domingo, 11 de noviembre de 2012

El comisario Maigret

Hay una película entretenida pero no por ello buena con uno de mis actores favoritos: Jim Carrey. Pero no, no es una pela cómica, sino una de suspenso, titulada Número 23. En ella, al menos al principio, se manifiesta uno de mis grandes amores: la lectura. Resulta que el personaje de Jim es un apacible perrero, de esos que trabajan en camionetas y atienden a llamadas que tienen que ver con perros agresivos con el fin de atraparlos. En fin. Después de un mal día, que por cierto, era su cumpleaños, Jim llega tarde a encontrarse con su esposa, quien lo esperaba para ir a su reunión de cumpleaños. En esa espera, la esposa de Jim encuentra una tiendecita de libros antiguos, de esas que te los venden por dos o tres soles (aunque en la película usaban dólares). Ella encuentra un librito rojo, muy peculiar, y empieza a leerlo mientras aguarda por su esposo. Al llegar éste, ella se lo compra por su cumpleaños, y por medio de este libro, Jim ingresa a su propia aventura de obsesión y paranoia que, bueno, ya no viene al caso.







A mí me gustan esa clase de tiendas de libros. Me gustan los libros, las ferias de libros, las tiendas grandes, pero, sobretodo, estas tiendecitas esporádicas. Y esto creo no tiene nada que ver con el aspecto económico. Me inclino hacia esta explicación: ocurre que cuando uno va a una feria de libros, o a una librería de regular reputación (como La Familia, por ejemplo, una de nuestras favoritas), ya se tiene una idea, aunque vaga, de lo que se va a buscar; en cambio, en una tienda pequeña, que generalmente es el garaje de una familia de esposos ya mayores con un evidente gusto hacia la literatura, uno puede encontrar de todo, y siempre hay un título esperando a que algún caminante se deje cautivar por él. Esto me pasó a mí.

Caminaba con mi novia por las afueras de la universidad San Marcos y, sin un mejor itinerario, decidimos entrar a una de las dos tienditas de libros viejos que por ahí se encuentra instalada. Era ya alrededor de las seis de la tarde; la luz del alumbrado público y los fluorescentes de la pequeña casita contrastaba con las páginas amarillas de los libros y encuadernados. Cervantes, Vargas Llosa, Dumas y los demás clásicos aguardaban por un comprador. Volví a encontrar Y de repente, un ángel, un libro que llevo queriéndolo leer durante ya varios años creo que ya van cerca de seis, pero que nunca me animo porque, siempre que lo encuentro, no llevo mucho dinero como para llevármelo (ya que, como no es tan antiguo, aún conserva su precio original). Un libro acerca de Hyperion, un personaje que ignoraba que pertenecía a la literatura, pero que conocimos gracias al Yu-Gi-Oh!, al ser el boss del deck de agentes que usa mi novia. Y en eso ella me toma del brazo y me dice, igual que la esposa de Jim Carrey en Número 23, «Creo que este libro te puede interesar». Igual que en la película, el libro era de pasta roja, y relacioné en ese momento ambos recuerdos.



El libro del comisario Maigret fue escrito por Georges Simenon, y contenía tres historias sobre este veterano policía: A la cita de los Terranovas, Maigret en Nueva York, y Maigret y el cliente del sábado; de los cuales, todos muy buenos, más me gustó el último. Como me dijo mi amada novia, Maigret al menos hasta lo que alcanzó a leer debía entrar en mi colección de novelas policíacas, junto con Sam Spade, Holmes, Poirot y otros que, por cansancio, quizá, ya no llego a recordar. En wikipedia, una cita dice así: «Una característica por las que Maigret resulta tal vez el personaje más encantador de la novela de detectives, es que siendo un sabueso de finísimo olfato policiaco, es a la vez un hombre sobrio y profundamente compasivo. Al punto de que en algunos casos, una vez ha dado con su presa, el comisario decide hacerse el de la vista gorda, por haber entendido de manera íntima las causales del delito que se cometió, el tormento del alma del delincuente y lo inncesesario de la captura para el bien de la sociedad.» a la que yo puedo complementar con otra cita que rescaté de mi lectura: «Porque Maigret, después de más de treinta años de servicio en la policía, durante los cuales había visto todo lo que había que ver sobre las bajezas, las crueldades y las cobardías humanas, todavía era capaz de indignarse ante ciertos actos como si fuera el primer día.»

Recientemente he terminado de leerlo y una vez más puedo decir que mi novia no se equivocó.

miércoles, 6 de junio de 2012

La última noche del mundo

Hoy por la mañana, escuchando la radio, me enteré de la noticia que marcó todo mi día: El gran maestro, revolucionario de la literatura de ciencia ficción, Bradbury Ray, falleció hace apenas unas horas.

A Bradbury Ray se le conoce por títulos como «Crónicas Marcianas» o «El hombre Ilustrado», éste último, un libro de cuentos genial y fantástico, cuyas historias tienen como escenarios a los diferentes planetas del sistema solar, cargadas de crítica social y valiosas enseñanzas morales.

En el presente post presentaré uno de mis cuentos favoritos de Bradbury (ya en otra ocasión colgué otro: http://losdiosesdelrlyeh.blogspot.com/2012/03/la-pradera.html ), perteneciente a «El hombre Ilustrado»: La última noche del mundo. En este relato se presenta un cuadro apocalíptico; la humanidad entera sabe ha amanecido su último día de vida y, lejos de propagarse como un virus el pánico, las personas conservan la calma ante la muerte. El cuento nos presente la última noche de una pareja de esposos y su último diálogo. 

De esta manera, realizo mi pequeño tributo al maestro que se fue.



La última noche del mundo


-¿Qué harías si supieras que ésta es la última noche del mundo?

-¿Qué haría? ¿Lo dices en serio?

-Sí, en serio.

-No sé. No lo he pensado.

El hombre se sirvió un poco más de café. En el fondo del vestíbulo las niñas jugaban sobre la alfombra con unos cubos de madera, bajo la luz de las lámparas verdes. En el aire de la tarde había un suave y limpio olor a café tostado.

-Bueno, será mejor que empieces a pensarlo.

-¡No lo dirás en serio!

El hombre asintió.

-¿Una guerra?

El hombre sacudió la cabeza.

-¿No la bomba atómica, o la bomba de hidrógeno?

-No.

-¿Una guerra bacteriológica?

-Nada de eso -dijo el hombre, revolviendo suavemente el café-. Sólo, digamos, un libro que se cierra.

-Me parece que no entiendo.

-No. Y yo tampoco, realmente. Sólo es un presentimiento. A veces me asusta. A veces no siento ningún miedo, y sólo una cierta paz.-Miró a las niñas y los cabellos amarillos que brillaban a la luz de la lámpara-. No te lo he dicho. Ocurrió por vez primera hace cuatro noches.

-¿Qué?

-Un sueño. Soñé que todo iba a terminar. Me lo decía una voz. Una voz irreconocible, pero una voz de todos modos. Y me decía que todo iba a detenerse en la Tierra. No pensé mucho en ese sueño al día siguiente, pero fui a la oficina y a media tarde sorprendí a Stan Willis mirando por la ventana, y le pregunté: “¿Qué piensas, Stan?”, y él me dijo: “Tuve un sueño anoche”. Antes de que me lo contara yo ya sabía qué sueño era ése. Podía habérselo dicho. Pero dejé que me lo contara.

-¿Era el mismo sueño?

-Idéntico. Le dije a Stan que yo había soñado lo mismo. No pareció sorprenderse. Al contrario, se tranquilizó. Luego nos pusimos a pasear por la oficina, sin darnos cuenta. No concertamos nada. Nos pusimos a caminar, simplemente cada uno por su lado, y en todas partes vimos gentes con los ojos clavados en los escritorios, o que se observaban las manos, o que miraban la calle. Hablé con algunos. Stan hizo lo mismo.

-¿Y todos habían soñado?

-Todos. El mismo sueño, exactamente.

-¿Crees que será cierto?

-Sí, nunca estuve más seguro.

-¿Y para cuándo terminará? El mundo, quiero decir.

-Para nosotros, en cierto momento de la noche. Y a medida que la noche vaya moviéndose alrededor del mundo, llegará el fin. Tardará veinticuatro horas.

Durante unos instantes no tocaron el café. Luego levantaron lentamente las tazas y bebieron mirándose a los ojos.

-¿Merecemos esto? -preguntó la mujer.

-No se trata de merecerlo o no. Es así, simplemente. Tú misma no has tratado de negarlo. ¿Por qué?

-Creo tener una razón.

-¿La que tenían todos en la oficina?

La mujer asintió.

-No quise decirte nada. Fue anoche. Y hoy las vecinas hablaban de eso entre ellas. Todas soñaron lo mismo. Pensé que era sólo una coincidencia. -La mujer levantó de la mesa el diario de la tarde-. Los periódicos no dicen nada.

-Todo el mundo lo sabe. No es necesario. -El hombre se reclinó en su silla mirándola-. ¿Tienes miedo?

-No. Siempre pensé que tendría mucho miedo, pero no.

-¿Dónde está ese instinto de autoconservación del que tanto se habla?

-No lo sé. Nadie se excita demasiado cuando todo es lógico. Y esto es lógico. De acuerdo con nuestras vidas, no podía pasar otra cosa.

-No hemos sido tan malos, ¿no es cierto?

-No, pero tampoco demasiado buenos. Me parece que es eso. No hemos sido casi nada, excepto nosotros mismos, mientras que casi todos los demás han sido muchas cosas, muchas cosas abominables.

En el vestíbulo las niñas se reían.

-Siempre pensé que cuando esto ocurriera la gente se pondría a gritar en las calles.

-Pues no. La gente no grita ante la realidad de las cosas.

-¿Sabes?, te perderé a ti y a las chicas. Nunca me gustó la ciudad, ni mi trabajo, ni nada, excepto vosotros tres. No me faltará nada más. Salvo, quizás, los cambios de tiempo, y un vaso de agua helada cuando hace calor, y el sueño. ¿Cómo podemos estar aquí, sentados, hablando de este modo?

-No se puede hacer otra cosa.

-Claro, eso es; pues si no estaríamos haciéndolo. Me imagino que hoy, por primera vez en la historia del mundo, todos saben qué van a hacer de noche.

-Me pregunto, sin embargo, qué harán los otros, esta tarde, y durante las próximas horas.

-Ir al teatro, escuchar la radio, mirar la televisión, jugar a las cartas, acostar a los niños, acostarse. Como siempre.

-En cierto modo, podemos estar orgullosos de eso…como siempre.

El hombre permaneció inmóvil durante un rato y al fin se sirvió otro café.

-¿Por qué crees que será esta noche?

-Porque sí.

-¿Por qué no alguna otra noche del siglo pasado, o de hace cinco siglos o diez?

-Quizá porque nunca fue 19 de octubre de 2069, y ahora sí. Quizá porque esa fecha significa más que ninguna otra. Quizá porque este año las cosas son como son, en todo el mundo, y por eso es el fin.

-Hay bombarderos que esta noche estarán cumpliendo su vuelo de ida y vuelta a través del océano y que nunca llegarán a tierra.

-Eso también lo explica, en parte.

-Bueno -dijo el hombre incorporándose-, ¿qué hacemos ahora? ¿Lavamos los platos?

Lavaron los platos, y los apilaron con un cuidado especial. A las ocho y media acostaron a las niñas y les dieron el beso de buenas noches y apagaron las luces del cuarto y entornaron la puerta.

-No sé…-dijo el marido al salir del dormitorio, mirando hacia atrás, con la pipa entre los labios.

-¿Qué?

-¿Cerraremos la puerta del todo, o la dejaremos así, entornada, para que entre un poco de luz?

-¿Lo sabrán también las chicas?

-No, naturalmente que no.

El hombre y la mujer se sentaron y leyeron los periódicos y hablaron y escucharon un poco de música, y luego observaron, juntos, las brasas de la chimenea mientras el reloj daba las diez y media y las once y las once y media. Pensaron en las otras gentes del mundo, que también habían pasado la velada cada uno a su modo.

-Bueno -dijo el hombre al fin.

Besó a su mujer durante un rato.

-Nos hemos llevado bien, después de todo -dijo la mujer.

-¿Tienes ganas de llorar? -le preguntó el hombre.

-Creo que no.

Recorrieron la casa y apagaron las luces y entraron en el dormitorio. Se desvistieron en la fresca oscuridad de la noche, y retiraron las colchas.

-Las sábanas son tan limpias y frescas…

-Estoy cansada.

-Todos estamos cansados.

Se metieron en  la cama.

-Un momento -dijo la mujer.

El hombre oyó que su mujer se levantaba y entraba en la cocina. Un momento después estaba de vuelta.

-Me había olvidado de cerrar los grifos.

Había ahí algo tan cómico que el hombre tuvo que reírse.

La mujer también se rió. Sí, lo que había hecho era cómico de veras. Al fin dejaron de reírse, y se tendieron inmóviles en el fresco lecho nocturno, tomados de la mano y con las cabezas muy juntas.

-Buenas noches -dijo el hombre después de un rato.

-Buenas noches -dijo la mujer.

viernes, 11 de mayo de 2012

De la oscuridad (1/6)

En esta entrada -que es la primera de seis- les traigo una serie de cuentos del gran maestro H.P. Lovecraft acerca de uno de los personajes más retorcidos y siniestros de la literatura de terror: Herbert West, el reanimador.

La historia de West, como ya lo anunciamos, está dividida en seis cuentos independientes que vienen a relatarnos la vida científica de este genio diabólico quien está obsesionado con la invención de una solución que pueda reanimar a una persona muerta, y cómo, de una manera maquiavélica, fría y desalmada, superará todos los obstáculos materiales, inmateriales, humanos, etc. que se le interpongan.

Los cuentos son relatados por su más íntimo amigo, compañero de estudios y ferviente asistente, quien nos relata el inicio de su pesadilla que data de dieciséis años atrás. Herbert West está ahora desaparecido y el narrador nos cuenta el por qué teme lo peor.








De la oscuridad
[Cuento número 1 de la serie "Herbert West, reanimador". Texto completo]
H.P. Lovecraft


De Herbert West, amigo mío durante el tiempo de la universidad y posteriormente, no puedo hablar sino con extremo terror. Terror que no se debe totalmente a la forma siniestra en que desapareció recientemente, sino que tuvo origen en la naturaleza entera del trabajo de su vida, y adquirió gravedad por primera vez hará más de diecisiete años, cuando estábamos en tercer año de nuestra carrera, en la Facultad de Medicina de la Universidad Miskatonic de Arkham. Mientras estuvo conmigo, lo prodigioso y diabólico de sus experimentos me tuvieron completamente fascinado, y fui su más intimo compañero. Ahora que ha desaparecido y se ha roto el hechizo, mi miedo es aún mayor. Los recuerdos y las posibilidades son siempre más terribles que la realidad.
El primer incidente horrible durante nuestra amistad supuso la mayor impresión que yo había llevado hasta entonces, y me cuesta tenerlo que repetir. Ocurrió, como digo, cuando estábamos en la Facultad de Medicina, donde West se había hecho ya famoso con sus descabelladas teorías sobre la naturaleza de la muerte y la posibilidad de vencerla artificialmente. Sus opiniones, muy ridiculizadas por el profesorado y los compañeros, giraban en torno a la naturaleza esencialmente mecanicista de la vida, y se referían al modo de poner en funcionamiento la maquinaria orgánica del ser humano mediante una acción química calculada, después de fallar los procesos naturales. Con el fin de experimentar diversas soluciones reanimadoras, había matado y sometido a tratamiento a numerosos conejos, cobayas, gatos, perros y monos, hasta convertirse en la persona más enojosa de la Facultad. Varias veces había logrado obtener signos de vida en animales supuestamente muertos; en muchos casos, signos violentos de vida; pero pronto se dio cuenta de que la perfección, de ser efectivamente posible, comportaría necesariamente toda una vida dedicada a la investigación. Así mismo, vio claramente que, puesto que la misma solución no actuaba del mismo modo en diferentes especies orgánicas, necesitaba disponer de sujetos humanos si quería lograr nuevos y más especializados progresos. Y aquí es donde chocó con las autoridades universitarias y le fue retirado el permiso para efectuar experimentos, nada menos que por el propio decano de la Facultad de Medicina, el sabio y bondadoso doctor Allan Hales, cuya obra en pro de los enfermos es recordada por todos los vecinos antiguos de Arkham.

Yo siempre me había mostrado excepcionalmente tolerante con los trabajos de West, y a menudo hablábamos de sus teorías, cuyas derivaciones y corolarios eran casi infinitos. Sosteniendo con Haeckel que toda vida es un proceso químico y físico, y que la supuesta "alma" es un mito, mi amigo creía que la reanimación artificial de los muertos podía depender sólo del estado de los tejidos; y que, a menos que se hubiese iniciado una verdadera descomposición, todo cadáver totalmente dotado de órganos era susceptible de recibir mediante el adecuado tratamiento, esa condición peculiar que se conoce como vida. West comprendía perfectamente que el más ligero deterioro de las células cerebrales ocasionadas por un período letal incluso fugaz podía dañar la vida intelectual y psíquica.

Al principio, tenía esperanzas de encontrar un reactivo capaz de restituir la vitalidad antes de la verdadera aparición de la muerte, y sólo los repetidos fracasos en animales le habían revelado que eran incompatibles los movimientos vitales naturales y los artificiales. Entonces se procuró ejemplares extremadamente frescos y les inyectó sus soluciones en la sangre, inmediatamente después de la extinción de la vida. Tal circunstancia volvió enormemente escépticos a los profesores, ya que entendieron que en ningún caso se había producido una verdadera muerte. No se pararon a considerar la cuestión detenida y razonablemente.

Poco después de que el profesorado le prohibiese continuar sus trabajos, West me confió su decisión de conseguir ejemplares frescos de una manera o de otra, y de reanudar en secreto los experimentos que no podía realizar abiertamente. Era horrible oírle hablar sobre el medio y manera de conseguirlos; en la Facultad nunca habíamos tenido que ocuparnos nosotros de allegar ejemplares para las prácticas de anatomía. Cada vez que mermaba el depósito, dos negros de la localidad se encargaban de subsanar este déficit sin que se les preguntase jamás su procedencia. West era por entonces joven, delgado y con gafas, de facciones delicadas, pelo amarillo, ojos azul pálido y voz suave; y era extraño oírle explicar cómo la fosa común era relativamente más interesante que el cementerio perteneciente a la Iglesia de Cristo dado que casi todos los cuerpos de la Iglesia de Cristo estaban embalsamados, lo cual, evidentemente, hacía imposibles las investigaciones de West.

Por entonces era yo su ferviente y cautivado auxiliar, y lo ayudé en todas sus decisiones; no sólo en las que se referían a la fuente de abastecimiento de cadáveres, sino también en las concernientes al lugar adecuado para nuestro repugnante trabajo. Fui yo quien pensó en la granja deshabitada de Chapman, al otro lado de Meadow Hill; allí habilitamos una habitación de la planta baja para sala de operaciones y otra para laboratorio, dotándolas de gruesas cortinas a fin de ocultar nuestras actividades nocturnas. El lugar estaba retirado de la carretera, y no había casas a la vista; de todos modos, había que extremar las precauciones, ya que el más leve rumor sobre extrañas luces que cualquier caminante nocturno hiciese correr podía resultar catastrófico para nuestra empresa. Si llegaban a descubrirnos, acordamos decir que se trataba de un laboratorio químico.

Poco a poco equipamos nuestra siniestra guarida científica con materiales comprados en Boston o sacados a escondidas de la facultad -materiales cuidadosamente camuflados, a fin de hacerlos irreconocibles, salvo para ojos expertos- , y nos proveímos de palas y picos para los numerosos enterramientos que tendríamos que efectuar en el sótano. En la facultad había un incinerador, pero un aparato de ese género era demasiado costoso para un laboratorio clandestino como el nuestro. Los cuerpos eran siempre un engorro... incluso los minúsculos cadáveres de cobaya de los experimentos secretos que West realizaba en su habitación de la pensión donde vivía.

Seguíamos las noticias necrológicas locales como vampiros, ya que nuestros ejemplares requerían condiciones determinadas. Lo que queríamos eran cadáveres enterrados poco después de morir y sin preservación artificial alguna; preferiblemente, exentos de malformaciones morbosas y, desde luego, con todos los órganos. Nuestras mayores esperanzas estaban en las víctimas de accidentes. Durante varias semanas no tuvimos noticias de ningún caso apropiado, aunque hablábamos con las autoridades del depósito y del hospital, fingiendo representar los intereses de la facultad, si bien con no demasiada frecuencia en todos los casos, de manera que quizá necesitáramos quedarnos en Arkham durante las vacaciones, en que sólo se impartían las limitadas clases de los cursos de verano. Al final nos sonrió la suerte, pues un día nos enteramos de que iban a enterrar en la fosa común un caso casi ideal: un obrero joven y fornido que se había ahogado el día anterior en Summer's Pond, al que habían enterrado sin dilaciones ni embalsamamientos, por cuenta de la ciudad. Esa tarde localizamos la nueva sepultura y decidimos empezar a trabajar poco después de la medianoche.

Fue una labor repugnante la que acometimos en la oscuridad de las primeras horas de la madrugada, aún cuando en aquella época no teníamos ese horror especial a los cementerios que nuestras experiencias posteriores nos despertó. Llevamos palas y lámparas de petróleo porque, si bien ya había linternas eléctricas entonces, no eran tan satisfactorias como esos aparatos de tungsteno de hoy día. El trabajo de exhumación fue lento y sórdido -podía haber sido horriblemente poético, si en vez de científicos hubiéramos sido artistas- y sentimos alivio cuando nuestras palas chocaron con madera. Una vez que la caja de pino quedó enteramente al descubierto, bajó West, quitó la tapa, sacó el contenido y lo dejó apoyado. Me incliné, lo agarré, y entre los dos lo sacamos de la fosa; a continuación trabajamos denodadamente para dejar el lugar como antes. La empresa nos había puesto algo nerviosos; sobre todo, el cuerpo tieso y la cara inexpresiva de nuestro primer trofeo; pero nos las arreglamos para borrar todas las huellas de nuestra visita. Cuando quedó aplanada la ultima paletada de tierra, metimos el ejemplar en un saco de lienzo y emprendimos el regreso hacia la granja del viejo Chapman, al otro lado de Meadow Hill.

En una improvisada mesa de disección instalada en la vieja granja, a la luz de una potente lámpara de acetileno, el ejemplar no ofrecía un aspecto demasiado espectral. Había sido un joven robusto y poco imaginativo, al parecer un tipo saludable y plebeyo -constitución ancha, ojos grises y cabello castaño-, un animal sano, sin complejidades sicológicas, y probablemente con unos procesos vitales de lo más simple y sanos. Ahora bien, con los ojos cerrados parecía más dormido que muerto; sin embargo, la prueba experta de mi amigo disipó en seguida toda duda al respecto. Al fin teníamos lo que West siempre había deseado: un muerto verdaderamente ideal, apto para la solución que habíamos preparado con minuciosos cálculos y teorías, a fin de utilizar en el organismo humano. Nuestra tensión era enorme. Sabíamos que las posibilidades de lograr un éxito completo eran remotas, y no podíamos reprimir un miedo horrible a las grotescas consecuencias de una posible animación parcial. Nos sentíamos especialmente aprensivos en lo que se refiera a la mente y a los impulsos de la criatura, ya que podía haber sufrido un deterioro en las delicadas células cerebrales con posterioridad a la muerte. Por lo que a mí respecta, aún conservaba una curiosa noción tradicional del "alma" humana, y sentía cierto temor ante los secretos que podía revelar alguien que regresaba del reino de los muertos. Me preguntaba qué visiones podía haber presenciado este plácido joven, si volvía plenamente a la vida. Pero mi expectación no era excesiva, ya que compartía casi en su mayor parte el materialismo de mi amigo. Él se mostró más tranquilo que yo al inyectar una buena dosis de su fluido en una vena del brazo del cadáver, y vendar inmediatamente el pinchazo.

La espera fue espantosa, pero West no perdió el aplomo en ningún momento. De cuando en cuando aplicaba su estetoscopio al ejemplar y soportaba filosóficamente los resultados negativos. Al cabo de unos tres cuartos de hora, viendo que no se producía el menor signo de vida, declaró decepcionado que la solución era inapropiada; sin embargo, decidió aprovechar al máximo esta oportunidad y probar una modificación de la formula, antes de deshacerse de su macabra presa. Esa tarde habíamos cavado una sepultura en el sótano, y tendríamos que llenarla al amanecer, pues aunque habíamos puesto cerradura a la casa, no queríamos correr el más mínimo riesgo de que se produjera un desagradable descubrimiento. Además, el cuerpo no estaría ni medianamente fresco a la noche siguiente. De modo que trasladamos la solitaria lámpara de acetileno al laboratorio contiguo -dejando a nuestro mudo huésped a oscuras sobre la losa- y nos pusimos a trabajar en la preparación de una nueva solución, tras comprobar West el peso y las mediciones casi con fanático cuidado.

El espantoso suceso fue repentino y totalmente inesperado. Yo estaba vertiendo algo de un tubo de ensayo a otro, y West se encontraba ocupado con la lámpara de alcohol -que hacía las veces de mechero Bunsen en ese edificio sin instalación de gas- cuando de la habitación que habíamos dejado a oscuras brotó la más horrenda y demoníaca sucesión de gritos jamás oída por ninguno de los dos. No habría sido más espantoso el caos de alaridos si el abismo se hubiese abierto para liberar la angustia de los condenados, ya que en aquella cacofonía inconcebible se concentraba el supremo terror y desesperación de la naturaleza animada. No podían ser humanos -un hombre no es capaz de proferir gritos así- y sin pensar en el trabajo que estábamos realizando, ni en la posibilidad de que lo descubrieran, saltamos los dos por la ventana más próxima como animales despavoridos, derribando tubos, lámparas y matraces, y huyendo alocadamente a la estrellada negrura de la noche rural. Creo que gritamos mientras corríamos frenéticamente hacia la ciudad, aunque al llegar a las afueras adoptamos una actitud más contenida... lo suficiente como para pasar por un par de juerguistas trasnochadores que regresaban a casa después de una francachela.

No nos separamos, sino que nos refugiamos en la habitación de West, y allí estuvimos hablando, con la luz de gas encendida, hasta que amaneció. A esa hora nos habíamos serenado un poco discurriendo teorías plausibles y sugiriendo ideas prácticas para nuestra investigación, de forma que pudimos dormir todo el día, en lugar de asistir a clase. Pero esa tarde aparecieron dos artículos en el periódico, sin relación alguna entre sí, que nos quitaron el sueño. La vieja casa deshabitada de Chapman había ardido inexplicablemente, quedando reducida a un informe montón de cenizas; eso lo entendíamos, ya que habíamos volcado la lámpara. El otro informaba que habían intentado abrir la reciente sepultura de la fosa común, como hurgando en la tierra vanamente y sin herramientas. Esto nos resultaba incomprensible, ya que habíamos aplanado muy cuidadosamente la tierra húmeda.

Y durante diecisiete años West anduvo mirando por encima del hombro, y quejándose de que le parecía oír pasos detrás de él. Ahora ha desaparecido.

sábado, 7 de abril de 2012

Desde Rusia con amor


«My name is Bond, James Bond». El agente 007 del servicio secreto británico no necesita mayores presentaciones; como titula el tema musical de la última película Casino Royal, conocemos su nombre. Sin embargo ¿qué tanto más del carismático personaje de Ian Fleming conocemos además de los éxitos cinematográficos? Hace poco quise ahondar más en el personaje y, como debe ser, me dirigí a la fuente: los libros. Así me hice, en una librería reconocida en Lima, con la novela de la que a continuación les hablaré: Desde Rusia con amor.

«Bond borró de su mente el pensamiento de su muerta juventud. Era mejor no rememorar. Lo que pudo haber sido era una pérdida de tiempo. Sigue tu destino, muéstrate satisfecho con él y agradece no ser un vendedor de motores de segunda mano, o un periodista barato de prensa amarilla, manchado de nicotina, y encurtido en ginebra, ni tampoco ser un inválido o un difunto.»

En esta entrega, Bond tendrá que enfrentarse al terrible departamento de asesinatos políticos ruso, encabezado por la cruel Rosa Klebb, quien reunida con otros altos mandos soviéticos, decidirán al inicio de la novela dar muerte al célebre James Bond, no antes de -claro está- destruir su reputación. Para ello la Klebb, habiendo estudiado con frialdad a Bond, y descubierto su excesiva soberbia y su debilidad por las mujeres, moverá a dos piezas de su inmenso tablero de ajedrez: el asesino, el agente Grant, fuerte, psicópata y sediento de sangre; y el lindo cebo, la cabo Tatiana Romanova, quien tendrá que seducir al agente doble cero debilitando así primero como los expertos su corazón.  

Siendo ya un ícono de la novela de espionaje, Fleming nos deleita con una narración interesante, fluida y llena de un humor negro bastante simpático. Nos brinda una idea de sus bien trabajados personajes a través de sus pequeñas y rutinarias costumbres así como por sus pertenencias y los diálogos que sostienen.

James Bond es un héroe que nació en la literatura y trascendió al cine y, ¿por qué no?, a los videojuegos. Si es que uno se pregunta qué libro leer a continuación, creo que los libros de Bond se han ganado su lugar como posible respuesta.

P.S. Desde Rusia con amor fue llevado al cine con Sean Connery interpetando a Bond, y a Daniela Bianchi como la hermosa agente rusa.


P.P.S. De las últimas adaptaciones del agente 007 al cine, es de recalcar el buen trabajo de Daniel Craig como último Bond. La obertura de Casino Royale se me antoja genial, con el tema You know my name:

miércoles, 21 de marzo de 2012

La pradera

Hay un libro de cuentos que yo encuentro totalmente fantástico y genial, éste libro es «El hombre ilustrado» del asombroso Bradbury Ray. 

El libro nos habla acerca de un extraño personaje que fue tatuado en todo su cuerpo por una bruja. Sus tatuajes son su maldición ya que, al ser observados por otras personas, cobran vida y nos cuentan, cada uno, una historia distinta acerca del futuro de la humanidad. Tan atractivos son estos dibujos carnales que atraen la atención a un nivel que deja sin escape a su eventual observador, haciéndolo ver el siguiente gráfico y luego el subsiguiente hasta que, visto el último, dejarlo sin vida. Cada tatuaje es un cuento.

En «El hombre ilustrado», Bradbury Ray se vale del relato futurista de ciencia ficción para brindarnos su visión de la humanidad así como su crítica moral a la sociedad materialista, tocando temas como la desunión familiar, el racismo, el excesivo culto a la ciencia, etc. 

La mayoría de estos se desarrollan en los diversos planetas del sistema solar, sin embargo La pradera -cuento que añadiré a continuación- no. Es el primer relato y, además y todavía, mi favorito. Espero les guste.



La Pradera


Bradbury Ray, El hombre ilustrado.



1

—George, me gustaría que le echaras un ojo al cuarto de jugar de los niños.

—¿Qué le pasa?

—No lo sé.

—Pues bien, ¿y entonces?

—Sólo quiero que le eches un ojeada, o que llames a un psicólogo para que se la eche él.

—¿Y qué necesidad tiene un cuarto de jugar de un psicólogo?

—Lo sabes perfectamente —su mujer se detuvo en el centro de la cocina y contempló uno de los fogones, que en ese momento estaba hirviendo sopa para cuatro personas—. Sólo es que ese cuarto ahora es diferente de como era antes.

—Muy bien, echémosle un vistazo.

Atravesaron el vestíbulo de su lujosa casa insonorizada cuya instalación les había costado treinta mil dólares, una casa que los vestía y los alimentaba y los mecía para que se durmieran, y tocaba música y cantaba y era buena con ellos. Su aproximación activó un interruptor en alguna parte y la luz de la habitación de los niños parpadeó cuando llegaron a tres metros de ella. Simultáneamente, en el vestíbulo, las luces se apagaron con un automatismo suave.

—Bien —dijo George Hadley.

Se detuvieron en el suelo acolchado del cuarto de jugar de los niños. Tenía doce metros de ancho por diez de largo; además había costado tanto como la mitad del resto de la casa. “Pero nada es demasiado bueno para nuestros hijos”, había dicho George.

La habitación estaba en silencio y tan desierta como un claro de la selva un caluroso mediodía. Las paredes eran lisas y bidimensionales. En ese momento, mientras George y Lydia Hadley se encontraban quietos en el centro de la habitación, las paredes se pusieron a zumbar y a retroceder hacia una distancia cristalina, o eso parecía, y pronto apareció un sabana africana en tres dimensiones; por todas partes, en colores que reproducían hasta el último guijarro y brizna de paja. Por encima de ellos, el techo se convirtió en un cielo profundo con un ardiente sol amarillo.

George Hadley notó que la frente le empezaba a sudar.

 —Vamos a quitarnos del sol —dijo—. Resulta demasiado real. Pero no veo que pase nada extraño.

—Espera un momento y verás dijo su mujer.

Los ocultos olorificadores empezaron a emitir un viento aromatizado en dirección a las dos personas del centro de la achicharrante sabana africana. El intenso olor a paja, el aroma fresco de la charca oculta, el penetrante olor a moho de los animales, el olor a polvo en el aire ardiente. Y ahora los sonidos: el trote de las patas de lejanos antílopes en la hierba, el aleteo de los buitres. Una sombra recorrió el cielo y vaciló sobre la sudorosa cara que miraba hacia arriba de George Hadley.

—Unos bichos asquerosos —le oyó decir a su mujer.

—Los buitres.

—¿Ves? allí están los leones, a lo lejos, en aquella dirección. Ahora se dirigen a la charca. Han estado comiendo —dijo Lydia—. No sé el qué.

—Algún animal —George Hadley alzó la mano para defender sus entrecerrados ojos de la luz ardiente—. Una cebra o una cría de jirafa, a lo mejor.

—¿Estás seguro? —la voz de su mujer sonó especialmente tensa.

--No, ya es un poco tarde para estar seguro —dijo él, divertido—. Allí lo único que puedo distinguir son unos huesos descarnados, y a los buitres dispuestos a caer sobre lo que queda.

—¿Has oído ese grito? —preguntó ella.

—No.

—¡Hace un momento!

—Lo siento, pero no.

Los leones se acercaban. Y George Hadley volvió a sentirse lleno de admiración hacia el genio mecánico que había concebido aquella habitación. Un milagro de la eficacia que vendían por un precio ridículamente bajo. Todas las casas deberían tener algo así. Claro, de vez en cuando te asustaba con su exactitud clínica, hacía que te sobresaltases y te producía un estremecimiento, pero qué divertido era para todos en la mayoría de las ocasiones; y no sólo para su hijo y su hija, sino para él mismo cuando sentía que daba un paseo por un país lejano, y después cambiaba rápidamente de escenario. Bien, ¡pues allí estaba!

Y allí estaban los leones, a unos metros de distancia, tan reales, tan febril y sobrecogedoramente reales que casi notabas su piel áspera en la mano, la boca se te quedaba llena del polvoriento olor a tapicería de sus pieles calientes, y su color amarillo permanecía dentro de tus ojos como el amarillo de los leones y de la hierba en verano, y el sonido de los enmarañados pulmones de los leones respirando en el silencioso calor del mediodía, y el olor a carne en el aliento, sus bocas goteando.

Los leones se quedaron mirando a George y Lydia Hadley con sus aterradores ojos verde-amarillentos.

—¡Cuidado! —gritó Lydia.

Los leones venían corriendo hacia ellos.

Lydia se dio la vuelta y echó a correr. George se lanzó tras ella. Fuera, en el vestíbulo, después de cerrar de un portazo, él se reía y ella lloraba y los dos se detuvieron horrorizados ante la reacción del otro.

—¡George!

—¡Lydia! ¡Oh, mi querida, mi dulce, mi pobre Lydia!

—¡Casi nos atrapan!

—Unas paredes, Lydia, acuérdate de ello; unas paredes de cristal, es lo único que son. Claro, parecen reales, lo reconozco... África en tu salón, pero sólo es una película en color multidimensional de acción especial, supersensitiva, y una cinta cinematográfica mental detrás de las paredes de cristal. Sólo son olorificadores y acústica, Lydia. Toma mi pañuelo.

—Estoy asustada —Lydia se le acercó, pego su cuerpo al de él y lloró sin parar—. ¿Has visto? ¿Lo has notado? Es demasiado real.

—Vamos a ver, Lydia...

—Tienes que decirles a Wendy y Peter que no lean nada más sobre África.

—Claro que sí... Claro que sí —le dio unos golpecitos con la mano.

—¿Lo prometes?

—Desde luego.

—Y mantén cerrada con llave esa habitación durante unos días hasta que consiga que se me calmen los nervios.

—Ya sabes lo difícil que resulta Peter con eso. Cuando le castigué hace un mes a tener unas horas cerrada con llave esa habitación..., ¡menuda rabieta cogió! Y Wendy lo mismo. Viven para esa habitación.

—Hay que cerrarla con llave, eso es todo lo que hay que hacer.

—Muy bien —de mala gana, George Hadley cerró con llave la enorme puerta—. Has estado trabajando intensamente. Necesitas un descanso.

—No lo sé... No lo sé —dijo ella, sonándose la nariz y sentándose en una butaca que inmediatamente empezó a mecerse para tranquilizarla—. A lo mejor tengo pocas cosas que hacer. Puede que tenga demasiado tiempo para pensar. ¿Por qué no cerramos la casa durante unos cuantos días y nos vamos de vacaciones?

—¿Te refieres a que vas a tener que freír tú los huevos?

—Sí —Lydia asintió con la cabeza.

—¿Y zurzirme los calcetines?

—Sí —un frenético asentimiento, y unos ojos que se humedecían.

—¿Y barrer la casa?

—¡Sí, sí... , claro que sí!

—Pero yo creía que por eso habíamos comprado esta casa, para que no tuviéramos que hacer ninguna de esas cosas.

—Justamente es eso. No siento como si ésta fuera mi casa. Ahora la casa es la esposa y la madre y la niñera. ¿Cómo podría competir yo con una sabana africana? ¿Es que puedo bañar a los niños y restregarles de modo tan eficiente o rápido como el baño que restriega automáticamente? Es imposible. Y no sólo me pasa a mí. También a ti. Últimamente has estado terriblemente nervioso.

—Supongo que porque he fumado en exceso.

—Tienes aspecto de que tampoco tú sabes qué hacer contigo mismo en esta casa. Fumas un poco más por la mañana y bebes un poco más por la tarde y necesitas unos cuantos sedantes más por la noche. También estás empezando a sentirte innecesario.

—¿Y no lo soy? —hizo una pausa y trató de notar lo que de verdad sentía interiormente.

—¡Oh, George! —Lydia lanzo una mirada más allá de él, a la puerta del cuarto de jugar de los niños—. Esos leones no pueden salir de ahí, ¿verdad que no pueden?

Él miró la puerta y vio que temblaba como si algo hubiera saltado contra ella por el otro lado.

—Claro que no —dijo.


2

Cenaron solos porque Wendy y Peter estaban en un carnaval plástico en el otro extremo de la ciudad y habían televisado a casa para decir que se iban a retrasar, que empezaran a cenar. Con que George Hadley se sentó abstraído viendo que la mesa del comedor producía platos calientes de comida desde su interior mecánico.

—Nos olvidamos del ketchup —dijo.

—Lo siento —dijo un vocecita del interior de la mesa, y apareció el ketchup.

En cuanto a la habitación, pensó George Hadley, a sus hijos no les haría ningún daño que estuviera cerrada con llave durante un tiempo. Un exceso de algo a nadie le sienta nunca bien. Y quedaba claro que los chicos habían pasado un tiempo excesivo en África. Aquel sol. Todavía lo notaba en el cuello como una garra caliente. Y los leones. Y el olor a sangre. Era notable el modo en que aquella habitación captaba las emanaciones telepáticas de las mentes de los niños y creaba una vida que colmaba todos sus deseos. Los niños pensaban en leones, y aparecían leones. Los niños pensaban en cebras, y aparecían cebras. Sol... sol. Jirafas... jirafas. Muerte y muerte.

Aquello no se iba. Masticó sin saborearla la carne que les había preparado la mesa. La idea de la muerte. Eran terriblemente jóvenes, Wendy y Peter, para tener ideas sobre la muerte. No, la verdad, nunca se era demasiado joven. Uno le deseaba la muerte a otros seres mucho antes de saber lo que era la muerte. Cuando tenías dos años y andabas disparando a la gente con pistolas de juguete.

Pero aquello: la extensa y ardiente sabana africana, la espantosa muerte en las fauces de un león... Y repetido una y otra vez.

—¿Adónde vas?

No respondió a Lydia. Preocupado, dejó que las luces se fueran encendiendo delante de él y apagando a sus espaldas según caminaba hasta la puerta del cuarto de jugar de los niños. Pegó la oreja y escuchó. A lo lejos rugió un león.

Hizo girar la llave y abrió la puerta. Justo antes de entrar, oyó un chillido lejano. Y luego otro rugido de los leones, que se apagó rápidamente.

Entró en África. Cuántas veces había abierto aquella puerta durante el último año encontrándose en el País de las Maravillas, con Alicia y la Tortuga Artificial, o con Aladino y su lámpara maravillosa, o con Jack Cabeza de Calabaza del País de Oz, o el doctor Doolittle, o con la vaca saltando una luna de aspecto muy real —todas las deliciosas manifestaciones de un mundo simulado—. Había visto muy a menudo a Pegasos volando por el cielo del techo, o cataratas de fuegos artificiales auténticos, u oído voces de ángeles cantar. Pero ahora, aquella ardiente África, aquel horno con la muerte en su calor.

Puede que Lydia tuviera razón. A lo mejor necesitaban unas pequeñas vacaciones, alejarse de la fantasía que se había vuelto excesivamente real para unos niños de diez años. Estaba muy bien ejercitar la propia mente con la gimnasia de la fantasía, pero cuando la activa mente de un niño establecía un modelo... Ahora le parecía que, a lo lejos, durante el mes anterior, había oído rugidos de leones y sentido su fuerte olor, que llegaba incluso hasta la puerta de su estudio. Pero, al estar ocupado, no había prestado atención.

George Hadley se mantenía quieto y solo en el mar de hierba africano. Los leones alzaron la vista de su alimento, observándole. El único defecto de la ilusión era la puerta abierta por la que podía ver a su mujer, al fondo, pasado el vestíbulo, a oscuras, como cuadro enmarcado, cenando distraídamente.

—Largo —les dijo a los leones.

No se fueron.

Conocía exactamente el funcionamiento de la habitación. Emitías tus pensamientos. Y aparecía lo que pensabas.

—Que aparezcan Aladino y su lámpara maravillosa —dijo chasqueando los dedos.

La sabana siguió allí; los leones siguieron allí.

—¡Venga, habitación! ¡Que aparezca Aladino! —repitió.

No pasó nada. Los leones refunfuñaron dentro de sus pieles recocidas.

—¡Aladino!

Volvió al comedor.

—Esa estúpida habitación está averiada —dijo—. No quiere funcionar.

—O...

—¿O qué?

—O no puede funcionar —dijo Lydia—, porque los niños han pensado en África y leones y muerte tantos días que la habitación es víctima de la rutina.

—Podría ser.

—O que Peter la haya conectado para que siga siempre así.

—¿Conectado?

—Puede que haya manipulado la maquinaria, tocado algo.

—Peter no conoce la maquinaria.

—Es un chico listo para sus diez años. Su coeficiente de inteligencia es...

—A pesar de eso...

—Hola, mamá. Hola, papá.

Los niños habían vuelto. Wendy y Peter entraron por la puerta principal, con las mejillas como caramelos de menta y los ojos como brillantes piedras de ágata azul. Sus monos de salto despedían un olor a ozono después de su viaje en helicóptero.

—Llegáis justo a tiempo de cenar —dijeron los padres.

—Nos hemos atiborrado de helado de fresa y de perritos calientes —dijeron los niños, cogidos de la mano—. Pero nos sentaremos un rato y miraremos.

—Sí, vamos a hablar de vuestro cuarto de jugar —dijo George Hadley.

Ambos hermanos parpadearon y luego se miraron uno al otro.

—¿El cuarto de jugar?

—De lo de África y de todo lo demás —dijo el padre con una falsa jovialidad.

—No te entiendo —dijo Peter.

—Vuestra madre y yo hemos estado viajando por África; Tomáswift y su león eléctrico — explicó George Hadley.

—En el cuarto no hay nada de África —dijo sencillamente Peter.

—Oh, vamos, Peter. Lo sabemos perfectamente.

—No me acuerdo de nada de África —le comentó Peter a Wendy—. ¿Y tú?

—No.

—Id corriendo a ver y volved a contárnoslo.

La niña obedeció.

—Wendy, ¡vuelve aquí! —dijo George Hadley, pero la niña ya se había ido. Las luces de la casa la siguieron como una bandada de luciérnagas. Demasiado tarde, George Hadley se dio cuenta de que había olvidado cerrar con llave la puerta después de su última inspección.

—Wendy mirará y vendrá a contárnoslo —dijo Peter.

—Ella no me tiene que contar nada. Yo mismo lo he visto.

—Estoy seguro de que te has equivocado, padre.

—No me he equivocado, Peter. Vamos

Pero Wendy volvía ya.

—No es África —dijo sin aliento.

—Ya lo veremos —comentó George Hadley, y todos cruzaron el vestíbulo juntos y abrieron la puerta de la habitación.

Había un bosque verde, un río encantador, una montaña púrpura, cantos de voces agudas, y Rima acechando entre los árboles. Mariposas de muchos colores volaban, igual que ramos de flores animados, en trono a su largo pelo. La sabana africana había desaparecido. Los leones habían desaparecido. Ahora sólo estaba Rima, entonando una canción tan hermosa que llenaba los ojos de lágrimas.

George Hadley contempló la escena que había cambiado.

—Id a la cama —les dijo a los niños.

Éstos abrieron la boca.

—Ya me habéis oído —dijo su padre.

Salieron a la toma de aire, donde un viento los empujó como a hojas secas hasta sus dormitorios.

George Hadley anduvo por el sonoro claro y agarró algo que yacía en un rincón cerca de donde habían estado los leones. Volvió caminando lentamente hasta su mujer.

—¿Qué es eso? —preguntó ella.

—Una vieja cartera mía —dijo él.

Se la enseñó. Olía a hierba caliente y a león. Había gotas de saliva en ella: la habían mordido, y tenía manchas de sangre en los dos lados.

Cerró la puerta de la habitación y echó la llave.

En plena noche todavía seguía despierto, y se dio cuenta de que su mujer lo estaba también.

—¿Crees que Wendy la habrá cambiado? —preguntó ella, por fin, en la habitación a oscuras.

—Naturalmente.

—¿Ha cambiado la sabana africana en un bosque y ha puesto a Rima allí en lugar de los leones?

—Sí.

—¿Por qué?

—No lo sé. Pero seguirá cerrada con llave hasta que lo averigüe.

—¿Cómo ha llegado allí tu cartera?

—Yo no sé nada —dijo él—, a no ser que estoy empezando a lamentar que hayamos comprado esa habitación para los niños. Si los niños son neuróticos, una habitación como ésa...

—Se suponía que les iba a ayudar a librarse de sus neurosis de un modo sano.

—Es lo que me estoy empezando a preguntar —George Hadley clavó la vista en el techo.

—Les hemos dado a los niños todo lo que quieren. Y ésta es nuestra recompensa... ¡Secretos, desobediencia!

—¿Quién fue el que dijo que los niños son como alfombras a las que hay que sacudir de vez en cuando? Nunca les levantamos la mano. Son insoportables..., admitámoslo. Van y vienen según les apetece; nos tratan como si los hijos fuéramos nosotros. Están echados a perder y nosotros estamos echados a perder también.

—Llevan comportándose de un modo raro desde que hace unos meses les prohibiste ir a  Nueva York en cohete.

—No son lo suficientemente mayores para ir solos. Se lo expliqué.

—Da igual. Me he fijado que desde entonces se han mostrado claramente fríos con nosotros.

—Creo que deberíamos hacer que mañana viniera David McClean para que le echara un ojo a África.

Unos momentos después, oyeron los gritos.

Dos gritos. Dos personas que gritaban en el piso de abajo. Y luego, rugidos de leones.

—Wendy y Peter no están en sus dormitorios —dijo su mujer.

Siguió tumbado en la cama con el corazón latiéndole con fuerza.

—No —dijo él—. Han entrado en el cuarto de jugar.

—Esos gritos... suenan a conocidos.

—¿De verdad?

—Sí, muchísimo.

Y aunque sus camas se esforzaron a fondo, los dos adultos no consiguieron sumirse en el sueño durante otra hora más. Un olor a felino llenaba el aire nocturno.


3

—¿Padre? —dijo Peter.

—¿Qué?

Peter se observó los zapatos. Ya no miraba nunca a su padre, ni a su madre.

—Vas a cerrar con llave la habitación para siempre, ¿verdad?

—Eso depende.

—¿De qué? —soltó Peter.

—De ti y de tu hermana. De que mezcléis África con otras cosas... Con Suecia, tal vez, o Dinamarca o China...

—Yo creía que teníamos libertad para jugar a lo que quisiéramos.

—La tenéis, con unos límites razonables.

—¿Qué pasa de malo con África, padre?

—Vaya, de modo que ahora admites que has estado haciendo que aparezca África, ¿es así?

—No quiero que el cuarto de jugar esté cerrado con llave —dijo fríamente Peter—. Nunca.

—En realidad estamos pensando en pasar un mes fuera de casa. Libres de esta especie de existencia despreocupada.

—¡Eso sería espantoso! ¿Tendría que atarme los cordones de los zapatos yo en lugar de dejar que me los ate el atador? ¿Y lavarme los dientes y peinarme y bañarme?

—Sería divertido un pequeño cambio, ¿no crees?

—No, sería horripilante. No me gustó que quitaras el pintador de cuadros el mes pasado.

—Es porque quería que aprendieras a pintar por ti mismo, hijo.

—Yo no quiero hacer nada excepto mirar y oír y oler. ¿Qué otra cosa se puede hacer?

—Muy bien, vete a jugar a África.

—¿Cerrarás la casa pronto?

—Lo estamos pensando.

—Creo que será mejor que no lo penséis más, padre.

—¡No voy a consentir que me amenace mi propio hijo!

—Muy bien —y Peter penetró en el cuarto de jugar.


4

—¿Llego a tiempo? —dijo David McClean.

—¿Quieres desayunar? —preguntó George Hadley.

—Gracias, tomaré algo. ¿Cuál es el problema?

—David, tú eres psicólogo.

—Eso espero.

—Bien, pues entonces échale una mirada al cuarto de jugar de nuestros hijos. Ya lo viste hace un año cuando viniste por aquí. ¿Entonces no notaste nada especial en esa habitación?

—No podría decir que lo notara: la violencia habitual, cierta tendencia hacia una ligera paranoia acá y allá, lo normal en niños que se sienten perseguidos constantemente por sus padres; pero, bueno, de hecho nada.

Cruzaron el vestíbulo.

—Cerré la habitación con llave —explico el padre—, y los niños entraron en ella por la noche. Dejé que estuvieran dentro para que pudieran formar los modelos y así tú los pudieras ver.

De la habitación salían gritos terribles.

—Ahí lo tienes —dijo George Hadley—. Veamos lo que consigues.

Entraron sin llamar.

—Salid afuera un momento, chicos —dijo George Hadley—. No, no cambiéis la combinación mental. Dejad las paredes como están.

Con los niños fuera, los dos hombres se quedaron quietos examinando a los leones agrupados a lo lejos que comían con deleite lo que habían cazado.

—Me gustaría saber de qué se trata —dijo George Hadley—. A veces casi lo consigo ver. ¿Crees que si trajese unos prismáticos potentes y...?

David McClean se rió.

—Difícilmente —se volvió para examinar las cuatro paredes—. ¿Cuánto hace que pasa esto?

—Algo más de un mes.

—La verdad es que no me causa ninguna buena impresión.

—Yo quiero hechos, no impresiones.

—Mira, George querido, un psicólogo nunca ve un hecho en toda su vida. Sólo presta atención a las impresiones, a cosas vagas. Esto no me causa buena impresión, te lo repito. Confía en mis corazonadas y mi intuición. Me huelo las cosas malas. Y ésta es muy mala. Mi consejo es que desmontes esta maldita cosa y lleves a tus hijos a que me vean todos los días para someterlos a tratamiento durante un año entero.

—¿Es tan mala?

—Me temo que sí. Uno de los usos originales de estas habitaciones era que pudiéramos estudiar los modelos que dejaba la mente del niño en las paredes, y de ese modo estudiarlos con toda comodidad y ayudar al niño. En este caso, sin embargo, la habitación se ha convertido en un canal hacia... ideas destructivas, en lugar de una liberación de ellas.

—¿Ya has notado esto con anterioridad?

—Lo único que he notado es que has echado a perder a tus hijos más que la mayoría. Y ahora los has degradado de algún modo. ¿De qué modo?

—No les dejé que fueran a Nueva York.

—¿Y qué más?

—He quitado algunos de los aparatos de la casa y les amenacé, hace un mes, con cerrar el cuarto de jugar como no hicieran los deberes del colegio. Lo tuve cerrado unos cuantos días para que aprendieran.

—Vaya, vaya.

—¿Significa algo eso?

—Todo. Donde antes tenían a un Papá Noel, ahora tienen a un ogro. Los niños prefieren a Papá Noel. Dejaste que esta casa os reemplazara a ti y a tu mujer en el afecto de vuestros hijos. Esta habitación es su madre y su padre, y es mucho más importante en sus vidas que sus padres auténticos. Y ahora vas y la quieres cerrar. No me extraña que aquí haya odio. Se nota que brota del cielo. Se nota en ese sol. George, tienes que cambiar de vida. Lo mismo que otros muchos, la has construido en torno a las comodidades. Mañana te morirías de hambre si en la cocina funcionara algo mal. Deberías saber cascar un huevo. Sin embargo, desconéctalo todo. Empieza de nuevo. Llevará tiempo. Pero conseguiremos obtener unos niños buenos a partir de los malos dentro de un año, espera y verás.

—Pero ¿no será un choque excesivo para los niños cerrar la habitación bruscamente, para siempre?

—Lo que yo no quiero es que profundicen más en esto, eso es todo.

Los leones estaban terminando su festín rojo.

Los leones se mantenían al borde del claro observando a los dos hombres.

—Ahora estoy sintiendo que me persiguen —dijo McClean—. Salgamos de aquí. Nunca me gustaron estas malditas habitaciones. Me ponen nervioso.

—Los leones no son reales, ¿verdad? —dijo George Hadley—. Supongo que no habrá ningún modo de...

—¿De qué?

—... ¡De que se vuelvan reales!

—No, que yo sepa.

—¿Algún fallo en la maquinaria, una avería o algo?

—No.

Se dirigieron a la puerta.

—No creo que a la habitación le guste que la desconecten —dijo el padre.

—A nadie le gusta morir... Ni siquiera a una habitación.

—Me pregunto si me odia por querer desconectarla.

—La paranoia abunda por aquí hoy —dijo David McClean—. Puedes utilizar esto como pista. Mira —se agachó y recogió un pañuelo de cuello ensangrentado—. ¿Es tuyo?

—No —la cara de George Hadley estaba rígida—. Pertenece a Lydia.

Fueron juntos a la caja de fusibles y quitaron el que desconectaba el cuarto de jugar.

Los dos niños estaban histéricos. Gritaban y pataleaban y tiraban cosas. Aullaban y sollozaban y soltaban tacos y daban saltos por encima de los muebles.

—¡No le puedes hacer eso al cuarto de jugar, no puedes!

—Vamos a ver, chicos.

Los niños se arrojaron en un sofá, llorando.

—George —dijo Lydia Hadley—, vuelve a conectarla, sólo unos momentos. No puedes ser tan brusco.

—No.

—No seas tan cruel.

—Lydia, está desconectada y seguirá desconectada. Y toda la maldita casa morirá dentro de poco. Cuanto más veo el lío que nos ha originado, más enfermo me pone. Llevamos contemplándonos nuestros ombligos electrónicos, mecánicos, demasiado tiempo. ¡Dios santo, cuánto necesitamos una ráfaga de aire puro!

Y se puso a recorrer la casa desconectando los relojes parlantes, los fogones, la calefacción, los limpiazapatos, los restregadores de cuerpo y las fregonas y los masajeadores y todos los demás aparatos a los que pudo echar mano.

La casa estaba llena de cuerpos muertos, o eso parecía. Daba la sensación de un cementerio mecánico. Tan silenciosa. Ninguna de la oculta energía de los aparatos zumbaba a la espera de funcionar cuando apretaran un botón.

—¡No les dejes hacerlo! —gritó Peter al techo, como si hablara con la casa, con el cuarto de jugar—. No dejes que mi padre lo mate todo —se volvió hacia su padre—. ¡Te odio!

—Los insultos no te van a servir de nada.

—¡Quisiera que estuvieses muerto!

—Ya lo estamos, desde hace mucho. Ahora vamos a empezar a vivir de verdad. En lugar de que nos manejen y nos den masajes, vamos a vivir.

Wendy todavía seguía llorando y Peter se unió a ella.

—Sólo un momento, sólo un momento, sólo otro momento en el cuarto de jugar —gritaban.

—Oh, George —dijo la mujer—. No les hará daño.

—Muy bien... muy bien, siempre que se callen. Un minuto, tenedlo en cuenta, y luego desconectada para siempre.

—Papá, papá, papá —dijeron alegres los chicos, sonriendo con la cara llena de lágrimas.

—Y luego nos iremos de vacaciones. David McClean volverá dentro de media hora para ayudarnos a recoger las cosas y llevarnos al aeropuerto. Me voy a vestir. Conecta la habitación durante un minuto. Lydia, sólo un minuto, tenlo en cuenta.

Y los tres se pusieron a parlotear mientras él dejaba que el tubo de aire le aspirara al piso de arriba y empezaba a vestirse por sí mismo. Un minuto después, apareció Lydia.

—Me sentiré muy contenta cuando nos vayamos —dijo suspirando.

—¿Los has dejado en el cuarto?

—También yo me quería vestir. Oh, esa espantosa África. ¿Qué le pueden encontrar?

—Bueno, dentro de cinco minutos o así estaremos camino de Iowa. Señor, ¿cómo se nos ocurrió tener esta casa? ¿Qué nos impulsó a comprar una pesadilla?

—El orgullo, el dinero, la estupidez.

—Creo que será mejor que baje antes de que esos chicos vuelvan a entusiasmarse con esas malditas fieras.

Precisamente entonces oyeron que llamaban los niños.

—Papá, mamá, venid enseguida... ¡enseguida!

Bajaron al otro piso por el tubo de aire y atravesaron corriendo el vestíbulo. Los niños no estaban a la vista.

—¿Wendy? ¡Peter!

Corrieron al cuarto de jugar. En la sabana africana no había nadie a no ser los leones, que los miraban.

—¿Peter, Wendy?

La puerta se cerro dando un portazo.

—¡Wendy, Peter!

George Hadley y su mujer dieron la vuelta y corrieron a la puerta.

—¡Abrid esta puerta! —gritó George Hadley, tratando de hacer girar el picaporte—. ¡Han cerrado por fuera! ¡Peter! —golpeó la puerta—. ¡Abrid!

Oyó la voz de Peter fuera, pegada a la puerta.

—No les dejéis desconectar la habitación y la casa —estaba diciendo.

George Hadley y su mujer daban golpes en la puerta.

—No seáis absurdos, chicos. Es hora de irse. El señor McClean llegará en un momento y...

Y entonces oyeron los sonidos.

Los leones los rodeaban por tres lados. Avanzaban por la hierba amarilla de la sabana, olisqueando y rugiendo.

Los leones.

George Hadley miró a su mujer y los dos se dieron la vuelta y volvieron a mirar a las fieras que avanzaban lentamente, encogiéndose, con el rabo tieso.

George Hadley y su mujer gritaron.

Y de repente se dieron cuenta del motivo por el que aquellos gritos anteriores les habían sonado tan conocidos.


5

—Muy bien, aquí estoy —dijo David McClean a la puerta del cuarto de jugar—. Oh, hola —miró fijamente a los niños, que estaban sentados en el centro del claro merendando. Más allá de ellos estaban la charca y la sabana amarilla; por encima había un sol abrasador. Empezó a sudar—. ¿Dónde están vuestros padres?

Los niños alzaron la vista y sonrieron.

—Oh, estarán aquí enseguida.

—Bien, porque nos tenemos que ir —a lo lejos, McClean distinguió a los leones peleándose. Luego vio cómo se tranquilizaban y se ponían a comer en silencio, a la sombra de los árboles.

Lo observó con la mano encima de los ojos entrecerrados.

Ahora los leones habían terminado de comer. Se acercaron a la charca para beber.

Una sombra parpadeó por encima de la ardiente cara de McClean. Parpadearon muchas sombras. Los buitres bajaban del cielo abrasador.

—¿Una taza de té? —preguntó Wendy en medio del silencio



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