jueves, 6 de octubre de 2011

Regreso a la casa vacía

El día de ayer fui informado acerca de un concurso de cuentos que realizará la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Con la ambición de participar y llevarnos el premio al primer lugar y así poder financiar nuestras compras en la próxima feria de libros en noviembre, enviaremos nuestro último cuento: Regreso a la casa vacía.








A Shinji y Hiroshi, los hermanitos Sato que me recordaron, con sus dibujos e infantiles esculturas, que uno nunca debe ignorar aquella vocecita artística que, al menos de niños, tenemos.




“Volvió desde la muerte, para completar su destino, nuestro destino”. Recordé una frase que Paulina escribió, hace años, en un libro: Nuestras almas ya se reunieron. Seguí pensando: "Anoche, por fin. En el momento en que la tomé de la mano". Luego me dije: "Soy indigno de ella: he dudado, he sentido celos. Para quererme vino desde la muerte". -En memoria de Paulina, Adolfo Bioy Casares*





 Aquella madrugada desperté algo ya tarde, es decir, aún era de madrugada pero hubiese deseado levantarme más temprano. Mi novia vivía muy lejos de mi casa y yo aguardaba la ilusa –y ahora improbable- esperanza de sorprenderla en pijama al llegar tempranísimo, con la bolsa de pan y el periódico, a su puerta. ¡Y hacía tanto que no la veía!


Nosotros sólo podíamos vernos los días sábados, y al despertar aquella madrugada tuve esa esperanza de náufrago, casi una convicción, de que amanecía sábado, pero me fastidié por haberme quedado dormido. Mientras caminaba hacia el lavabo iba preguntándome cómo era posible que no me haya despertado antes, con el tiempo que llevaba esperando ese día tras una semana interminable y a la que ahora, esperanzado, creía por fin terminada (¡Cuántas veces despertaba creyéndome en sábado y al llegar a mi estudio notaba que, cruelmente, el inamovible calendario de siempre me indicaba que era lunes aún!).


Con la cara cubierta de espuma para afeitar resolví el primer acertijo de aquella misteriosa mañana: los relojes –y el tiempo dentro de mi casa- estaban de cabeza. Con sólo asomarme a la ventana y contemplar el triste y casi dantesco cielo limeño se podía advertir sin lugar a dudas de que aún era de madrugada, pero los relojes, incluso los clásicos de manecillas, marcaban la hora inversa, y eso sólo lo podía saber yo: ellos se creían en p.m. cuando deberían estar en a.m., por eso las alarmas nunca sonaron. ¡Totalmente inverso!


Ya rasurado y con la casaca de cuero que Lucía me había obsequiado por mi cumpleaños número veinte,  atravesé el jardín. Algo había cambiado. Quizá estuviesen dormidos –pensé-, igual que yo que me quedé dormido. Disminuí mis pasos con la finalmente inútil esperanza de que mis canes sintieran mis pisadas y fueran a despedirme. En la vereda pude comprobar que tampoco ayer habían comido; sus platos atraían a las hormigas y a otros insectos y sería mejor que botase todo a la basura o empezarían a atraer roedores también. Recuerdo que grité (deseando que con eso despertaran): “Cuiden la casa, chicos, nos vemos en la noche. Por fin es sábado. Les traeré algo rico de comer, ojalá y lo coman todo”. Pero no recibí respuesta alguna.


Ocurrían en ese momento dos cosas curiosas: lo primero era que no recordaba el viernes, lo segundo era que siempre, desde que era pequeño y vivía en la casa de mis abuelitos (¡cuánto los extraño!), me daba mucho miedo ‘La vie en rose’, y en general la mayoría de las canciones de Edith Piaf, pero a bordo del bus iba escuchando precisamente las canciones del gorrión de París. A Lucía –y a mis abuelitos- les gusta mucho Edith Piaf. Lucía me había prestado su mp4 para Cuando ya tus ojitos estén cansados de tanto leer en el carro. Y es que tú te haces unos viajes enormes, Joaquín. Pasas más horas del día viajando que viviendo. Pero es que tú vives muy lejos –solía contestarle-. Es que yo sólo vivo cuando estoy junto a ti –a veces agregaba con la intensión de recibir un beso-. Por otro lado, la excesiva demora del bus para llevarme a la casa de Lucía, y las rutas que yo encontraba desconocidas, no me sorprendieron; la última noticia que había leído en el periódico del día anterior informaba que las rutas iban a ser redirigidas.


Llegué a su casa con la bolsa de pan en una mano y en la otra el periódico con el crucigrama listo para ser resuelto (armar rompecabezas, resolver acertijos y crucigramas era su pasatiempo favorito). Llamé muchas veces a su puerta pero la respuesta fue la misma que me dieron mis perros. Recordé entonces, con cierta ternura y nostalgia, cómo Carles, el hermanito menor de Lucía, me había enseñado a trepar los muros en caso de estar cerrada la puerta. En aquella oportunidad le dije que eso no estaba bien,  que los caballeritos usaban las puertas, pero en ese momento opté por no ser un caballerito. Quizá hubiese estado dormida, por ello no escuchaba mi llamado; quise sorprenderla, despertarla con un beso en la mejilla, como hacían los príncipes en los cuentos de los hermanos Grimm.


En esta parte debo advertir algo al lector a fin de que no vaya a pensarse mal de Lucía –y de mí-: ella nunca me dejó entrar a su habitación, y yo nunca entraría porque en ese aspecto siempre fui un caballero, lo que ocurría es que muchas veces Lucía optaba por dormir en el sofá, en aquella mañana pensé que ahí la encontraría, descansando, pero no fue así. En el sofá sólo se encontraba aquella vieja mantita de color verde que utilizábamos de frazadita cuando el sueño nos invadía en la mitad de una tarde y decidíamos recostarnos un momento. Muchas veces he llegado a pensar que el mueble más importante en una casa es precisamente el sofá; no me importaría dormir en la sala siempre y cuando Lucía duerma a mi lado; en realidad, con tal de que Lucía esté a mi lado, no me importa dónde ir a dormir. Estará dormida en su cuarto –pensé-, y como quien hace hora sin desperdiciar el tiempo, empecé a preparar un desayuno para dos. Me encontraba famélico.


Durante mi espera hice innumerables origamis con las hojas de periódicos pasados que encontré en la mesa. En uno de ellos leí una noticia sobre un arquero de fútbol alemán llamado Robert Enke que se suicidó tras una vida de tragedias: hacía algún tiempo, Enke había perdido a su hija, Lara, quien sufría de una enfermedad cardíaca. Esta, entre las demás calamidades que se enumeraban en el reportaje, fue la que más me entristeció, tuve ganas de llorar. Lucía nunca me lo perdonaría –me dije, poniéndome en el caso de Robert Enke-, si yo me suicidara Lucía no me lo perdonaría jamás.


El reloj seguía su curso. No puedo explicarlo, pero juraría que los relojes de la casa de Lucía también se encontraban marcando la hora inversa. Esperé un par de horas más hasta que resolví que no había nadie en la casa. Me tomé ambos desayunos y luego decidí esperarla releyendo algunos capítulos de sus libros favoritos. En su biblioteca hallé ejemplares de Vargas Llosa, Bryce, Allan Poe, Robert Löhr, A.E.W. Mason, Burgess, entre otros. Y repasando las páginas me dormí, en nuestro sofá, esperando encontrar al despertar su cuerpo cerca al mío.


Me despertaron las campanadas de las nueve de la mañana, pero, como ya advertí, el reloj de la casa de Lucía estaba también dando la hora inversa, por lo que supe que eran las nueve de la noche. La casa estaba oscura, había yo dormido todo el día, Lucía aún no regresaba. Me entristeció entonces la idea de que nuestro sábado se había perdido, de que tendríamos que esperar otra semana para vernos, y entonces lo pensé: quizá me hubiese equivocado, quizá ese día no era sábado, sino otra vez lunes (Lucía odiaba mucho los lunes en particular), total, no recordaba el viernes.


Asustado porque mi casa quedaba muy lejos y llegaría tardísimo (la noche siempre es peligrosa), recordé cuando era niño e iba con mis padres a visitar a mis abuelitos, la casa de ellos no quedaba tan lejos de donde yo estaba, además los extrañaba…


Lo que pasó después sí es bastante curioso puesto que se me vuelve dificultoso recordarlo. Fue como si mi alma hubiese superado en velocidad a mi cuerpo y lo hubiese dejado atrás, y cuando caí en cuenta de ello giré, como si fuese yo unos ojos invisibles que flotaban sobre el suelo, giré para recuperar mi cuerpo que quizá se quedó en el sofá esperando a Lucía, y vi la casa, sus escaleras y la pelota con la que jugaba con el pequeño Carles, toda desinflada y polvorienta, pero no vi salir a mi cuerpo. Mi memoria, de ello, sólo conserva esa última vista de la casa de Lucía, y un ruido extraño, muy extraño, y la convicción terrorífica de que algo funesto ocurrió ahí.


Ignoro por qué no tomé algún bus hasta la casa de mis abuelitos, supongo que fue por eso de la redirección de las rutas vehiculares o porque ya era muy tarde y no pasaban unidades de transporte. El camino a casa de mis abuelitos lo recuerdo horrible, con perros de ojos diabólicos (nada parecidos a mis perros que desde hacía algún tiempo, aparentemente, estaban en una suerte de huelga de hambre), ladridos metálicos y patas que temblaban de furia e impotencia por no decidirse a despedazarme vivo. Vi personas sentadas en el suelo con ojos rojos, como si padeciesen de conjuntivitis. Era un panorama infernal. Apreté el paso y llegué a una cuadra conocida, sin embargo, ignoro por qué me costó tanto encontrar la casa que buscaba. Después de unos minutos la encontré, estaba como siempre pero, aunque suene absurdo, había algo, que no lograba identificar, que me la tornaba distinta. Mis abuelitos salieron a recibirme, la sensación que me produjo verlos fue idéntica a la que sentía al contemplar la casa, pero más pudo mi amor y los abracé como hacía años que no lo hacía, como hacía años que no volvía a ser un niño, como el pequeño Carles.


La sorpresa fue encontrar a mamá ahí sirviendo el lonche. La casa de mis abuelos siempre me había inspirado cierta melancolía, en esos momentos era igual. De pronto mi abuelita me abrazó y empezó a llorar. Sobre esto también me pronunciaré: No soporto ver a las personas llorar porque me provoca a mí también hacerlo. Si tuviese un enemigo mortal al que odiara absolutamente, y si ese enemigo llorara frente a mí, incluso por sobre mi odio, me daría lástima y consideraría que ya está derrotado y me marcharía, no encontraría placer alguno en verlo llorar. ¡Cuánto más ver llorar a mi abuelita a quien tanto amaba! Al parecer mi mamá adivinó lo que sentía ya que sonriendo se disculpó por ella: “Es que hace tanto que no te ve”. Esa última frase me pareció tan misteriosa como la casa y como mis abuelitos en sí, pero igual que en las veces anteriores, no podría explicar por qué. Me alarmé y sin decir algo caminé hacia las profundidades de la casa, reconociendo sus paredes (algunas sin tarrajear), sus habitaciones, hasta que encontré la que buscaba, el cuarto de mi abuelito.


Cuando era pequeño, al pensar en mi abuelo, pensaba inmediatamente en su cuarto, y al pensar en su cuarto lo imaginaba siempre amarillo, como si fuera un color más que un lugar; y cansado por todo lo vivido, me eché sobre la cama amarilla para perderme en la contemplación del blanco techo que contrastaba con lo amarillo de la habitación. Cerré los ojos.


Puedo decir ahora, y sin temor a equivocarme, que no me quedé dormido, sólo tenía los ojos cerrados, porque estaba cansado, porque los párpados me pesaban, porque cuando intentaba abrirlos sentía como si los tuviese pegados por lagaña, porque algo semi divino me invocaba a mantenerlos cerrados. Sentí que un cuerpo se echaba sobre mí, lo identifiqué enseguida, era Lucía que me besaba. Acaricié su cabello y su seno derecho. Unas gotitas caían sobre mis mejillas y deduje que ella lloraba, pero estaba alegre, como yo, ¡era sábado por fin! No llores, preciosa –le dije mientras le sonreía-, al fin estamos juntos. Y aunque tenía los ojos cerrados lo ‘veía’ todo amarillo, como cuando te frotas mucho los ojos y ves esas estrellitas, todo eso pero en amarillo, amarillo como una canción que escuché esa mañana en el carro, amarillo porque estábamos, al fin y al cabo, en la habitación de mi abuelito. El amarillo se me hace tan triste y siniestro a la vez. Me susurró que me extrañó tanto, Yo más, mi amor, yo más. Y entonces, cosa absurda, le pedí permiso para poder verla, me pareció oír un leve gemido. Percaté con tristeza, con miedo, que mientras más abría los ojos menos sentía a Lucía, y fue que en mis oídos se grabó su última frase: “Te amo tanto”. Al abrirlos vi destrozado que Lucía había desaparecido, y supe que para siempre. Lloré. Lloré sobre la cama amarilla hasta que de pronto advertí un detalle que me permitiría explicar todos aquellos misteriosos eventos de aquel día que yo creía sábado (¡ilusamente!). Mis abuelitos habían muerto hace años, cuando yo era aún un niño (como Carles). Y entonces todo era obvio, tanto que lo deduje, y como si hubiera sido una cruel prueba de mi memoria, tras deducirlo pude recordarlo: Lucía había muerto un día como aquel, 28 de septiembre, en 1997, y yo me suicidaría el mismo día tres años más tarde en su casa vacía.


J. Guillermo López T.

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