forma, Dios siempre provee, en este caso, el Yugi me aportó, Grapha e Hyperion nos proveyeron, o como diría el encargado de la tienda de Cantuarias: «Es la retribución de las cartas, mi amigo». Es cierto, quizá para mí el Yugi no sea un negocio que mantendrá a mi familia y a mí, pero sí es un pequeño aporte para sus jugadores, y en este caso, una carta, un Emeral, me dio de comer aquella tarde y un par de zapatillas nuevas. 




lunes, 18 de febrero de 2013

Del Yu-Gi-Oh! y otros demonios


I

Creo yo que he tenido una infancia demasiado larga, muchos dicen que soy un niño grande, pero como diría Bryce, es sólo que siempre llego tarde a todas las etapas de mi vida. Por ello, cuando empiezo un relato de la siguiente manera: «Cuando era chico…», el lector podrá pensar que me refiero a los siete u ocho años de edad, sin embargo, para mi propio conteo temporal, esa frase hace referencia a, no sé, unos catorce o quince años de edad. En fin. Aclarado esto, creo que se puede empezar.



Cuando era chico, no recuerdo bien en qué diario (creo que en «El Comercio») se lanzó un juego de cartas coleccionables con cómic incluido: «El capitán Leo». Mi hermano y uno de mis primos coleccionábamos semanalmente las cartas y jugábamos con ellas hasta que un buen día dejaron de salir, asumo que por la poca pegada que tuvo. Sin embargo, con esa interrupción, acogimos otro juego de cartas.



Sucedía que, paralelamente a la compra de nuestras cartas originales de Capitán Leo, Pepe, un vecino y amigo nuestro, compraba unos cartoncitos en el mercado y siempre nos invitaba a jugar con él y «sus cartas de cartoncitos recortables». Mientras duró la colección del capitán Leo ignoramos totalmente a sus cartones, pero una vez cancelado nuestro héroe espacial, no nos quedó de otra que prestarle atención a ese vecino, el buen Pepe y sus extrañas y baratas cartas de Yu-Gi-Oh! (nombre bastante extraño y poco impactante).

Las vendían en el mercado a un sol la plancha y diez centavos cada carta recortada. Salía económico comprar la plancha y luego vender las repetidas; muchos chicos, como yo a mis quince años, íbamos al mercado con dos o tres soles en el bolsillo y una tijera (por si acaso), para comprar cartitas y hacer más fuertes nuestra baraja. Nos enamoramos de ese juego a pesar de no entender del todo las reglas, lo jugábamos aplicando las nociones que el Capitán Leo nos había dejado antes de partir a la eternidad (o al limbo del olvido del que hoy yo lo rescato), hasta que, unos meses más tarde salió el anime en canal 4, dejando un poco más claro el juego (digo «más claro» porque, en ese entonces, valga verdades, incluso en la TV el juego estaba totalmente desordenado, era un caos donde el protagonista, Yugi Motto, inventaba reglas a su favor y ventaja). Vi toda la saga de Yuggi Motto, o, al menos, casi toda. Al inicio las reglas del juego eran confusas y hasta ridículas, pero tanto iba mejorando la serie, el juego hacía lo mismo, hasta que se convirtió en nuestro pasatiempo oficial. Tengo buenos recuerdos de mi tiempo de duelista adolescente.

Así los años pasaron, ingresé a la universidad, me enamoré, me volví a enamorar y, bueno, hace dos años y unos meses conocí a una linda chica con la que mantengo una bonita relación. Con ella, además del amor, comparto muchas aficiones, como la lectura, el amor por los cómics, por los videojuegos, etc. Tiene dos pequeños hermanitos, uno de diez y el otro de siete años, y con el mayorcito mantengo una rivalidad en el Play Station.

Ocurrió que un mal día el Play Station se malogró, y al ver las caritas aburridas de mis pequeños futuros cuñados se me ocurrió revivir mi viejo pasatiempo de adolescencia, así que volví a abrir la maleta donde atesoro todas mis cartitas de cartoncitos Yu-Gi-Oh! El juego les encantó, buscamos las reglas oficiales en internet, encontramos algunas tiendas donde venden cartas originales, me armé un deck Dark World, mi novia se armó un deck Agentes, participamos en algunos torneos y, actualmente, puedo decir que, a mis veinticuatro años, el hobbye de adolescencia se convirtió en una de mis grandes pasiones de juventud.

II
En Lima hay un lugar al que mi novia llama Frikylandia u Otaku City, ese lugar es el Centro Comercial Arenales. Cuando iniciamos nuestra relación, ese fue uno de los primeros y más bonitos lugares al que ella me llevó. Ahora trabajo relativamente cerca a ese antro de divertida perdición, y cada vez que tengo tiempo me doy una vuelta para ver los juguetes coleccionables que se exhiben ahí. En fin. Paseando un día por sus pasillos descubrí que las cartas de mi adolescencia seguían en actividad y producción, y no sólo eso: habían dos sagas más con distintos protagonistas.

El juego había evolucionado demasiado: habían cartas de monstruos de color blanco y otras de color negro, además que los efectos eran totalmente «infinitos» (término que, usado por los jugadores de Yu-Gi-Oh!, hace referencia a algo grandioso, enorme y/o difícil de calcular). Yo soy un hombre que ama su rutina y me molestan un poco los cambios, creo que en ese aspecto nunca terminaré de madurar, así que, al ver esos cambios en mi «juego de toda la vida», no pude evitar desmotivarme, no así mi novia, que se emocionó hasta el punto de pedirle al muchacho de la tienda el fólder de cartas para poder leerlas a discreción  . Ese día ella se compraría un par de cartas, y una me la dio a mí: Marionette Mime. Actualmente poseo muchas cartas originales, muchas de ellas en rarezas muy bonitas, sin embargo, la emoción que sentí al tener en mis manos una carta, de las que jugaba a los quince años, pero en original, mi primera carta original, con el holograma de autenticidad, fue incomparable.



Comenzamos a averiguar más sobre el juego: buscamos las reglas oficiales en internet, buscamos videos de gente jugando al Yu-Gi-Oh!, foros y hasta direcciones de tiendas donde se vendían las cartas y se auspiciaban torneos oficiales. Así descubrimos las dos sucursales de Shadow Duel y Battle City. Yo tenía aún mi deck de cartoncitos, al que había sumado una que otra carta original que me parecía poderosa y útil, y fuimos, armados con esas cartas, a una tienda en Surco, pero al ver un par de duelos, veloces duelos que no llegaban ni a los cinco minutos, descubrí con pena que mi juego había quedado desfasado, y que existían combos tan brutales que ni el mismo Yugi Motto podría quebrarlos (quizá blasfeme con esa afirmación). En un primer momento eso me desanimó, pero luego, cosa contraria, terminé por engatusarme aún más con el juego. Conseguí trabajo como profesor de Literatura en un colegio cercano a mi casa y, con mi primer sueldo, compré dos estructuras: el Dark World para mí, y el Deck Agente para mi novia.

Una tarde, mientras mantenía un duelo con mi novia en su facultad, una pareja de enamorados se nos acercó, emocionadísimos ellos (más ella que él) al ver que había una pareja más que compartía su gusto por las cartas, y nos invitaron a jugar con ellos. Luego nos invitaron a formar parte de un grupo de jugadores de Yugi sanmarquinos, y así encontramos una nueva tienda secreta llamada Prototype.

(En la foto aparezco yo -de polo negro- recibiendo una medalla por mi segundo lugar en la temporada 2012... Sí, es Mai Valentine xD )


A manera de síntesis: el juego que mi vecino Pepe descubrió, muchos años atrás, aún se mantiene vigente, ha evolucionado, sí, pero es, quizá, aún más divertido que antes. Hemos hecho muchos, pero muchos amigos gracias a este juego, y tantas emociones despierta en mí que hasta le dedico un post y medio.